Las cosas más grandes y hermosas crecen despacio y en silencio

Las cosas más grandes y hermosas crecen despacio y en silencio

Valeria Sabater 5 abril, 2016 en Actualidad y psicología 0 compartidos
pareja mayor abrazada y caminando despacio

El amor es la chispa rápida y fugaz que enciende dos corazones. Pero también es lo que acontece despacio, en cada acuerdo logrado, en cada dificultad ganada y en la complicidad de las pequeñas cosas que tejen universos enteros.

Las cosas más significativas requieren tiempo, esfuerzo y compromiso. Lo sabemos, porque la vida, como la propia naturaleza, tiene sus ciclos y sus ritmos pautados. Sin embargo, para nuestro cerebro, la percepción del tiempo es asombrosamente rápida. Es como si la propia existencia “se nos escapara” por las tuberías del desconcierto.

Camina lento y ve despacio. No te preocupes por nada más, porque al único lugar al que debes llegar es hasta ti mismo
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Según un interesante trabajo publicado por el doctor Dharma Singh Khalsa, especialista en neurología y gerontología, nuestra percepción del tiempo tiende a “acelerarse” a medida que llegamos a la edad madura.

Los años se nos escapan como el humo que escapa por una ventana abierta y, de algún modo, dejamos de disfrutar del presente, de fijarnos en esas cosas que crecen en silencio y que, de verdad, podrían enriquecer aún más nuestro corazón. Te invitamos a reflexionar sobre ello.

Cuando el tiempo es un tren a toda velocidad y sin paradas

REloj en elque el tiempo no pasa despacioEn ocasiones, casi sin casi saber cómo, las cosas más importantes se nos escapan o pasan demasiado rápido: esos dos centímetros de más en la altura de nuestros niños, ese fin de semana a solas con nuestra pareja, la última cena con nuestros amigos o ese verano que se ha acabado con las primeras lluvias del otoño en un abrir y cerrar de ojos…

El tiempo es un ladrón que nos lo roba todo menos una cosa: nuestros recuerdos y ese relámpago escondido en la memoria que nos permite evocar los grandes instantes.
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A menudo, suele decirse eso de que “la vida es aquello que pasa mientras hacemos otros planes”. Aunque, en realidad, podríamos decir más bien que en ocasiones, no llegamos a valorar o a percibir con la importancia que merece muchas de esas dimensiones que nos envuelven en cada momento de nuestro ciclo vital.

Siempre llega un momento en que añoramos esas conversaciones con nuestra madre mientras la observábamos cocinar, o aquellas peleas con nuestra pareja al principio de la relación, o esos dibujos que nuestros hijos nos ofrecían con ilusión cuando volvían del colegio. ¿Dónde queda ahora todo aquello? ¿De verdad ha pasado tanto tiempo?

Nuestro cerebro tiende a acelerar la percepción del tiempo

Tal y como indicábamos, a medida que maduramos y nos hacemos mayores, nuestra percepción del tiempo cambia. Si a ello le sumamos un estilo de vida acelerado y la presión de entornos demandantes, todo ello genera que cada vez “estemos menos presentes” y que la sensación de vacío existencial y de fugacidad temporal se eleve aún más.

Douwe Draaisma, catedrático de Historia de la Psicología en la Universidad de Groningen de los Países Bajos, nos habla de un interesante fenómeno llamado “efecto reminiscencia”. Según esto, para nuestro cerebro el tiempo es en realidad muy relativo, y solo le da importancia a hechos puntuales muy significativos.

Suele decirse que es entre los 20 y los 40 años cuando, por término medio, se acumulan recuerdos emocionalmente más intensos. Y a mayor intensidad, la percepción del tiempo va más despacio. A partir de los 50 o 60, la sensación subjetiva del tiempo cambia, va más deprisa porque no hay tantos estímulos significativos o tantas experiencias que nos “enclaven” al presente.
pareja en un parque

Conseguir que el tiempo vaya más despacio está al alcance de tu mano

Tal y como hemos podido ver, si el efecto reminiscencia es el que hace que se nos escape el presente porque nos focalizamos demasiado en los recuerdos emocionalmente intensos del ayer, merece la pena empezar a “cultivar” nuestro aquí y ahora de instantes de plenitud y de emociones positivas.

No hace falta llevar la vida de un veinteañero para disfrutar del presente. Se trata solo de tener en cuenta estas dimensiones:

  • Tu mejor edad es ahora, ni más ni menos. Lo que la juventud no supo ni pudo lo puede alcanzar, sin duda, esa madurez sabia y equilibrada capaz de priorizar lo importante: tú mismo.
  • A tu alrededor siguen creciendo cosas maravillosas, cosas que avanzan despacio y en silencio. El amor de quienes te envuelven, esa íntima complicidad de quien sabe leer en tu mirada o sacarte una sonrisa cuando no lo esperas. Todo ello acontece en este mismo momento, solo tienes que detenerte y disfrutarlo.
  • La rutina es esa música triste que engaña también a tu cerebro, haciéndole creer que el tiempo discurre deprisa. En cambio, todo lo que se salga de lo normal es un estímulo, un incentivo cargado de emociones que cambia su percepción del tiempo para “detenerlo”.

Viaja, haz algo diferente cada día por pequeño que sea, mira en silencio a las personas que quieres y captura esa imagen mental para tu corazón y tu cerebro.

Haz que cada instante tenga un olor, una sensación, un sabor… Estimula todos tus sentidos y abrázate al presente como si no existiera un pasado, como si no hubiera un mañana.

Valeria Sabater

Soy psicóloga y escritora. La curiosidad por el conocimiento humano es mi cerradura particular, la psicología mi llave, la escritura, mi pasión.

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