Las verdades del amor

Este artículo ha sido verificado y aprobado por Gema Sánchez Cuevas el 15 marzo, 2015
Edith Sánchez · 30 noviembre, 2014

“El que aprende y aprende y no practica lo que sabe,

es como el que ara y ara y no siembra”

Platón

La idealización del amor es un recurso que han empleado poetas, pintores y músicos desde hace varios siglos. De ahí que se hayan construido un conjunto de mitos que circulan actualmente y a los que muchos atienden, sin detenerse a pensar concienzudamente si son o no son válidos.

La dificultad estriba en que las personas pueden construir expectativas demasiado elevadas. En esa medida, ninguna realidad estará a la altura de lo que sueñan y esperan. Por eso una y otra vez se sentirán desilusionados con la realidad y les resultará difícil construir vínculos genuinos de amor con otros.

A continuación ahondaremos un poco sobre otros grupos de creencias o mitos sobre el romanticismo y el amor.

 

El amor como totalidad

 

El amor idealizado por el romanticismo se convierte en el centro del universo personal. Es el sumum del bien y el punto hacia donde conducen todos los caminos de la vida; representa la redención, la salvación o la culminación de todos los anhelos.

Es frecuente la alusión a la idea de que alguien solo será feliz si encuentra y mantiene una pareja. También se dice que el amor y supone grandes sacrificios y privaciones, en función de mantener la relación a toda costa. Todo el ser debe estar comprometido en la pareja. No puede haber secretos, ni restricciones.

La realidad nos demuestra otra cosa. Esas entregas absolutas, en donde todo gira en torno a la pareja, tienen que ver más con la neurosis que con el amor como tal.

El ser humano tiene múltiples dimensiones y no todas pueden ser compartidas con nuestro acompañante. Hay muchas situaciones y personas en la vida que nos llevan a instantes de felicidad, no solamente el amor romántico tiene esa virtud.

También hay esferas personales que consideramos privadas. Son esos espacios que nos gusta reservarnos para nosotros mismos. Forman parte de nuestro proceso de autoconocimiento, de nuestra exploración individual, de nuestra vida. Y no es desleal dejar de compartirlas con la pareja. Tampoco es egoísmo. Se trata simplemente de un mecanismo para preservar nuestra individualidad.

 

El mito de la posesión sobre el otro

 

Comprende un conjunto de ideas en las que nuevamente se reitera la creencia de que el amor de pareja es una totalidad arrasadora en la que no hay lugar para la individualidad. Se plantea, por ejemplo, que todo amor verdadero, necesariamente debe conducir al matrimonio o, en todo caso, a una convivencia perdurable.

También se asegura que los celos son una pasión absolutamente legítima. Incluso, hay quien llega a afirmar que se trata de una de las señales inequívocas del amor: si te quiere, te cela. En contrapartida, la infidelidad equivale a toda una hecatombe; la infidelidad es una prueba definitiva de falta de amor, un obstáculo insalvable, una ofensa de muerte.

Nuevamente aquí la realidad nos muestra que las cosas no son exactamente como las plantean los románticos. No hay manera de garantizar que un amor verdadero terminará en una unión estable que jamás se quiebre con los años. El amor no es un sentimiento estático y a diario vemos matrimonios que se mantienen sin amor, o relaciones que se rompen aún si hay un gran afecto de ambas partes.

También sabemos que la infidelidad existe y que se da incluso en parejas que están muy enamoradas. No depende necesariamente de la falta de amor, sino que muchas veces tiene que ver más con las inseguridades o los vacíos personales, que con fallos en la relación.

Por todo esto, se puede concluir que probablemente seríamos mucho más felices si renunciáramos a creer en esos mitos del romanticismo. Eso nos permitiría valorar mejor la realidad y, tal vez así, dejaríamos de anhelar lo que no existe y podríamos disfrutar plenamente de lo que verdaderamente podemos esperar del amor.

Imagen cortesía de Elena Dijour