Los efectos de una herida que no cicatriza

Edith Sánchez · 20 noviembre, 2019
Este artículo ha sido verificado y aprobado por la psicóloga Gema Sánchez Cuevas el 20 noviembre, 2019
Cuando sentimos que en nuestra vida hay una herida que no cicatriza en el fondo hay un duelo que no ha terminado. Hacerlo significa dejar ir a esa persona, esa situación o ese objeto amado que ya no estará en nuestra vida nunca más, construyendo un relato con el que podemos convivir y seguir adelante.

Separarse de quien se ama, bien sea por abandono, ruptura o muerte, genera sufrimiento. Es una experiencia que se puede vivir a cualquier edad de la vida y en muy diversas circunstancias. A veces, esa pérdida deja tras de sí una herida que no cicatriza y entonces el dolor se convierte en una forma de vida.

Ningún duelo pasa o se supera porque sí. Por supuesto, el tiempo ayuda, pero si no se realiza y asume una narración personal de lo ocurrido es muy probable que quedemos atados a una herida que no cicatriza. Incluso es posible que dejemos de experimentar el dolor, al menos de manera consciente. Sin embargo, ese mismo dolor gravitará de distintas formas sobre nuestra existencia.

El trabajo de duelo tiene que ver con una reestructuración de nuestro mundo psicológico, que dé lugar a la aceptación de los hechos y a una transformación en nuestra forma de ser y de vivir. Solo si se produce esa especie de metamorfosis, lograremos que remita la intensidad del dolor y cerrar por fin esa herida que no cicatriza.

Las heridas que no se ven son las más profundas”.

-William Shakespeare-

Chica triste representando la neurobiología de la decepción

El duelo

La palabra duelo tiene dos acepciones. La primera de ellas hace alusión al dolor y la aflicción que se experimenta cuando se pierde algo amado. El segundo significado nos remite a un combate entre dos. En el duelo están presentes ambos procesos.

Por un lado, la tristeza y la añoranza por lo que ya no está o no estará más. Por el otro, la fuerte confrontación con nosotros mismos a la que esto nos lleva. En el duelo, necesariamente hay una tensión entre el pasado y el futuro que se concentra de forma extrema en el presente.

El duelo no solo está referido a una persona, sino que también se experimenta cuando hay pérdida de situaciones e incluso de objetos. Sufrimos por la juventud perdida o por el ideal desecho. También por el dinero que se perdió o por aquello que, finalmente, jamás vivimos.

Ese dolor y ese sufrimiento despierta de manera diferente en cada persona. Esto depende mucho de la estructura psíquica de cada uno y de las circunstancias concretas en las que se produjo la pérdida. Lo usual es que se niegue y se reniegue de la misma. Con el tiempo, algunos llegan a aceptar, mientras que otros se resisten a hacerlo.

El duelo como herida que no cicatriza

Un duelo no resuelto es una herida que no cicatriza. Un dolor que se mantiene vigente y que no se disipa con el tiempo. Puede encubrirse o inhibirse, pero ahí está, como telón de fondo vital. Ningún duelo es fácil y esto supone todo un problema en una época que rechaza lo difícil. En muchos casos, tampoco pasa rápidamente; toda una tragedia en la cultura de lo instantáneo.

Durante un tiempo, que depende de la pérdida y de la intensidad del duelo, no vamos a poder vivir “normalmente”. Es decir, primará la tristeza y el desinterés. También es probable que se vea perjudicado el rendimiento laboral o académico y nos resultará difícil disfrutar de la compañía de otros. En muchos momentos, ese sufrimiento será todo lo que tenemos.

La pérdida es el primer momento del duelo y se trata de algo no deseado, pues de lo contrario no originaría sufrimiento. La elaboración del duelo consiste en volver a perder eso que se amó, pero esta vez por mano propia, o sea, por el efecto del trabajo de reestructuración que hacemos sobre nuestras ideas y sentimientos. A veces, nos negamos a llevar a cabo ese proceso.

Mujer con ojos tristes

Señales de una herida que no cicatriza

Hay duelos de duelos. En términos generales, suele durar un promedio de entre seis meses y dos años. Quizás, uno de los más duros es aquel que se deriva de la pérdida de un hijo. Tan es así que ni siquiera en el idioma hay una palabra que designe ese tipo de pérdida. Hay huérfanos y viudos, pero no existe un término para nombrar al padre o la madre que pierde a su hijo.

Una herida que no cicatriza nos habla de un trabajo de duelo que no se ha completado. Prima la resistencia a aceptar lo sucedido. A veces esa resistencia toma la forma de cinismo o de evasión. En esos casos, las personas se tornan hipersensibles a tonterías y no logran conectar consigo mismas de manera genuina. Se sienten como si vivieran de manera mecánica.

En otras ocasiones, esa represión del duelo nos lleva a enfermar. Desarrollamos un trastorno más serio de la mente o enfermedades físicas. También es posible que nos volvamos agrios y, a veces, autodestructivos o irresponsables. Toda pérdida que no conduzca a una transformación positiva es sospechosa y así debe asumirse.

Neimeyer, R. A., & Ramírez, Y. G. (2007). Aprender de la pérdida: una guía para afrontar el duelo. Paidós.