Los hombres sí lloran: la diversidad de la masculinidad

27 septiembre, 2019
Este artículo fue redactado y avalado por el psicólogo Alberto Álamo
Masculinidad... Masculinidades... Un tema cada vez más visibilizado, analizado, estudiado y reflexionado. Al fin empiezan a vislumbrarse los primeros signos de que ya es posible ser hombres de una forma diferente a como nos habían enseñado.

«Los hombres son fuertes», pero sobre todo… «los hombres no lloran»… Son tan solo dos de los chascarrillos más populares que podemos encontrarnos en nuestro día a día, en todo tipo de contextos. Parece que nuestra masculinidad se circunscribe al límite de lo que podemos y no podemos hacer, o mejor, de lo que está socialmente aceptado y lo que no.

Pero… ¿por qué? ¿por qué un hombre ha de mostrar su masculinidad actuando, sintiendo y expresándose de acuerdo a ciertos criterios sociales si su forma de actuar, sentir y expresarse es diferente? Contestemos a esta y algunas preguntas más al respecto.

Chico mirando por la ventana

¿A qué llamamos masculinidad?

La masculinidad agrupa toda una serie de atributos, características y rasgos que sirven para identificar a los hombres en un contexto social. Pero no solo tienen una función identificadora, sino que también crean un sentimiento de identidad, que se ve reforzado socialmente si se cumplen muchos de estos atributos, características y rasgos.

La masculinidad no es un concepto dañino, ni a eliminar. Lo que puede resultar dañino o perjudicial es cómo se construye esa masculinidad. Es decir, según cómo defina la sociedad esos atributos, características y rasgos, se determinará el tipo de masculinidad que prevalecerá.

¿Cómo se seleccionan los elementos que definen la supuesta masculinidad? Durante el día a día, nosotros y nosotras aprendemos a concebir lo que simboliza ser masculino y lo que no, principalmente a través de modelos sociales y de nuestra educación.

Cuando un hombre realiza una conducta determinada o tiene una determinada actitud ante cualquier evento, y el resto de iguales refuerza esa conducta y la califica de masculina o varonil en base a su propio aprendizaje vital, esa conducta es más probable que se repita.

¿Hemos construido una masculinidad sana?

Contestemos a esa pregunta a través de un ejemplo, que no siendo real, lo ha sido miles de veces:

«Raúl es un chico de seis años, muy sensible, que ve una película de animación y llora cuando uno de los personajes muere. Su abuela, sentada junto a él en el sofá, lo miró, y aunque con tono cariñoso y una buena intención, le dijo a su nieto: «Cariño, no llores, que los hombres no lloran».

Raúl, que también es un chico muy introspectivo, reacciona con sorpresa ante esta afirmación de su abuela, y se para a pensarlo un buen rato, aunque no termina de comprender lo que significa… Él se siente chico, y su abuela le está diciendo que no puede ser, porque él llora, y los chicos no lloran, así que la situación le causa incomodidad.

Pasados unos años, Raúl tiene marcada esa frase que le dice su abuela, y al fin comprende que su masculinidad no era el problema, sino que el problema era que la única masculinidad socialmente aceptada y extendida era la que su abuela le había transmitido a través de esa frase».

En esta historia, sería injusto culpar a la abuela de Raúl, porque ella expresa lo que ha aprendido durante toda su vida. Existen muchos «Raúl», que han sufrido y tenido muchas crisis causadas por este tipo de valoraciones o juicios sociales, algunos más sutiles y otros más directos.

Por lo tanto, no, no hemos construido una masculinidad sana, porque la masculinidad imperante en nuestra sociedad crea disonancias en los propios hombres, porque fomenta un clima de desigualdad entre hombres y mujeres, porque no fomenta ni refuerza algunos de las conductas más bellas que existen, como la de los cuidados emocionales, amén de otros muchos motivos.

Niño llorando sentado en una escalera

La diversidad de maneras de ser hombre

Afortunadamente, cada vez somos más los que nos desmarcamos del estereotipo de «hombre» tradicional y nos definimos como hombres de acuerdo a nuestra propia forma de ser, pero sobre todo de acuerdo a nuestra propia forma de sentir.

La expresión emocional de los hombres ha sido siempre censurada o coartada, seguramente y en la mayoría de las ocasiones, por los propios hombres. Este puede ser un buen comienzo para deconstruir nuestra masculinidad, expresar nuestras emociones, nuestros miedos, nuestras inseguridades, etc.

Esto no significa que todos los hombres tengan que expresar de una determinada forma sus emociones, sino más bien significa que quien sienta que ha de expresar sus emociones de una determinada manera, lo pueda hacer sin someterse al juicio constante de los que nos rodean.

También es interesante redefinir conceptos estrechamente ligados al de masculinidad, tales como valentía o fuerza. Por ello, en lugar de apelar a la valentía de aceptar retos en los que existe un desafío, ¿qué tal si apelamos a la valentía para pedir ayuda cuando la necesitamos? ¿Qué tal si apelamos a la valentía para ser capaces de expresar algo que nos da miedo, o que nos causa tristeza, o incluso vergüenza? ¿Qué tal si aquel hombre fuerte es el que abraza a su hija cuando esta llora? ¿y qué tal si el hombre fuerte es el que le dice «te quiero» a un amigo?

Si censuramos en el hombre conductas de cuidado, de sensibilidad y de cariño, significa que hemos de replantearnos mucho, como sociedad, lo que significa ser hombre a día de hoy.