Los obstáculos son una buena oportunidad para crecer

Nerea Pumar · 15 abril, 2015

La paloma protesta contra el aire,

sin darse cuenta de que es lo único que le permite volar

Johann W. Goethe

 

En la vida para crecer hay que ir superando obstáculos. Las circunstancias y el tiempo juegan a veces en contra y nos vemos obligados a someternos a retos que difuminan y dilatan nuestros limites. Pero si algo bueno tienen las situaciones críticas es que una vez las superas, tomas consciencia de lo mucho de lo que eres capaz, que no es precisamente poco. Y quieres más.

Más altura. Más nivel. Más dificultad. Más vértigo. Más cosquilleos en el estómago. Más adrenalina. Te enganchas a aumentar kilómetros a tu resistencia porque la vida desde la cima promete ser maravillosa.

Y lo que en un principio es pura supervivencia o un mero camino para conseguir un objetivo se acaba convirtiendo en una forma de vida. Una obsesión que se focaliza en las metas sin saborear los medios que llevan a ellas. Los kilómetros de sacrificio y esfuerzo que canalizan los sueños más turbulentos.

Al final, todo esto tiene como consecuencia infravalorar lo conseguido porque aun quedan cosas más difíciles en el tintero. Tener que ir a por ellas como única vía de escape. Y obligarse a conseguirlas como único resultado posible.

Ser inconformista y superarse a uno mismo no deja de ser positivo. Estar en continua evolución, transición y crecimiento es la motivación más humana que existe. Hasta que esas exigencias se convierten en un vaso que nunca se llena a pesar del sudor derramado en él. Hasta que llegar a la cima acaba siendo de todo menos emocionante porque los peros se interponen en la degustación del podio.

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¿Es imposible entonces ser un inconformista feliz?

 

El estar continuamente deseando que las cosas ocurran de otra forma no ayuda a tomar conciencia de lo que está ocurriendo ahora mismo, a valorarlo. Y eso hace que deseemos con más fuerza cambiar las cosas. Se entra, por tanto en una mecánica en la que solo buscamos cambios pero no les damos tiempo para observar qué le aportan a nuestra vida.

No dejamos reposar los efectos que pueden provocar en cada escalón de la insatisfacción, haciéndonos creer que nos sentiremos así sólo hasta que subamos unos metros más.

Pero no estamos en lo cierto. Conseguirlo todo no aumenta la felicidad. Más bien aceptar lo que tenemos y aprender a sacarle partido.

Nos convencemos de que la felicidad vendrá después de los obstáculos, pero la vida son esos obstáculos y la felicidad es el camino, es el trayecto, no el resultado.

Por tanto, lo único que hay que hacer es cambiar la actitud y la perspectiva desde donde se ve la vida. Estando abajo aún queda mucho por andar, pero si te torturas pensando en lo que queda tu foco de interés se estrechará al mañana. Y al mañana de mañana.

Y un día mirarás hacia atrás y saborearás los logros, pero no recordarás los baches que los sustentaban, la fuerza que ganaste en su proceso y las garras que desarrollaste para no caer en su intento. No lo recordarás porque estabas pensando en el siguiente escalón.

La vida se habrá escapado entre meta y meta y tú estabas demasiado preocupado en cuál sería la siguiente exigencia personal. La prueba que te llevaría a conseguir los prometidos hoyuelos eternos.

Abre el foco y sé ambicioso, búscate y saca lo mejor de ti, pero ten en cuenta que el vacío no se va a llenar con trofeos, sino con intentos, emociones, caídas y satisfacción personal.

Ponte a prueba, pero no aplaces tu vida hasta que se den las circunstancias idóneas, porque puede que no se den nunca.