Mi aborto involuntario, la niña que sigo imaginando

Ha pasado casi un año y aún intento procesar lo sucedido. Sé que mi historia es dura, pero solo espero poder ayudar a alguien, porque si también tú has pasado por un “embarazo ectópico” sabes que no hay dolor físico y emocional más devastador que este.
Mi aborto involuntario, la niña que sigo imaginando

Escrito por Equipo Editorial

Última actualización: 24 enero, 2023

“Se te va a pasar el arroz”. Esta es la frase que más escuchaba en mi familia desde que cumplí los 30. Mi hermana tuvo su primer hijo nada más terminar la universidad y todos ponían la mirada en mí esperando que siguiera su mismo camino. Pero yo, a pesar de ser la mayor, siempre fui la menos tradicional, a la que no le duraban las parejas, la que nunca tenía un trabajo fijo y prefería viajar de aquí allá.

Mi idea de ser nómada y hacer la vuelta al mundo en una Van, se esfumó por completo cuando conocí en Cardiff a Pablo. Yo estaba de vacaciones en Gales con unas amigas cuando, al alojarnos en un hotel, conocimos a un recepcionista con los ojos más azules que he visto jamás. Era español, profesor de bellas artes y había emigrado a Reino Unido. Era amable, divertido y cuando reía se le marcaban dos hoyuelos en las mejillas.

Me cautivó, él se enamoró de mí y lo que vino después fue la historia más bonita de mi vida. Ya no quería dar la vuelta al planeta, él era mi centro y no dudó en dejar su mundo para acoplarse al mío, en España. Los inicios fueron difíciles, la estabilidad económica no llegaba, y a veces pasábamos con el sueldo de uno solo. Otras, nuestros padres nos ayudaban con el alquiler. Hasta que, con 36 años, la situación mejoró y decidimos dar un paso más. Ser padres.

He sufrido un embarazo ectópico. Me niego a ser una más que conforma una estadística. Mi historia es única, como la de miles de mujeres que han pasado por lo mismo.

Pareja mirando los resultados de un test de embarazo y recordando su aborto involuntario pasado
Ninguna pareja piensa que les puede tocar vivir la dura experiencia de una pérdida gestacional

Un dolor y un útero vacío

“Se os ha pasado el arroz”. Mi padre nunca tuvo mucho tino ni demasiada empatía; es de los que siempre dice lo primero que piensa y no duda en dejártelo caer. Pasaron dos años y, efectivamente, el bebé nunca venía. No nos quedábamos embarazados. Finalmente, asumimos que la nuestra iba a ser una vida sin niños y que no pasaba nada por ello. Estábamos bien.

Fue en el peor momento de la pandemia cuando sucedió. El mundo parecía caerse a pedazos en el exterior y, sin embargo, nosotros saltábamos de alegría. Me hice un test de embarazo y salieron dos líneas muy tenues. Sabía que era positivo, pero me hice dos pruebas más por si acaso. Todo para asegurarnos de aquello que soñábamos por fin se había cumplido. Y sí, era verdad. Íbamos a tener un bebé.

Las siguientes dos semanas fueron las más dulces, las más emocionantes. Nos pasábamos las noches hablando sobre cómo sería nuestra vida, qué nombre elegiríamos y cómo educaríamos a nuestro pequeño o pequeña padawan, como lo llamaba Pablo. Lo anunciamos a la familia, y mi hermana no podía ser más feliz. Íbamos a ser madres en el mismo año. Ella ya iba a por el tercero; estaba embarazada de cuatro meses.

Lo que nunca creí que me pasaría a mí

Una mañana, al ir al baño, descubrí unas pequeñas manchas de sangre en mi ropa interior. Eran muy leves; pero estaban ahí. Me dije a mí misma que, tal y como había leído, los sangrados pueden aparecer en el primer trimestre. Me esforcé en decirme a mí misma que era normal -cuando, en realidad, sabía que no lo era- y que era mejor no darle importancia y no comentarle nada a Pablo.

Sin embargo, al ir a la cocina y prepararme el desayuno ocurrió algo de pronto que aún me cuesta explicar. Sentí el peor dolor de mi vida. Fue como si un punzón muy caliente me pinchara por dentro una y otra vez. Como si me estuvieran arrancando las vísceras sin piedad. Experimenté un sudor frío y, seguidamente, no recuerdo más. Perdí el conocimiento.

Cuando desperté, estaba acostada en la camilla de un hospital, Pablo estaba a mi lado y me llevaban a hacerme una ecografía. Fue entonces cuando el médico, con total frialdad, dijo unas palabras a la enfermera. Como si nosotros no estuviéramos allí. “El útero está vacío. Aquí no hay nada”.

Ante cualquier sangrado o sensación extraña que experimentemos durante el embarazo, es conveniente consultarlo de inmediato con los médicos. 

Un embarazo ectópico y mi aborto involuntario

Una segunda ecografía mostró que el útero estaba vacío porque el embrión estaba alojado en mi trompa de Falopio izquierda. Medía 12 milímetros y estaba vivo. Si no sabes nada sobre los embarazos ectópicos (como me sucedió a mí), déjame decirte que sucede cuando un embrión se desarrolla fuera del útero. Pasa solo en un 2 % de los casos y no son viables. Están condenados a morir.

Nuestro pequeño padawan estaba vivo, pero me estaba matando. No había opción y los médicos me informaron entonces de lo que iba a suceder. El “ectópico” -así llamaban a nuestro hijo- debía morir y para ello iba a recibir metotrexato. Se trata de un medicamento de quimioterapia que se inyecta en el torrente sanguíneo para retrasar o frenar la producción de células de crecimiento rápido.

Dejarían pasar unas semanas, yo experimentaría cierto dolor y algunos sangrados y todo habría terminado. Mi embarazo involuntario, eso que nunca pensé que me pasaría a mí, acababa de empezar. La vuelta a casa desde el hospital fue el momento más triste de nuestras vidas. Todo lo soñado, todo lo proyectado, se estaba descomponiendo en pedazos de carne, sangre y líquidos.

Sin embargo, nuestra historia no terminó ahí. Porque doce días después, el punzón caliente volvió a atravesar mi abdomen y mis vísceras. Algo no iba bien, nuestro ectópico había muerto, pero había crecido. Así que me intervinieron de urgencia para extirparme esa trompa de Falopio en la que estaba escondido, negándose a desprenderse de mí, hendido, amarrado a mi interior en forma de sufrimiento indescriptible.

El embarazo ectópico es la principal causa de muerte materna en el primer trimestre del embarazo.

Mis días de duelo por la niña que no conocí

Sé que mi ectópico era una niña. Sé que aquel embrión que estuvo vivo unas semanas y que casi se me lleva, era una pequeña de ojos azul cielo y preciosa sonrisa. No sé decir por qué, llámalo instinto, llámalo intuición. Pero desde que lo arrancaron de mi interior dejándome una cicatriz en el abdomen, no dejo de imaginar cómo hubiera sido su vida.

Sé también que no debo reforzar ese pensamiento, pero a menudo me alivia imaginarla en mi mente, jugando y riendo como su Pablo. Con esos dos hoyuelos marcados en las mejillas. “Ya tendréis más”, me dice mi padre con su poco tino de siempre. Y yo pienso ahora en todas esas mujeres que han vivido también su embarazo involuntario.

He recordado esa compañera de trabajo de una escuela infantil que estuvo de baja tras una pérdida y que, a la vuelta, nadie sabía bien qué decirle. Me he acordado de mi mejor amiga, que tuvo un aborto en el cuarto trimestre y del que sé que aún no se ha recuperado. Pienso también en mi tía, que tuvo ocho abortos involuntarios y finalmente, tras adoptar a una niña, tuvo dos más de forma natural.

chica sufriendo los efectos del aborto involuntario
En un aborto involuntario, ambos miembros de la pareja sufren por igual. El apoyo mutuo es clave.

Una cicatriz que me conecta con ella

Sé que mi duelo, como el de muchas otras mujeres (y también padres), es único y no puede compararse. Pero todas tenemos algo en común: el vacío, la historia que no fue y la tristeza silenciosa que se quedará en nosotras para siempre. Eso no quiere decir que no podamos hacer vida normal, porque lo hacemos. Porque volvemos a sonreír, a soñar, a hacer planes.

Sin embargo, cuando nadie nos ve, acariciamos nuestras cicatrices externas o externas en silencio para llorar ese aborto involuntario. Y eso está bien, porque lo que se ama se recuerda y está alojado para siempre en un rinconcito de nuestro corazón. Ahora, soy tía de nuevo.

Mi hermana tuvo su bebé, y aunque durante unos días no podía ver su tripa de embarazo sin experimentar cierta rabia, envidia y tristeza, ahora todo está bien. Mi vida está bien, sigo sanando poco a poco. A igual que Pablo.

Solo espero que mi testimonio sirva de ayuda, porque si también tú has pasado por lo mismo, debes saber que no estás sola. Habla de ello con los tuyos, déjate arropar, querer, busca ayuda. Visibilicemos nuestros duelos, nuestras historias de sangre y cicatrices.

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  • Moini A, Hosseini R, Jahangiri N, Shiva M, Akhoond MR. Risk factors for ectopic pregnancy: A case-control study. J Res Med Sci. 2014 Sep;19(9):844-9. PMID: 25535498; PMCID: PMC4268192.

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