No importa cuánto ames, sino cómo lo hagas

Este artículo ha sido verificado y aprobado por Sergio De Dios González el 31 octubre, 2015
Rafa Aragón · 31 octubre, 2015

En el amor no correspondido hacemos un largo recorrido acerca de la importancia de cómo amar. La intensidad de nuestro amor nos puede llevar a situaciones de impotencia; sentir a esa persona a nuestro lado y que se te desboque el corazón, que se nos nublen los sentidos y no sepamos cómo reaccionar; teniendo como sensación final que hemos hecho el ridículo.

En el amor no existe la cantidad, ya que es un sentimiento y por lo tanto no se cuantifica. Al ser un sentimiento cada persona lo experimenta y expresa de forma diferente, con una intensidad y unas características que son a menudo fáciles de reconocer.

Existen componentes como son la ilusión, la esperanza y las fantasías, que pueden volverse en nuestra contra cuando estamos pasando por un proceso de duelo, y el amor ya no es correspondido. Seguir experimentando el amor en soledad tiene sus consecuencias.

“Los suspiros son aire y van al aire. Las lágrimas son agua y van al mar, dime mujer, cuando el amor se olvida, ¿sabes a dónde va?”

-Gustavo Adolfo Bécquer-

Consecuencias de amar en soledad

Identificar cómo estamos amando

Bajo este proceso del amor que experimentamos sin que el destinatario esté interesado, se encuentra un arduo camino en el que ponemos, en primer lugar, en juego nuestra dignidad y pérdida de control. Nuestra razón se vuelve una contrariedad constante, a la que dejamos desatendida en cualquier instante.

En esta situación es cuando más tenemos que tener en cuenta cómo estamos amando, desde qué posición, y cuál es su sentido. Si el sufrimiento y la rabia se instalan en nosotros significa que no es un amor sano el que estamos viviendo

En este tipo de amor lo habitual es que nos inunde la tristeza, sin que podamos frenarle el paso, y que además tengamos que dejarle vía libre para que se exprese como bien necesite hacerlo. No tenemos elección, esta emoción tiene mucho sentido en esta situación, nos está llevando a que recuperemos nuestra identidad y hagamos introspección. Si pretendemos además frenar esta emoción acabamos por perjudicarnos más aún a nosotros mismos.

La realidad se nos escapa

Si tenemos la oportunidad de mantener un contacto con la persona que ya no corresponde a nuestro amor, el proceso se volverá aún más complejo, puesto que será nuestro alivio para darle un mayor sentido a nuestro conjunto de ilusiones, fantasías y deseos.

Las expectativas se vuelven inevitables, y una y otra vez aparece la frustración y la impotencia. El amor nos impulsa a la insistencia; es una energía feroz que nos empuja hacia la persona a la que amamos. Vamos hacia ella mentalmente, donde acaba siendo el foco de nuestros pensamientos, y físicamente esperamos encontrarla en cualquier momento, o provocamos los encuentros.

Como bien decía el filósofo español José Ortega y Gasset “El amor es un eterno insatisfecho”. Este vínculo asimétrico con la otra persona, produce que nos acabe dando señales conscientes e inconscientes de cuál es la realidad con la que nos estamos enfrentando.

Si esta persona es algo ambigua y no deja claro lo que sucede. Nosotros, con nuestro sentimiento de amor, aprovechamos la oportunidad para armarnos todo un castillo de arena, susceptible a que se desmonte en cualquier instante. Esta ambivalencia nos da vía libre para multitud de interpretaciones sin que podamos situarnos en la realidad.

 

Amor alejado de la realidad

El objetivo es llegar a la aceptación

Llega un momento, en el que transcurrido el tiempo, estamos en una mejor disposición para contemplar la realidad, y estar más cerca de aceptar que si el amor no es correspondido ya no lo será. Dándonos cuenta de que los intentos frustrados solo nos han provocado malestar en un añadido a la tristeza que nos invade.

Esta realidad que nos cuesta tanto atender, ya ha estado presente antes en multitud de ocasiones, sin embargo, llega un momento por el cual tenemos la oportunidad de percatarnos mejor de las señales que la otra persona nos está enviando, claramente de que no existe ni existirá un amor que se instale en ella hacia nosotros.

“El amor es como la fiebre: nace y se extingue sin que la voluntad tome en ello la menor parte.”

-Stendhal-

Este momento llega cuando conseguimos la fuerza suficiente como para atender a nuestra dignidad, a nuestro valor personal y nuestra identidad. Sabiendo que es inevitable amar, pero sí podemos elegir la forma en la que amamos, para no perdernos del todo a nosotros mismos.

Es cierto, sigo amándola profundamente, eso no ha cambiado, ni sé cuándo cambiará; aunque eso ya no me preocupa. Lo importante es que ya estoy preparado para el cambio. He podido aceptar que ya no necesito verla más, tampoco necesito ya de sus aclaraciones y respuestas; su ambigüedad ha dejado de tener sentido. Ya tengo la sensación, por fin, de tenerlo claro, he abierto los ojos y me he encontrado con la aceptación de lo que ya no existe.