Orlando: una cuestión de identidad

24 noviembre, 2019
Este artículo fue redactado y avalado por la crítica de cine Leah Padalino
Virginia Woolf nos hizo dudar, nos hizo replantearnos las cuestiones de género gracias a su andrógino personaje Orlando. Como una burla al género de las biografías, la novela puso en tela de juicio nuestra historia y la brecha de género. Años después, Sally Potter llevaría la novela al cine con un resultado excepcional.

La cineasta Sally Potter y la camaleónica actriz Tilda Swinton apenas se conocían cuando decidieron embarcarse en la misión de adaptar Orlando, la famosa novela de Virginia Woolf -o falsa biografía- al medio audiovisual.

Se dice que Potter le entregó a Swinton un ejemplar del libro de Woolf que terminaría por obsesionar también a la actriz con la idea de la adaptación.

La idea se materializó en forma de película en 1993. El filme recoge el argumento de la novela, aunque aporta ciertas modificaciones, pero mantiene los elementos fundamentales del original. Tanto la obra literaria como la película nos ponen en la tesitura de los roles de género y cómo el paso del tiempo afecta sustancialmente a dichos papeles.

Orlando es un joven de noble cuna que, por advertencia de sus progenitores, tratará de ganarse el favor de la reina. La reina, finalmente, fascinada por la juventud y belleza de Orlando, le dejará una gran herencia monetaria, además de un palacio y diversas tierras.

Nos encontramos en periodo isabelino, momento de esplendor para las letras en Reino Unido y que será una gran influencia para Orlando. El joven tratará de abrirse paso en lo literario, también en el amor, pero fracasará en ambos intentos.

Más tarde, será destinado a Turquía como embajador del Reino Unido y, allí, sufrirá una metamorfosis: Orlando se convertirá en mujer. La vuelta a casa no será fácil, pues ha sido dado por muerto y su nuevo rol como mujer le dejará al margen de cuestiones que eran esenciales para un hombre.

Orlando deberá enfrentarse a la ley que, como mujer, le impide ser dueña de las propiedades que como hombre poseía. La única solución para evitar el destierro es el matrimonio; así, lo que no era cotidiano siendo hombre se convierte en una odisea siendo mujer.

El tiempo y el papel de la mujer

Orlando es un hombre que no envejece y seguiremos sus pasos a lo largo de unos 400 años. Viviremos algunos de los momentos clave de la historia y cómo estos afectaban de forma diferente dependiendo del género. No es lo mismo ser un hombre del periodo Isabelino que una mujer.

Orlando goza de todos los privilegios de ser un hombre de su tiempo, pero no solo por su condición de varón, sino también por su noble cuna. Tampoco es lo mismo ser un hombre de alta cuna que uno sin recursos. Así, Orlando parece encarnar todo aquello que era considerado un privilegio en épocas ya lejanas -y otras que no lo son tanto-. 

La adaptación, además, da un paso más allá dotando a Orlando de una gran proximidad al público. El personaje rompe la cuarta pared en varias ocasiones, mira al público y le habla.

Cabe destacar que la novela de Woolf adopta el formato biográfico para construir algo falso, una falsa biografía que pretende destruir o ridiculizar al género; un género, fundamentalmente, dominado por hombres.

De este modo, el retrato del personaje es introspectivo, muy personal; y en su adaptación al cine, el hecho de romper la cuarta pared establece cierto diálogo con el espectador que invita a la introspección. En otras palabras, recuerda a la estructura del diario, al componente autobiográfico.

Orlando cuestiona su mundo siendo hombre, pero también siendo mujer. Sus quejas cuando era hombre parecen pequeñas cuando se convierte en mujer y se enfrenta a una realidad que, de no haber sufrido la metamorfosis, jamás habría conocido. Al involucrar al espectador, este se preguntará cuál es su papel en la sociedad y si los roles de género han tenido algo que ver en su educación y forma de ver el mundo.

Acompañado por un vestuario excepcional y una puesta en escena que recrea con enorme exactitud todas las épocas por las que pasa Orlando, el relato se convierte en una especie de clase de historia, de historia pasada. De esos acontecimientos de los que deriva nuestro presente y, desde una mirada crítica, observamos el pasado de las mujeres, de sus roles y del propio peso que la etiqueta de género ejercía sobre ellas.

Orlando: el futuro es esperanzador

Orlando se presenta como un ser andrógino ya desde el comienzo, y no hay actriz contemporánea que represente mejor la androginia que Tilda Swinton. Sin embargo, la decisión de que Swinton encarnara al personaje protagonista fue muy cuestionada en los 90. Nadie creía que una mujer pudiera llegar a desempeñar correctamente el papel de un hombre; «no será creíble» -decían-.

¿Por qué cuestionarse algo así cuando la historia nos ha enseñado que los hombres, durante años, desempeñaron roles femeninos? Nuevamente, asistimos a una desigualdad en cuanto a género, una desigualdad reciente, pero que tiene que ver con el pasado heredado. De esta manera, se produce un símil entre la película y lo que está fuera de ella. El encargado de dar vida a la reina Isabel I en Orlando no fue otro que Quentin Crisp, actor e icono gay de los 70.

Pero nadie parece escandalizarse ante la idea de que un hombre interprete un rol femenino, así lo vemos en la propia película cuando se representa una obra de teatro en la que no hay actrices y los roles femeninos recaen sobre los hombres. Esta tendencia perduró durante mucho tiempo y era habitual que, en el siglo XVII, en el teatro, no hubiese mujeres, sino actores masculinos que interpretaban papeles femeninos.

¿Por qué entonces resulta escandaloso o poco creíble que una mujer encarne a Orlando? Más aún teniendo en cuenta que el propio personaje sufre una significativa metamorfosis. Tras ver la película, nadie cuestiona la credibilidad de Swinton, tanto en su Orlando masculino como en el femenino; sin embargo, allá por los 90, fue objeto de duda e incluso de crítica.

Mujer y hombre en el suelo

Actualmente, vemos que los roles de género han cambiado -aunque todavía queda mucho por hacer-. Y así, desde la distancia temporal que separa el filme de nuestros días, vemos cómo lo que se plantea en escena ha terminado por cumplirse. Recuperamos el paralelismo para ver que Orlando, convertida en mujer, es más feliz en el futuro, en un futuro que evoca al presente.

Su vida cambia drásticamente. Lejos quedaron los acuerdos matrimoniales para mantener su hogar. Orlando es ahora una mujer que vive junto a su hijo, que escribe y no es cuestionada por su arte, de hecho, vive de él; ya no necesita el matrimonio, sino que puede ser independiente.

El mensaje, finalmente, nos hace mirar a nuestro presente desde un punto de vista crítico. Hemos mejorado, sí, y mucho respecto al pasado; pero todavía queda un largo camino por recorrer.

No es una cuestión de género, sino de identidad

El mensaje que subyace al filme ya no es tanto feminista o de género, sino de identidad. ¿Sigue siendo Orlando la misma persona tras convertirse en mujer? ¿Qué cambios ha enfrentado el individuo? La respuesta es ninguno, Orlando sigue siendo la misma persona, pero su circunstancia ha cambiado pese a encontrarse en el mismo contexto.

Su papel cambia, pero no es Orlando quien cambia, sino la propia sociedad que le atribuye un rol distinto, unas necesidades y obligaciones diferentes. De esta manera, aunque Virginia Woolf trató de romper los moldes de género y poner ante nuestros ojos lo absurdo de los mismos, el filme nos invita a plantearnos qué hay tras estos papeles asignados socialmente y si realmente influyen en el ser.

Aunque haya tratado de leerse desde la perspectiva LGBTI, algo que tampoco es de extrañar, Orlando va más allá cuestionándose aquello que no entiende de géneros y que tiene que ver con el individuo, con nuestro propio yo. Si mi ‘yo’ no cambia con el tiempo, tampoco debería cambiar en temas de género.

«Yo» sigo siendo «yo» hoy, ayer y mañana; sea hombre o mujer. La esencia permanece inalterable aunque seamos niños, jóvenes, adultos o ancianos; el tiempo influye, pero la concepción del «yo» es la misma en las distintas etapas vitales. Lo mismo ocurriría con el género y es, precisamente, lo que vemos en el personaje de Orlando.

Nominada al Óscar a mejor dirección de arte y diseño de vestuario, Orlando es una película plagada de reflexiones. Un ejercicio artístico que cuida hasta el más mínimo detalle y que, gracias a Swinton, dota a su creación de un ser andrógino, pero cuya identidad no se desvanece pese a la metamorfosis.

Así, estamos ante una película atemporal que, como la novela homónima, jamás perderá sus valores, invitándonos a pensar nuestro presente, nuestra sociedad y nuestro papel en la misma.