Oscuro y Lucientes: el misterio de la cabeza de Goya

22 septiembre, 2019
Este artículo fue redactado y avalado por la crítica de cine Leah Padalino
Hay realidades que superan la ficción, y la muerte de Goya es una de ellas. Oscuro y Lucientes se sumerge en un discurso que trata de aportar algo de luz a la extraña desaparición de la cabeza del pintor.

Hoy, os recomendamos un documental atípico, alejado del género, que abraza una narración que bien podríamos encontrar en una novela de misterio, hablamos de Oscuro y Lucientes (2018).

Samuel Alarcón es el cineasta que se encuentra detrás del filme y que ha logrado conjugar los recursos más propios del cine y la narración en una historia que, aunque pintoresca, tiene mucho de verdad.

Mucho se ha podido hablar sobre la vida y obra de Goya, pero su muerte resulta casi más cautivadora que su vida. Sus pinturas negras, su sordera, la oscuridad y el mito siempre han rodeado al pintor. Sin duda, fue un artista polifacético que se atrevió a coquetear con diversos estilos.

Oscuro y Lucientes no nos habla de la vida, sino de la muerte del artista, nos sumerge en una aventura detectivesca, en un rompecabezas que trataremos de resolver. Y todo ello combinado con un hábil uso de figuras retóricas que podríamos encontrar en cualquier obra literaria, aunque apoyándose profundamente en las imágenes. ¿Qué fue de la cabeza de Goya?

Un recorrido por Burdeos

Goya fue un hombre que vivió entre dos épocas, que conoció las luces y el esplendor de la ilustración, pero también vivió el desencanto y la oscuridad que suponía la guerra. Su figura parece disociarse, casi podemos percibir a dos o más Goyas distintos en sus pinturas que, como él, iban evolucionando y cambiando de rumbo con el paso del tiempo.

Los últimos años de su vida los pasó en el exilio, concretamente, en la ciudad francesa de Burdeos. Allí fue sorprendido por la muerte a la edad de 82 años. Pero ni tras la muerte logró descansar, decapitado y lejos de su patria, el cuerpo de Goya tardaría mucho en regresar a España.

Alarcón nos invita a recorrer, precisamente, esta última etapa del artista. En Burdeos, acudimos a la ahora vacía sepultura de Goya, estamos en la actualidad, reconocemos los escenarios y los elementos de la vida contemporánea que parecen haber arrasado con el pasado.

Un pasado que todavía perdura en los cementerios, en ese lugar en el que el tiempo parece haberse detenido y en el que, una vez, estuvo enterrado Goya. En nuestro paseo, escuchamos la profunda voz masculina de Féodor Atkine, una voz que evoca al pasado y que se toma el atrevimiento de hablarle directamente al pintor.

Este discurso directo hacia el difunto permite establecer cierta proximidad con el pintor, que ya no es visto como alguien externo, ajeno o lejano, sino como «lo conocido». Igualmente, propicia la introducción de la ironía, del elemento risible que se funde con lo trágico.

Así, el documental se aleja de la vertiente más normativa del género para fusionarse con la fantasía y el misterio, permitiendo al cineasta tomarse ciertas licencias.

Podríamos hacer un documental sobre Goya entrevistando a expertos en la materia, repasando sus cuadros mientras un catedrático en historia del arte nos deleita con su sabiduría acerca del artista. Pero no, Oscuro y Lucientes no pretende ser un documental puramente divulgativo, sino que se nutre del cine, del cine como arte y como entretenimiento para construir una historia que, aunque muchos conocíamos, nos termina sorprendiendo y atrapando.

El narrador le habla al pintor desde la distancia temporal que los separa y comienza a explicarle los extraños acontecimientos que acontecieron tras su muerte. Lo interesante es el excepcional uso de la ironía, el contraste entre el pasado y el presente, la gran habilidad del cineasta para dirigir y atraer la atención del espectador.

El narrador rememora el funeral de Goya, las imágenes nos devuelven a esa iglesia en la que un día fue despedido el pintor, esa misma iglesia alberga hoy una boda.

Una ceremonia en la que la alegría sustituye a la tristeza, pero igual que en los funerales, es capaz de congregar familias y personas que, de otra manera, jamás habrían compartido un mismo espacio. Las lágrimas hacen acto de presencia en ambos escenarios, aunque por razones distintas, y el blanco de la mortaja es hoy el blanco vestido de una feliz novia.

Y es que Alarcón utiliza la palabra y la imagen para dotar a su documental de una ironía inteligente que, en ocasiones, abraza el humor negro. Reírse de la muerte, de la vida y, al mismo tiempo, investigar un fascinante misterio, eso nos plantea Oscuro y Lucientes.

Papeles y fotografías

Goya, el misterio de una cabeza perdida

Pronto, dejamos la ciudad francesa para regresar a España. Los espectadores seguimos los pasos que el cuerpo sin vida de Goya realizó en su día. El enigma del cráneo de Goya se nos presenta de forma sorprendente, entremezclando imágenes pasadas con actuales, pero también sucumbiendo a los engaños -muy bien intencionados- que se ha permitido el cineasta.

La voz en off reflexiona, nos plantea intrigas y cuestiones acerca de lo que pudo haber ocurrido e invita al espectador a desarrollar sus propias teorías.

Por momentos, olvidamos estar viendo un documental, y resulta  fascinante lo literario que se plantea el discurso. Cuando leemos un libro, es nuestra propia imaginación la que se deja llevar, la que recrea y construye los escenarios y personajes que se nos presentan. Esto no ocurre en el cine, pues vemos en imágenes todo aquello que, con un libro, tenemos que soñar. Sin embargo, Oscuro y Lucientes juega con el elemento cinematográfico para, finalmente, apelar a la imaginación del espectador.

Los escenarios que vemos son actuales, pero nos describen hechos pasados y somos nosotros quienes les damos forma, quienes imaginamos cómo acontecieron. Igualmente, cuando leemos un libro, el escritor o el narrador introducen elementos que llaman nuestra atención y dan sentido al relato. En Oscuro y Lucientes, ocurre algo similar, pues lejos de despistarnos, el cineasta nos lanza un guiño, una ironía o un pequeño elemento que nos hace recobrar la atención.

El suspense se genera de forma progresiva, dando la información en el momento indicado, dejando que el espectador se sienta totalmente partícipe de la investigación. Lejos de ser una visualización pasiva, se trata de algo totalmente activo, el público pone los cinco sentidos en el relato que pasa ante sus ojos, un relato plagado de contraste e ironía entre imágenes y palabras.

Alarcón ha logrado solventar el problema del estatismo de las imágenes y del documental más puramente informativo, pero tampoco estamos ante un filme de suspense.

A su vez, la música juega un papel fundamental, guiando las emociones y envolviéndonos en esa atmósfera lúgubre que contrasta con las imágenes de la ciudad actual. Detrás del filme, hay un gran trabajo de investigación, de recopilación de información acerca de los últimos días del pintor, de su muerte y, por supuesto, del misterio que envuelve a la desaparición de su cráneo.

El documental supone un claro ejercicio creativo y no hay duda de que sus realizadores han disfrutado enormemente con el trabajo. Se han dejado llevar por la creatividad, yendo más allá de las limitaciones de la imagen estática que supondría la mera recopilación de fotografías.

Oscuro y Lucientes es un título que le viene como anillo al dedo, un juego de palabras como los que vemos en pantalla, un recorrido de luces y sombras por la muerte de uno de nuestros mejores pintores. Y así, rompiendo con los estándares del género documental, asistimos a la investigación de un misterio y, finalmente, no sabemos muy bien hasta qué punto hemos sido engañados o testigos de un fiel retrato del pasado.