Palabras poderosas

Paula Aroca · 26 septiembre, 2013

 

El habla, nuestro medio natural de expresión, posee un enorme potencial… para bien o para mal. El poder de la palabra es conocido desde tiempos muy remotos, cuando los conjuros y palabras mágicas estaban a la orden del día para realizar hechizos o para deshacerlos. Y aunque en esta época de la razón y de la tecnología ya no se cree mucho en la magia, aún se reconoce que las palabras que usamos tienen importantes consecuencias, porque es bien conocida la estrecha relación que existe entre el pensamiento, la palabra y la acción

Abuso verbal

Aunque las palabras no dejan marcas físicas, si abusamos de ellas, son capaces de producir serios daños emocionales, tan contundentes, que la psicología considera al abuso verbal tan perjudicial como cualquier otra forma de maltrato, tales como el físico o el sexual. Por eso, antes de vocalizar las palabras, cuando todavía se encuentran en la fase de pensamientos, estamos a tiempo de evitar que la crítica, el juicio o la negatividad salgan de nosotros transformados en dardos venenosos.

En ese momento crítico es recomendable respirar profundo para enviar un mensaje de calma al cerebro, y preguntarse si lo que se piensa decir va a ser edificante para uno mismo o para los demás, si va a ser una contribución positiva o si, por el contrario, va a restar o a dañar a las personas o a las relaciones.

Aprendiendo a hablar

Sí, se supone que eso lo aprendimos hace muchísimo tiempo, ¿verdad? Pero es que no se trata solamente de saber hablar, sino de saber cómo hacerlo con inteligencia emocional. Hay personas que, en cada frase que dicen, incluyen una o más 'malas palabras' o también hay quienes maldicen, insultan o se descalifican a sí mismos o a los demás a diestra y siniestra. Técnicamente, no hay duda de que saben hablar, pero ¿están usando el recurso de la palabra sabiamente?

Por otra parte, es innegable que el lenguaje cumple una vital función comunicativa, por lo cual no es sano reprimir lo que pensamos y sentimos, que, como seres imperfectos que somos, no siempre es bonito ni color de rosas. En estos momentos de negatividad, de rabia o de dolor también tenemos derecho a expresarnos, pero los demás tienen derecho a ser tratados con respeto.

Para lograr esto, la clave es la asertividad, ese hermoso equilibrio que se logra al comunicar de manera auténtica lo que pensamos y lo que sentimos de una manera constructiva. Hay algunos recursos que podemos utilizar para ser asertivos:

Los mensajes “yo”: Su nombre proviene de que el centro del mensaje es cómo uno se siente respecto a la conducta de otra persona, sin juzgarla, acusarla o etiquetarla.

Por ejemplo, si los niños no ordenan su cuarto, en vez de decirles: “¡Cómo es posible que el cuarto esté así! ¡Qué desordenados son!”, usando un mensaje “yo” se podría decir: “Me siento frustrada cuando no ordenan el cuarto porque tengo muchas otras cosas que hacer y me encantaría que colaboraran conmigo”.

En ambos casos se está expresando lo que se siente, pero en el primero la negatividad se descarga en el otro y en el segundo el centro está en cómo se siente uno y se separa la conducta de la persona.

El  “tiempo fuera”: A veces la retirada a tiempo de una situación potencialmente conflictiva puede evitar que pronunciemos palabras de las cuales más tarde nos arrepintamos.

Como el objetivo es ser asertivos, la idea es aprovechar el “tiempo fuera” para retomar la conversación una vez que las aguas se hayan nivelado, a fin de que las palabras salgan de forma controlada, en vez de hacerlo en forma de un peligroso torrente.

En nuestras manos (o quizás sea más apropiado en este caso decir: en nuestros labios) está la posibilidad de crear un clima de armonía a nuestro alrededor por medio de nuestras poderosas palabras, las que quizás, al fin de cuentas, sí encierren más magia de lo que pensamos…

Imagen cortesía de Kris Kesiak