Para ganar en la vida no siempre hace falta competir

06 Junio, 2020
Este artículo ha sido escrito y verificado por la psicóloga Valeria Sabater
La vida no es una competición. Para ser feliz no es necesario ser el mejor en todo o pasar por encima de otros. ¿Sabías que eres tu auténtica referencia y la única persona a quien deberás escuchar para superarte?

Para ganar en la vida no siempre hay que cruzar metas, subir pódiums u obtener medallas de oro. Por mucho que a veces nos lo hagan creer, para ser felices no es necesario competir, medirnos con otros o ponernos a prueba en mil desafíos. El auténtico bienestar se alcanza trabajando con uno mismo, teniéndonos a nosotros como única referencia siendo capaces de lograr lo que realmente necesitamos.

Ahora bien, si hay algo que nos inculcan casi desde niños de manera inconsciente es la necesidad de competir. Quien acaba antes los deberes puede salir al patio, quien saca mejores notas es el primero de la clase, los más extrovertidos, simpáticos y atractivos tienen más éxito social en el colegio. De algún modo, siempre está presente la necesidad de «ser más que el otro» para obtener recompensas.

Por un lado, está nuestra capacidad de esfuerzo y deseo por obtener determinados objetivos. Trabajar por aquello que queremos y dar el máximo de nosotros mismos en cualquier circunstancia es adecuado y recomendable. Sin embargo, el problema llega cuando hay quien siempre tiene la necesidad de competir con los demás, de esforzarse para tener más de lo que tiene el otro y ser el eterno aventajado.

Estas son situaciones que se ven con frecuencia y que nos someten a veces a un indefinible desgaste. Conozcamos más sobre este tema.

Chica en montaña pensando en ganar en la vida

Ganar en la vida es conquistar una felicidad a nuestra medida

Son muchas las personas que entienden su día a día como una forma constante de competición. Hay que tener el mejor trabajo, el mejor coche, el árbol de navidad más espectacular, celebrar la fiesta de cumpleaños más original para que nuestro hijo sea el más popular del colegio… Es como si el rasgo definitorio de la vida en sociedad fuera precisamente eso, competir, situarse en una posición de ventaja frente al resto del mundo.

Sin embargo, hay algo evidente en todo esto. Quien entiende su vida a través de este filtro experimentará de forma constante una sola sensación: estar frustrado, ese no poder sentirse satisfecho nunca. Al fin y al cabo, siempre saldrá alguien que se sitúe por delante en algo, que sea mejor por méritos propios. La necesidad de competir, de ser mejor que los demás es el más inútil de los sufrimientos.

Ganar en la vida debería consistir en conquistar un tipo de felicidad en el que uno mismo sea el único referente. Superarnos a nosotros mismos, marcarnos metas y ponernos a prueba para lograrlas es la más satisfactoria de las pruebas vitales. No obstante, llevamos muchas décadas aplicando lo que los ecólogos definen como principio de exclusión competitiva, es decir, retarnos entre nosotros para que solo el más aventajado se sitúe por encima del resto.

Pero esto está cambiando. En este mundo, cada vez más interconectado y globalizado, están surgiendo nuevas dinámicas sociales y, sobre todo, necesidades urgentes. Ahora más que nunca es prioritario vertebrar una vida más cooperativa y menos competitiva para dar solución a los múltiples desafíos que tenemos por delante.

¿Por qué hay personas que prefieren competir a colaborar?

Hemos pasado mucho tiempo aplicando un enfoque competitivo en gran parte de nuestros escenarios sociales. Lo hacemos porque era (y es) el único modo de lograr un trabajo, de obtener una plaza, de conseguir la atención o el respeto entre un grupo determinado… Ahora bien, más allá de que en ocasiones sea necesario competir, hay quien lo hace por naturaleza. ¿La razón?

  • A menudo es por baja autoestima. Para ellos ganar en la vida es poder sentirse superior al resto y lograr así alimento para el ego y refuerzos para sus inseguridades. Por contra, si tienen que involucrarse en tareas colaborativas para este tipo de personas no supone beneficio alguno y, por tanto, lo evitan.
  • En otras ocasiones, lo que encontramos es una personalidad focalizada en la envidia, en la necesidad casi obsesiva por tener lo que tiene en el otro, en ansiar aquello que ha conseguido el de más allá.

Por último y no menos importante, no podemos olvidar que una parte de las personas altamente competitivas y con un perfil claramente agresivo esconden detrás la sombra del narcisismo más patológico y dañino. Son esos hombres y mujeres que ansían ganar méritos a toda costa sin dudar en «aplastar» al contrincante.

Hombre y mujer en la meta de salida

Para ganar en la vida, coopera y ponte a ti mismo como referencia

Si quieres ganar en la vida, rétate a ti mismo. No anheles lo que tiene el otro, no quieras avasallar a los demás para lograr una posición de poder y relevancia. Porque a la larga, siempre sucederá algo que te empuje a desear más, a seguir experimentando carencias que llenar, envidias que saciar. Entender la vida desde la competición continua es sinónimo de sufrimiento.

En cambio, si compites contigo mismo, la cosa cambia. Si te pones como referente y sitúas metas y desafíos que lograr en tu horizonte, te sentirás más motivado y la recompensa tendrá mejor sabor. Poco a poco, construirás una felicidad a tu medida, a tu ritmo y ajustada a tus características.

Asimismo, es importante tener en cuenta un detalle: es momento de crear escenarios en los que discurra una inteligencia colaborativa, esa en la cual todos somos parte, aunando ideas, acción, reciprocidades y organización. Es hora de dejar de competir para crear alianzas y poder avanzar en conjunto hacia un futuro con soluciones para las necesidades presentes.