Perseguir a los que nos hacen daño, una forma de condenarnos al malestar

Este artículo ha sido verificado y aprobado por Gema Sánchez Cuevas el 18 junio, 2018
Fátima Servián Franco · 23 junio, 2018

Cuando dejamos nuestra autoestima a la deriva, en manos de los demás o de quienes disfrutan controlándonos y ejerciendo poder sobre nosotros, solemos sumergirnos en una infinita persecución para creer recuperarla. Como si esto nos diera valor… Aunque en realidad lo único que hacemos es despreciarnos a base de rechazos y de aceptaciones a medias y con condiciones. Perseguir a los que nos hacen daño, es por tanto, una de las tantas maneras que existen de no querernos.

El verdadero amor, tanto hacia los demás como a nosotros mismos, no es otra cosa que el deseo inevitable de ayudar y ayudarnos para mostrar nuestra autenticidad. Perseguir a los que nos hacen daño es una forma de no encontrarnos, sino de encontrar a toda costa al otro, olvidándonos en cierta medida de nosotros mismos.

Cuando estamos en una relación y nos damos cuenta de que pudiendo evitarnos algo de sufrimiento, el otro no lo hace, es un claro indicativo de que no le importamos como deberíamos… Lo que sucede es que, a veces, nos encontramos tan cegados que no vemos como el resto de personas pueden llegar a manipularnos y a aprovecharse de nosotros en su beneficio.

Si tu pareja te hace sentir culpable y no es capaz de respetarte, es mejor que mantengas las distancias.

Mujer con lágrima sobre su mejilla

Eres la única persona que puede detenerlo

Cuando realmente existe amor, cuidar a nuestra pareja es un contrato inherente del corazón. Ahora bien, no por eso hay que dar cegados sin ver si la otra persona nos corresponde. Si notamos que nuestra pareja nos hiere como una forma de mantener la relación es un buen momento para detenerlo, ya que solo nosotros podremos hacerlo.

Cuando la persona con la que compartimos nuestra vida nos hace sentir mal más a menudo que nos hace sentir bien, tenemos que preguntarnos si esa persona nos aporta o nos quita. De esa repuesta obtendremos si al final queremos compartir el resto de nuestra vida de esa manera.

Cerrar una etapa de nuestra vida, decir adiós a quien amamos, aunque nos hiera, es una de las experiencias más tormentosa y circulares que pueden ocurrirnos en el mundo de las emociones. Ya se sabe que lo más difícil no es el primer beso, sino el último. Pero a veces, ese ultimo beso nos puede estar salvando de muchos más agridulces.

Cuando nuestra pareja nos hiere de forma continuada, puede que la falta de autovaloración termine calando tan dentro de nosotros que ya no sepamos discernir lo que somos de lo mal que nos hacen sentir. Ahora bien, solo uno mismo puede parar el dolor emocional, porque una vez que comienzan a herirnos no hay más camino que el amor propio.

Es de locos amar a alguien que te hiere, pero es más loco pensar que quien te hiere te ama.

Mujer remendando su corazón roto

¿Obsesión, miedo a estar solos, esperanza o devoción?

Una relación de pareja puede salir mal, hay que tenerlo presente. Y para superarlo, la única manera es aceptar que se acabó. De lo contrario, será muy complicado gestionar la situación y el daño acabará convirtiéndose en obsesión, miedo, esperanza e incluso, devoción.

Algunos psicólogos han afirmado que el desamor puede llegar a ser más doloroso que la muerte de alguien. Según esta teoría la muerte tiene un proceso de duelo que acaba finalmente con la aceptación. Pero, cuando la pareja se rompe y no existe esa aceptación, el sufrimiento puede alargarse durante un largo periodo de tiempo e incluso, puede llegar a no cicatrizar nunca.

El amor no lastima… lastima quien no sabe amar.

Las obsesiones, el miedo desmedido a estar solos y la devoción son, en definitiva, sentimientos que contienen algo de subestimación de la propia persona y exaltación de la persona amada. Como ejemplo, os dejamos este poema de Hamlet Lima Quintana para reflexionar:

“Nadie tiene el rostro de amada.

Un rostro donde los pájaros

distribuyen tareas matinales.

Nadie tiene las manos de mi amada.

Unas manos que se templan en el sol

cuando acarician lo pobre de mi vida.

Nadie tiene los ojos de mi amada.

Unos ojos donde los peces nadan libremente

olvidados del anzuelo y la sequía,

olvidados de mí que los aguardo

como el antiguo pescador de a la esperanza.

Nadie tiene la voz con la que habla mi amada.

Una voz que ni siquiera roza las palabras

como si fuera un canto permanente.

Nadie tiene la luz que la circunda

ni esa ausencia de sol  cuando se abisma.

A veces pienso que nadie tiene, nadie, todo eso

ni siquiera ella misma”.