Personas que nunca perdonan

Edith Sánchez · 2 diciembre, 2014

Dicen que el rencor es una fuerza que se alimenta a sí misma. Pero su voracidad es tanta, que jamás termina de hartarse. Eso se debe a que se trata de un sentimiento que, de uno u otro modo, se lleva en secreto, dentro del corazón. Se gesta diariamente, pero jamás acaba de nacer.

Hay personas que se quedan atrapadas en los poderosos brazos del rencor y jamás logran liberarse. Se debe a que tal vez no son plenamente conscientes de ese sentimiento, que habla de ira, pero también de dolor.

El rencor

El rencor es un enojo que se mantiene latente durante mucho tiempo. Surge cuando alguien siente que ha sido ofendido, humillado o, en todo caso, experimentó una afrenta. Lo crucial de este sentimiento, es que la ira que lo sostiene está cautiva. No se expresó en el momento en el que se sufrió la experiencia negativa, sino que en lugar de eso, se guardó silencio. Esto configura una situación de estancamiento emocional.

A veces la misma persona que siente el rencor no es consciente de ello. Simplemente siente que su enojo está plenamente justificado y que mantenerlo es un mecanismo válido para evitar volver a pasar por una experiencia desagradable. También se da el caso de que si se le pregunta, niega incluso que sienta ira. No se da cuenta de que sus actitudes la expresan.

Hay algunas señales que delatan la presencia del rencor. Por ejemplo, cuando alguien, sin proponérselo conscientemente, descalifica u obstaculiza los actos o las iniciativas de otra persona. La manifestación sistemática de este tipo de actitudes indica que está presente alguna forma de resentimiento.

También el rencor se hace visible cuando alguien se dirige a otro en tono crudo, o evita su presencia sin un motivo definido. En ocasiones, simplemente se nota en que quien siente el rencor actúa frente al otro como si este fuera una amenaza.

Perdones posibles e imposibles

Sea como fuere, el rencor es una fuerza que roba mucha de nuestra energía emocional. Se convierte en un obstáculo para la alegría e incluso para la creatividad. Como se trata de un sentimiento reprimido, se torna invasivo y en muchas ocasiones incrementa la predisposición a deprimirnos.

Los rencores se mantienen vivos mientras la ira que les sirve de base no sea expresada. La fuerza del rencor está precisamente en que se sustenta en una situación inconclusa. La persona ha sido víctima de una ofensa y no tuvo la oportunidad o los recursos emocionales para responder a ella.

Como en tantas otras situaciones, la palabra es la vía más eficaz para romper con esos condicionamientos de la ira y de la frustración. Hasta tanto no se repare de alguna manera la ofensa, no es posible superar el rencor. Y superar la ofensa significa, ante todo, poder expresar la ira que se encuentra reprimida. Salir de ese estado en el que la persona fue objeto pasivo de un daño, para convertirse en un sujeto que tiene control sobre las circunstancias. La palabra otorga ese control. Restablece el sentimiento de poder sobre los hechos y la dignidad.

Hablar directamente con la persona que ocasionó el daño es una opción liberadora. Si no es posible hacerlo porque esa persona ya no está, o porque se trata de alguien con quien es imposible la comunicación, se puede optar por una salida alternativa. Está en la creatividad, en el arte, en cualquier forma ingeniosa de expresión. Se puede pintar, escribir un poema, componer una fotografía. Se puede encontrar una manera de cobrar esa afrenta, aunque sea en el plano simbólico.

De cualquier modo, de lo que se trata es de dejar salir esa ira que se quedó en el interior y que desde allí nos sigue haciendo daño. En las manos de cada quien está salir de la prisión en la que nos sume el rencor.

Imagen cortesía de Soyo