¿Por qué dejó de ser divertido quedar a partir de los 30?

31 Enero, 2020
Este artículo ha sido escrito y verificado por la psicóloga Cristina Roda Rivera
A partir de los treinta años, las amistades de la infancia pueden deteriorarse notablemente. Hoy, lo que podemos ver es que alrededor de esa edad desarrollamos nuestra vida familiar, tenemos nuestros primeros hijos, viajamos o cambiamos de puestos de trabajo continuamente.

Cabe preguntarse, ¿por qué dejó de ser divertido quedar a partir de los 30? Después de los dorados años veinte, los queridos amigos tienden a alejarse, se vuelven raros, se enojan. Y tú también. Pero… no te preocupes: es una nueva era de la vida y requiere volver a aprender y redefinir el concepto de amistad. Parece ser una sensación común, pero no por ello menos dolorosa.

A partir de los treinta años, las relaciones sociales amistosas tejidas desde la infancia o los estudios de secundaria pueden deteriorarse notablemente. Hoy, lo que podemos ver es que alrededor de los 30 años desarrollamos nuestra vida familiar, tenemos nuestros primeros hijos, viajamos o cambiamos de puestos de trabajo continuamente.

Hemos emigrado, esta generación ha vivido en sitios distintos. La vivencias de las amigas ya no se comparten como antes, con esta continuidad en tiempo y espacio. Aun así, hay razones más profundas por las que muchas personas se preguntan. ¿Por qué dejó de ser divertido quedar a partir de los 30?

Chica triste

¿Por qué dejó de ser divertido quedar a partir de los 30?

Si se combina trabajo y familia, el tiempo disponible, naturalmente; se reduce. Antes de ese momento, el tiempo libre era más importante, teníamos la costumbre de ocuparlo desde la escuela secundaria con los amigos. Los años en que tenemos veintitantos son un período en el que necesitas que tus compañeros te definan a ti misma.

También podemos definirnos en relación con nuestros padres, en continuo cambio y conflicto. Pero cuando tienes treinta años, cruzas un hito: trabajas y te conviertes en un trabajador, una ciudadana, una madre o un activista. ¿Eso significa no poder tener amigos? Sí, y tanto. Pero muy a menudo conviene cambiar compañías y eso es doloroso. No hemos aprendido a hacerlo en la escuela. Es una especie de desgarro y se pierde algo de identidad grupal.

Una cuestión de movilidad

Cuando estamos atrapados en una vida profesional, nos movemos y no necesariamente nos encontramos donde viven nuestros amigos. Casi no hay elección: esta ruptura con algunos de nuestros amigos es un hecho.

No hablar de la cotidianidad y de momentos compartidos da lugar a muchos silencios. Te ves envuelta en conversaciones que no te llenan, echas en falta ser políticamente incorrecta y lo que te gustaba de una persona en secundaria ahora te puede resultar inaguantable.

¿Es una cuestión de género?

Entrando en mi treintena conocí el feminismo. Fue intelectualmente y emocionalmente arrollador. Por desgracia, esas personas con las que hablaba en una pantalla explayaban sus sentimientos como yo, pero luego cada una seguía con su vida después de ese contacto virtual.

Entonces sucedió algo inquietante. Cada vez entendía más lo que pasábamos todas las mujeres. Pero las reuniones con amigas se hacían interminables. Se notaba la presión social, la pérdida de espontaneidad. Ya no se quedaba con el fin de pasarlo bien.

Se buscaban formas de llegar a ser “adultas“: cuando poder encontrar a alguien o empezar frecuentar sitios que no me satisfacían solo porque había gente de nuestra edad.

Me dejó de interesar tener vida social, yo que siempre había sido una enamorada de las relaciones sociales, de la vitalidad que me proporcionaban. A veces me encantaba poder sostener a todas mis amigas. Nunca me cansaban sus supuestos “dramas”. Porque hablábamos de corazón. Me lo tomaba con más seriedad que cualquier posible romance.

Cuando todavía no estaba lo suficientemente abatida, llegó lo peor: me di cuenta de que al salir con grupos de chicos me lo pasaba francamente mejor. Ellos han establecido durante siglos ejes de comunicación, sus quedadas siguen intactas y parecía que la diversión podía ser compatible con conversaciones interesantes. No se notaba tanto ese salto generacional. Y he de reconocer que me aferré a ello.

Quedar a partir de los 30. ¿Más problemas que recuerdos?

Escucho regularmente a personas decir que se dieron cuenta de que sus amigos se habían ido de vacaciones sin ellos. Es completamente legítimo sentirse enfadada. Perder a las personas que apreciamos es una preocupación generalizada. Pero después de más de 30 años de vida, me doy cuenta de que es inevitable e incluso bastante saludable.

Manejar la gran cantidad de amigos es complicado. Me imagino que es posible. Sin embargo, me resulta difícil estar en contacto con muchas personas al mismo tiempo sin perder la calidad de la relación. Evolucionar en diferentes ámbitos, con diversas preocupaciones, un horario ocupado y nuevos conocimientos puede distorsionar los lazos más fuertes.

Esta anticipación, levantar la mirada me permite dramatizar antes de que suceda. Incluso, si a veces estoy triste, en estos casos estoy lista para recibir esta tristeza, expresarla si la necesito y, luego, con el tiempo, seguir adelante. Intento adelantarme a situaciones que pueden acaban en hecatombe.

Hay que hacer lo posible por mantener a los amigos de toda la vida. Excepto si las faltas de respeto, ataques y deslealtades han aparecido. No se qué puede definir a un amigo de toda la vida más que la lealtad. Es su rengo que le diferencia del resto de personas.

Amigas tomando café

Por qué dejo de ser divertido quedar a partir de los 30 no es la pregunta correcta

Perdí amigos, pero nuestra relación no iba a ninguna parte. Un verano puede ser suficiente para hacernos conscientes de lo poco que hay ya en común. Si mis amigos han actuado de una manera que no me conviene, entonces puede ser el momento de terminar una relación en la que los conceptos de respeto ya no se dan, el contrato de la amistad ya no se entiende ni se comparte.

La pregunta correcta no es preguntarse por qué fue a partir de los 30. Sino qué cambió en mí para no ver las relaciones de la misma forma. No pasarlo bien, es secundario. lo doloroso es la ruptura, la quiebra.

Del mismo modo que considero legítimo separarme de una pareja si la persona ya no puede cumplir mis expectativas o respetar el “contrato” que habíamos establecido, es saludable terminar una amistad.

Sobre todo, tengo la impresión de que cuando una relación termina de una manera clara, tranquila y franca, el duelo es más simple, además de conservar los recuerdos con un cariño mayor. Perdí amistades importantes y preciosas (pero estoy bien).

Y quiero volver a divertirme, conectar y compartir mis recuerdos del mañana. Ahora, a los 30, quiero que esta década vuelva a ser divertida. Y ya no me siento culpable por ello.