¿Por qué hay niños que matan?

Este artículo ha sido verificado y aprobado por Gema Sánchez Cuevas el 30 enero, 2018
Valeria Sabater · 5 junio, 2016

Niños que matan. James Fairweather, de 15 años, se levantó la mañana del 29 de marzo del 2014 con el propósito de matar a alguien. Eligió una víctima al azar, un hombre que iba a comprar el periódico. Lo apuñaló 100 veces. Tres meses después, volvió a hacerlo: esta vez fue un estudiante árabe, Nahid Almanea. Más tarde describiría estos hechos como un acto sumamente “cálido y emocionante”.

James Fairweather ha sido juzgado hace solo un mes, fue condenado a 27 años de prisión. Ahora bien, el impacto que vive estos días Reino Unido no se limita únicamente al caso de este joven obsesionado por los asesinos en serie. Durante el mes de abril, se han llevado a cabo tres juicios más donde los protagonistas han sido niños de entre 13 y 15 años.

La infancia debería ser el reflejo más puro de la inocencia, sin embargo, en ocasiones, hay algo que falla y nos sobrecoge: hay niños violentos. Y aún más: hay niños que matan y disfrutan con ello.

Enrique Echeburúa, catedrático de Psicología del País Vasco (España) nos indica que los niños que matan son la excepción de la excepción. No es algo común. Ahora bien, puesto que casi todos dábamos por sentado este hecho, lo ocurrido a lo largo de estos meses en Reino Unido ha encendido las alarmas y nos obliga, sin duda, a ahondar un poco más en estos actos sumamente complejos y delicados.

 

Niños que matan: un acto antinatural

Niños en una montaña rusa

El Reino Unido quedó especialmente impactado con el asesinato de Angela Wrightson por parte de dos niñas de 13 y 14 años. Fue un crimen sórdido y extremadamente violento. Esta mujer de buena posición, alcohólica y extremadamente confiada, fue torturada durante más de 7 horas. Se fotografiaron con ella y más tarde llamaron a la policía para que las llevara a casa.

Durante el juicio, las dos niñas no pararon de bostezar, asumiendo una actitud pasiva y completamente desconectada de la realidad y de cualquier emoción. Aquello impactó aún más a forenses, jueces y periodistas. Se sabe que estas dos chicas venían de familias disfuncionales y que desde hace tiempo estaban bajo el cuidado de los servicios sociales. Algo está fallando.

Podríamos concluir, sin duda, con el hecho de que el desarraigo o crecer en un entorno familiar desestructurado, violento o poco afectivo, podría determinar este tipo de conductas. Ahora bien, es importante conocer las dimensiones de cada caso.

Un estudio sobre niños que matan

Existe un libro muy interesante sobre el tema titulado Children who kill (Niños que matan) de Carol Anne Davis. En él analiza con profundidad cada crimen realizado por niños de entre 10 y 17 años a lo largo de las últimas décadas.

 

Según la propia autora, la mayoría de esas criaturas, efectivamente, habían sido criadas en hogares profundamente disfuncionales. Ahora bien, existían casos muy llamativos donde los propios padres, personas normales y afectuosas, describían a sus hijos como “niños vacíos y sin conciencia”.

Niños que habían matado de forma muy violenta y con los que nunca habían podido conectar emocionalmente. Los describían como “niños antinaturales”. Todo ello tendría una explicación que pasamos seguidamente a analizar.

La maldad infantil, profundizando en los mecanismos de la violencia

Sabemos que hay niños agresivos, pero de ahí hasta el asesinato y el sutil disfrute del acto de arrebatar la vida a otra persona se extiende una frontera que no concebimos. Es entonces cuando todo nuestro andamiaje moral se viene abajo.

Sabemos, que en ocasiones, un niño pequeño puede matar a otro sin existir una clara intencionalidad. Hay casos de criaturas de 4 o 5 años que dan muerte a un hermano pequeño por celos, son situaciones con una alta emocionalidad, pero sin un propósito claro o un conocimiento absoluto del hecho cometido.

Piaget estableció que es entre los 7 y los 10 años cuando aparece ese sentido de moral entre iguales, edad a la que el niño ya puede tener conciencia de que tiene una responsabilidad sobre sus actos. Es decir, ya tiene una idea de qué es el bien y de qué es el mal y de qué cajón contiene a cada uno de sus actos.

Es por ello que la mayoría de la documentación recogida sobre los estudios de la maldad infantil y sobre los niños que matan, establezcan ya en la frontera de la responsabilidad en los 10 años. Veamos ahora las razones que podrían existir detrás de estos comportamientos.

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Mary Bell (1968) culpable del asesinato de dos niños; Martin Brown y Brian Howe. Bell tenía once años cuando fue encarcelada.

¿Por qué estos comportamientos?

Antes hablábamos del caso de esos niños que a pesar de ser educados en entornos familiares estructurados y afectuosos, presentan una emocionalidad baja, sin empatía y con un comportamiento tan sádico como violento. Todo ello podría ser reflejo de un trastorno mental.

  • Los expertos nos aclaran que en estos casos, no podemos hablar de “psicopatía” puesto que estaríamos ante un trastorno de la personalidad, y esta no acaba de madurar hasta los 18 o 20 años. Más que de psicopatía, podríamos intuir un trastorno de la personalidad inmadura, ahí donde existe una dureza emocional, impulsividad y ausencia de afectos y emociones, no relacionados con el entorno donde crece el niño.
  • En lado inverso estarían sin duda factores como el abandono, la pobreza o un hogar desestructurado. Hay estudios que nos demuestran cómo determinadas condiciones de vida alteran las estructuras cerebrales de un niño, de forma que el maltrato, por ejemplo, deja una huella perdurable en ese cerebro aún inmaduro que puede desembocar en determinadas conductas a veces violentas.
  • Otro aspecto del que nos hablan los psicólogos infantiles es el hecho de que algunos niños tienen un temperamento proclive a la violencia desde muy pequeños. Si no se modulan esas conductas, si no se orientan, corrigen y gestionan, es probable que a los 10 años ya hayamos llegado tarde.

Se tienen casos de niños que han cometido crímenes “solo por saber qué se siente”, hechos terribles que antes ya deben habernos dado pistas, conductas y palabras que toda familia y todo educador debe saber intuir para dar una respuesta adecuada.

Porque educar en valores, en amor y afectos, es una labor de todos.