¿Por qué no es recomendable controlar totalmente las emociones?

Paula Aroca · 23 septiembre, 2013

 

En nuestro camino a la superación personal nos encontramos a veces con una falsa meta: deseamos ejercer un control total sobre nuestras emociones. Leemos que alguien nos recomienda estar siempre feliz y tratamos de sentirnos bien en todo momento. Asimismo, sentimos que debemos controlar nuestro mal humor en todo momento y que reprimir los enojos o estados negativos es la manera correcta de proceder.

Pero esto es erróneo. Las emociones funcionan durante ciertos periodos de tiempo. Estar siempre feliz es tan poco natural como estar durmiendo todo el día o estornudar indefinidamente. Hay personas que buscan opacar sus sentimientos desagradables con comida chatarra, drogas, televisión, tabaco y mucho trabajo. Si bien funciona, solo de forma temporal, las emociones negativas continúan ahí, aunque ocultas.

Hay un detalle de gran importancia en todo este asunto: nuestros genes siempre nos piden que tengamos cosas que resolver. La tarea de supervivencia de nuestros antepasados fue tan primordial que actualmente tenemos las mismas necesidades, nos alimentamos por la necesidad de controlar todo y buscamos, incluso, que nuestros sentimientos sean controlados.

¿Dónde está el problema?

Intenta mover un objeto con tu mente. ¿Es posible? Aunque apliques toda tu concentración, no podrás mover un objeto solo con la idea de hacerlo. ¿Para qué sirve este ejemplo? Para comprender que tus pensamientos solo afectan la realidad cuando ejecutas una acción, no un sentimiento. Aunque quieras mucho a una persona, la relación no fructificará, a menos que hagas algo y lo demuestres en hechos.

Los seres invisibles no pueden dañarnos físicamente

Una práctica útil es pensar que las emociones son seres imaginarios que nos asedian constantemente en la vida, pero que, sin embargo, no pueden dañarnos. Es bueno comprender y estar convencido(a) de que, aunque las emociones estén ahí, en realidad no pueden destruirnos. Reprimir las emociones o no querer verlas es no aceptarnos con todas nuestras facetas, es negar una parte de nosotros mismos. Es más saludable sentirlas, reconocerlas y observarlas, tratando de que no lleguen a afectarnos físicamente. Una vez que entendamos esto, podremos hacer que cualquier emoción fluya a nuestro favor y no en nuestra contra.

Por ejemplo, la tristeza o la ira no necesariamente son negativas, si pueden ayudarnos a mejorar nuestra creatividad o nuestro desempeño deportivo. Hagamos, entonces, que esos “seres invisibles” que son las emociones nos inspiren en alguna actividad. El miedo, por ejemplo, puede entrenar nuestra mente para predecir los eventos futuros y así tomar mayores precauciones en una actividad que consideramos peligrosa.

Grandes obras de arte se han realizado por situaciones de catarsis. La música, por ejemplo, requiere del sentimiento para desarrollarse. Las novelas también requieren que el escritor entre en un estado emocional para entender a sus personajes. Es decir que los artistas conocen sus emociones y las enfocan en algo positivo, obteniendo el fruto de su creación.

Las claves sobre las emociones

En resumen, controlar en exceso las emociones o reprimirlas representa un gran error en el camino del desarrollo personal. Debemos evitar sofocarlas y entender que son pasajeras. Lo que podemos hacer es dejarlas fluir y convivir de una forma positiva con ellas.

Es necesario que nos permitamos sentir nuestra humanidad, con las emociones incluidas, tal cual lo hacían los griegos, quienes entendían la complejidad del hombre por todas las caras que ofrecían sus emociones. 

Conocerse a sí mismo es también parte de la clave en este proceso. Si sabemos cómo reaccionamos ante ciertas situaciones, podemos anticipar el sentimiento y convivir con él mientras dure. Algunas emociones como la felicidad, la alegría y el entusiasmo las permitimos porque nos dejan una sensación agradable, pero aquellas no tan placenteras son parte de la vida también y no es saludable taparlas, ni negarlas.

La satisfacción, por ejemplo, no puede lograrse tan fácilmente, pues requiere de un esfuerzo constante en el que seguramente pasaremos antes por la frustración, el enojo o la tristeza. Pero cuando alcancemos nuestra meta, la satisfacción será de largo plazo y agradeceremos haber experimentado otras emociones negativas para lograrlo. 

Imagen cortesía de Gabriele Negri