¿Por qué somos tan crédulos con las informaciones falsas?

Edith Sánchez · 24 febrero, 2020
Este artículo ha sido verificado y aprobado por la psicóloga Gema Sánchez Cuevas el 22 febrero, 2020
En realidad somos tan crédulos que estamos dispuestos a aceptar como verdades muchas fábulas. La pregunta es: ¿por qué tendemos a creer en afirmaciones que a veces son tan descabelladas?

Estamos en tiempos de informaciones falsas, las cuales circulan libremente por todos lados. La pregunta no es por qué ahora hay tantas mentiras difundidas, sino por qué somos tan crédulos/vulnerables frente a ellas. Lo más llamativo es que algunas de esas falsedades son tan inverosímiles que cuesta aceptar que tanta gente las crea, pero así es.

Lo peor de todo es que muchas de esas mentiras después son denunciadas por personas con suficiente autoridad para hacerlo; por ejemplo, científicos o expertos en algún tema. Sin embargo, muchos deciden seguir creyendo en la mentira, sobre la base de que hay una supuesta conspiración para ocultar la verdad. Eso muestra que en realidad somos tan crédulos… que “parece mentira”.

Si somos tan crédulos muchas veces no es por falta de formación o de información válida. Algo pasa dentro de nosotros y preferimos simplemente darles crédito a las informaciones falsas. ¿Cuáles son esos mecanismos que nos llevan a ser engañados con mentiras que a veces desafían el sentido común?

Pasamos por alto las pruebas reales. Ese es el problema. Así es como funciona nuestra mente. Las historias nos encantan. Necesitamos creerlas. ¿Y sabes qué? La necesidad de creerlas puede ser nuestra perdición”.

-John Verdon-

Mujer pensando en los mitos que la mayoría de personas creenUn ejemplo ilustrador

Quizás puede parecer que exageramos al señalar que somos tan crédulos como para aceptar informaciones completamente descabelladas. Hay ejemplos que demuestran que esto es cierto. Uno de ellos es el famoso caso de las “bananas asesinas”, que dio mucho que hablar.

Sucedió en enero del año 2000, cuando comenzó a circular una cadena de correos electrónicos en los que se decía que había unas extrañas bananas importadas en el mercado. Quienes las comían, desarrollaban una extraña enfermedad llamada “fascitis necrotizante”. A los afectados les salían unas erupciones de color morado, que luego explotaban y dejaban expuestos a músculos y huesos.

El pánico se extendió de tal manera, que el Centro de Control de Enfermedades de Estados Unidos (CDC, por sus siglas en inglés) tuvo que emitir un comunicado denunciando la falsedad de esta información.

Sin embargo, en principio lo que hizo ese informe oficial fue incrementar el pánico de quienes pensaban que todo era una conspiración para ocultar los hechos. Pasó mucho tiempo antes de que la gente empezara a comprender lo absurdo que era hablar de unas “bananas asesinas”.

¿Por qué somos tan crédulos?

La realidad es que vivimos un tiempo en el que muchas personas desconfían de lo que dicen algunas instituciones que antes eran una autoridad incuestionable. En primer lugar, las fuentes gubernamentales ya no son confiables para muchas personas y hay mucho de razonable en esto, a raíz de las múltiples mentiras que diversos Estados y gobiernos han esgrimido a lo largo de la historia.

Algo similar ocurre con la ciencia. La investigación científica no es un hecho acabado y por eso es normal que lo que se considera cierto hoy, mañana se ponga en tela de juicio y lleve a una nueva certeza relativa. Además, un sector de la ciencia ha estado al servicio del poder político y, por lo mismo, no son pocos los episodios en los que científicos han mentido a la comunidad.

En este contexto, somos más proclives a creer en informaciones que provienen de ciudadanos comunes y corrientes, que generalmente se presentan como buenos samaritanos que quieren sacar de los errores a otros ciudadanos comunes y corrientes, como ellos.

Si la información está revestida de ciertos visos de credibilidad, como supuestos casos prácticos, o datos que cuentan con el respaldo de ciertas autoridades, no es difícil caer. En primera instancia, somos tan crédulos, paradójicamente, por la falta de confianza.

Mujer sorprendida por la desinformación

La economía cognitiva

En términos generales, tendemos a usar más la intuición que la lógica puramente racional; en parte, porque la primera no requiere un esfuerzo tan grande. A esto se suma el hecho de que nuestro cerebro en su funcionamiento tiene un “sesgo de confirmación”. De este modo, tendemos a dar más peso a los argumentos o fuentes que confirman nuestras creencias previas.

Por otro lado, tenemos algunos rasgos que no facilitan las cosas. Nos encantan las fábulas fantásticas y por eso somos más dados a prestarle atención a lo extraordinario, sin fijarnos en cómo es de razonable. Simplemente, nos gustan las historias que se salen de lo común. Adicionalmente, nos encanta opinar de todo y una explicación científica compleja no es un buen sustrato para opinar, pero una afirmación sensacionalista sí.

Eryn Newman, investigadora de la Universidad del Sur de California, sugiere que, ya que somos tan crédulos, si no queremos ser engañados, lo recomendable es que, ante una nueva información examinemos si la fuente de la misma es creíble, si la afirmación cuenta con suficiente evidencia, si es compatible con las creencias propias y si cuenta algo interesante. La respuestas a esas preguntas nos dan una pista para creer o no hacerlo.

Elías Pérez, C. (2013). Contraconocimiento y pandemias de credulidad en la Sociedad Red: el papel del periodismo en la búsqueda de la verdad en los entornos digitales.