¿Qué pasa por la cabeza del superviviente a una tragedia?

Sergio De Dios González · 5 noviembre, 2016

Una de la situaciones en las que los psicólogos pueden jugar un papel más importante, desgraciadamente, es en los momentos y días posteriores a una tragedia. Desafortunadamente todos tenemos en nuestra memoria varias catástrofes o atentados que terminaron con la vida de muchas personas.

Finales que dejaron familias rotas en el dolor por una pérdida tan importante como difícil de asimilar. Nadie piensa que el hijo que ha salido de casa a las 7, como todos los días, para ir a la Universidad ya no volverá. Que aquel beso de despedida rápido será el último. Tampoco nadie se acuesta pensando que el despertador de la mañana será la vibración de las paredes y el ruido de cientos de objetos precipitándose contra el suelo. Nadie menos a los que ya les ha tocado cerca.

Hay otras víctimas que se quedan con nosotros y son los supervivientes, esas personas que han vivido de cerca la tragedia y la han esquivado, con más o menos secuelas. El caso es que sus corazones siguen latiendo, pero a partir de ese instante sus vidas cambian por completo. Es de su situación psicológica de lo que hablaremos en este artículo.

 

¿Qué les sucede a los supervivientes?

Volver a nacer, esa es la sensación que reina entre las personas que han mirado a la muerte a los ojos y la han esquivado. Muchas de hecho viven el símil con un paralelismo más real que la aplicación del la metáfora al momento en el que despiertan de nuevo en el hospital. Esto es así porque la tragedia les ha causado lesiones que les obligan a realizar una nueva gran adaptación al mundo.

También es así porque la sensación de control (locus de control) se ha visto muy afectada. En estos casos, las víctimas buscan personas de confianza y se aferran a ellas como elementos de protección y como espacios de seguridad. Así, tendrán que ir separándose poco a poco de ellas con un miedo parecido al que un niño tiene cuando se aleja de la cercanía de sus padres.

Volver a un mundo en el que los colores ya no son los mismos, en el que los espacios cerrados son trampas camufladas y en el que las mochilas portan bombas no es sencillo. Hacerlo es más fácil si ha pasado fuera del entorno habitual. En estos casos es más sencillo encapsular la experiencia en un espacio-tiempo ajeno.

Mujer llorando

Las personas que han estado cerca de una situación así necesitan una explicación, la fórmula que les llevó a tal situación de vulnerabilidad. Así, las personas que han sufrido la tragedia fuera de su entorno habitual pueden pensar que si no regresan a ese lugar no les volverá a suceder. Sin embargo, para las personas que han sufrido la tragedia en un entorno que pensaban controlar y en el que se sentían totalmente seguras va a ser más complicado.

La culpa es otro de los sentimientos que suelen aparecer después de que alguien haya sido expuesto a una situación así. Esta culpa nace de la profunda sensación de injusticia, ¿por qué he sobrevivido yo y no el resto de personas que iban en el tren?

Una culpa que es mucho más potente en caso de que en la tragedia hayan fallecido personas queridas y con las que en ese momento estaba el superiviviente. De hecho, el máximo exponente de esta culpa lo encontramos cuando fue el superviviente el que de alguna forma convenció al fallecido de que ese día tenían que hacer ese viaje o estar en ese sitio.

El trabajo del psicólogo con la persona que ha sobrevivido

El estado psicológico de una persona que ha sobrevivido a una tragedia es mucho más complejo que lo que hemos relatado en estas pinceladas. Sin embargo, este esquema sí es útil para entender los principales puntos en los que la terapia psicológica tiene que incidir. Estos son:

La validación de los sentimientos de la persona que ha sobrevivido. Tenemos que trasmitirle a la persona que es lógico que se sienta así, que es un producto coherente de la situación a la que se ha visto expuesto. Por lo tanto, no es un bicho raro ni está loco.

En este sentido hay personas que después de una tragedia así sienten un dolor insoportable. Sin embargo, hay personas que reciben un impacto tan brutal que su sensibilidad emocional queda totalmente anestesiados. Por eso en una tragedia de este tipo podemos ver a personas que se retuercen de dolor y a personas que están ausentes y con un rostro tan estático que parece cincelado en mármol.

Recuperación de la sensación de control y al mismo tiempo aceptación de la falta del mismo: es fundamental que la persona vuelva a encontrar un equilibrio en esta dualidad que no la paralice. No vamos a negarle que hay aspectos de su vida que no controla, se trata de ir delimitando poco a poco ciertas parcelas donde la persona pueda comprobar que las relaciones de contingencia se cumplen.

Ayudarle a que reconstruya poco a poco su círculo de seguridad: en este sentido, el trabajo del psicólogo es guiar y supervisar la progresión en esta línea. En el caso de existir un estrés postraumático, evitar que que los estímulos que lo producen se generalicen lo menos posible y controlar la exposición a los mismos, de manera que la respuesta de evitación no sea reforzada por la disminución de la ansiedad.

Aunque hay muchos más, el último aspecto en el que vamos a incidir es el de ayudar a la persona superviviente con sus relaciones sociales. No es extraño que la persona, tras la tragedia, se sienta muy distinta a las personas que le rodean. Una situación que ellos no han vivido, que le hace diferente en parte porque no puede encontrar las palabras exactas para trasmitirles lo que siente. Necesitan a las personas que quieren, pero al mismo tiempo sienten que no son comprendidos por ellos.

tragedia

Un día, una hora, un lugar. No es necesario más para que una vida cambie por completo. Este cambio es tan grande que afecta todo. Los sonidos, los colores, los olores, las emociones, los pensamientos o los sentimientos. Algunos muren y otros mueren y nacen al mismo tiempo.

Los que nacen a menudo tienen que volver a aprender a vivir, con un cuerpo igual o parecido, pero siendo personas distintas. Es en estos momentos cuando los psicólogos encuentran una de sus muchas razones de ser.

Nota: este artículo está dedicado a todos esos psicólogos que trabajan en estos momentos en los que lo derruido es mucho y lo que queda en pie muy poco. Su trabajo -especialmente humano, y para el que hay que contar con una sensibilidad especial que permita que el dolor moje pero no cale- tiene un valor incalculable.