¿Qué significa la inclusión en la educación?

Alejandro Sanfeliciano · 11 noviembre, 2017

Desde la psicología educativa se empieza a dejar atrás el término integración, en favor del término inclusión. ¿Se trata de una simple modernización del término o estamos ante un cambio de los valores y prácticas? Se podría llegar a pensar que cambiar una palabra por otra de significado parecido puede no tener mucha trascendencia. Sin embargo, los conceptos son lo que definen nuestro mundo y aumentar los términos supone el alumbramiento de nuevas perspectivas.

Si vas a cualquier escuela y preguntas si los alumnos se encuentra integrados posiblemente te digan que sí, con toda seguridad. Y te mostrarán los nombres de algunos alumnos con diversidad funcional, inmigrantes o en otra situación de desventaja social y te dirán que están recibiendo formación adecuada. Ahora bien, si les preguntas acerca de si los alumnos se sienten incluidos en la escuela, probablemente la respuesta ya no vendrá acompañada de una seguridad tan grande.

Diferencias entre integración e inclusión

Cuando hablamos de integración, nos planteamos si aquellos alumnos que se encuentran en desventaja social están recibiendo una educación y formación equitativa al resto de alumnos. Este término se basa en una cuestión de estar dentro o fuera del ambiente educativo. En cambio, si hablamos de inclusión no nos quedamos solo en ese aspecto. La importancia gira en torno al bienestar social y personal de los alumnos.

Profesora ayudando a su alumna favoreciendo la inclusión

La inclusión se preocupa de si los alumnos son tratados con igualdad, cariño y respeto como las personas únicas que son. Y también es importante prestar atención a que se encuentren a gusto dentro del “ecosistema” de la escuela. Es decir, preocuparse por que tengan relaciones significativas y sean partícipes de la vida dentro del colegio.

Una diferencia esencial entre los dos términos es la universalidad de uno frente a los selectivo del otro. Al hablar de integración, nos centramos con que un grupo estigmatizado reciba una educación “normal”. En cambio con un modelo inclusivo, tenemos en cuenta la situación personal de cualquier alumno, y buscamos su inclusión en la escuela.

Cualquier alumno aunque no forme parte de un grupo estigmatizado, puede sentirse como excluido. Por ejemplo, un niño tímido que le cuesta hacer amigos u otro que este preocupado por su orientación sexual, probablemente no se encuentren incluidos. El modelo de integración se olvida de estos niños, en ocasiones con consecuencias desastrosas.

Razones para la inclusión

La razón primordial de la inclusión no es lograr un bienestar social y personal de los alumnos sin más motivos. Sería una equivocación pensar en tan cortas miras. El objetivo de la inclusión es lograr una mejoría significativa de la educación y aprendizaje de los alumnos. Lo importante es que todos los alumnos desarrollen al máximo su potencial y puedan desarrollarse sin trabas

Para que esto sea posible es indispensable el bienestar social y personal de los estudiantes. Debido a que una persona con malestar contará con una escasez de recursos que le supondrá un gran obstáculo para su aprendizaje. Y las medidas educativas desde la integración han sido insuficientes desde este aspecto.

Un ejemplo de ello, son las clases de “Educación especial” creadas desde la integración. Las cuales venían a dotar de instrucción especializada a aquellos estudiantes que no podían seguir el ritmo de la clase. Pero se ha convertido más en un mecanismo de exclusión que de apoyo. Catalogando a unos alumnos fuera de la “normalidad” junto con sus repercusiones al bienestar social y personal.

Otro aspecto esencial, es que si queremos educar en igualdad, cooperación y no discriminación hay que predicar con el ejemplo. No podemos educar en esos valores, salvo que la escuela se base en un modelo inclusivo con esos valores detrás de él.

¿Qué se puede hacer para lograr la inclusión?

Después de ver cualquier fallo, es fácil crear un modelo teórico que parezca que suple esas deficiencias. Pero a la hora de llevarlo a la práctica, el objetivo se vuelve más complicado. Lo normal es que nos encontremos con ciertas barreras políticas, económicas y sociales, a veces muy difíciles de superar. Aun así, siempre se pueden tomar medidas para intentar acercarse lo máximo posible al modelo teórico.

Profesora ayudando a sus alumnos

Las investigaciones alrededor de la educación inclusiva nos muestran una serie de medidas que ayudan mucho a caminar en la dirección correcta. Entre estas estrategias las más eficaces e importantes son las siguientes:

  • La observación mutua de las clases seguida de una discusión estructurada sobre lo desarrollado.
  • La discusión en grupo de las grabaciones en vídeo del trabajo de un colega.
  • Dar voz a los alumnos y sus familias, para así conocer las necesidades y problemas que sufren.
  • La planificación colaborativa entre alumnos y profesores de las clases y revisión conjunta de los resultados.
  • Innovaciones en el currículo escolar, modificarlo acorde a las necesidades específicas del alumnado.
  • La cooperación entre los centros escolares, incluidas visitas mutuas para ayudar a recopilar información relevante.

Un aspecto clave de las anteriores propuestas y que se ve reflejado en la mayoría de ellas es la autoevaluación. Si queremos lograr una escuela inclusiva, es necesario una continua revisión de lo que ocurre en los centros. Y tras esa autoevaluación, adoptar las medidas necesarias para corregir los errores que supongan obstáculos a la hora de caminar hacia una educación inclusiva.

Una escuela inclusiva, con toda la profundidad que implica el término, es una utopía. Sin embargo, esto no quiere decir que debamos renunciar a acercarnos lo máximo posible, sino todo lo contrario. Las utopías están ahí para marcar el camino a seguir y establecerlo como meta, motivando y orientando nuestras actuaciones.