Saber esperar no es debilidad, sino valentía

Este artículo ha sido verificado y aprobado por Sergio De Dios González el 22 noviembre, 2018
Gema Sánchez Cuevas · 22 noviembre, 2018
Saber esperar es practicar el arte de la paciencia, ese desde el que la calma y la reflexión son necesarias para aprender en el día a día.

Saber esperar. Aguardar el tiempo necesario para que las semillas crezcan, los sentimientos aparezcan y los hechos proporcionen señales. Todo tiene su tiempo, sus propios ritmos, aunque nos neguemos a aceptarlo. De hecho, si hacemos una pausa y miramos a nuestro alrededor todo está en movimiento de un modo u otro. Es el fluir de la vida, el impulso creador del cambio, ese que se nutre de todo cuanto acontece para cultivar resultados.

La espera es el tiempo del aburrimiento, la desidia, la impaciencia; pero también es la antesala que nos cobija, el arte de la paciencia y el camino del aprendizaje -a veces voluntario y otras casi impensado-. Incluso, podemos decir que la espera es el tiempo de la duración de ese deseo que esperamos llegue a germinar, a dar sus frutos, pero con la fuerza de la calma en lugar de la aceleración.

“Un hombre que es un maestro de la paciencia es maestro de todo lo demás”.

-George Savile-

El caos de ir acelerados

Byung-Chul Hal, filófoso experto en estudios culturales y profesor de la Universidad de las Artes de Berlín, afirma en su libro La sociedad del cansancio que la sociedad del siglo XXI ya no es disciplinaria, sino una sociedad de rendimiento, en la que destaca el poder hacer sin límites.

En la actualidad, todos queremos hacer más en menos tiempo. Vivimos acelerados -y presionados- en un mundo de estímulos en exceso, preocupados más por los resultados que por el camino. El problema es que ignorar los pasos que damos y, más bien, cómo lo hacemos, nos lleva al agotamiento físico, mental y ocupacional.

Además, nuestra percepción se encuentra fragmentada por tanta estimulación. Ahora somos multitasking, hacemos de todo y de nada a la vez. De hecho, según Byung-Chul Hal, el multitasking no es un progreso, sino más bien una regresión porque impide la contemplación y la atención profunda. Vivimos por encima, de puntillas sin sumergirnos en las experiencias y con un ritmo de vida desenfrenado.

Reloj de arena sobre una mesa de madera

Ya no nos gusta esperar, nos cuesta tener paciencia porque queremos todo al instante, de manera inmediata e impulsiva, sin ser conscientes de las consecuencias… Estrés, ansiedad, depresión, aburrimiento o incluso, vivir con molestia el tiempo de descanso. Nos incomoda no tener nada que hacer porque nos enfrentamos a nosotros mismos y para eso, no estamos preparados.

El aburrimiento es un enemigo y enseguida buscamos un quehacer, algo que ocupe nuestro tiempo. Y en medio de este barullo, olvidamos eso de que la pura agitación no genera nada nuevo y a su vez, perdemos el don de la escucha, como afirma el filósofo Walter Benjamín. En definitiva, nos perdemos en una espiral de hiperactividad, estrés y desasosiego.

El placer de la espera

¿Qué pasaría si nos detuviéramos? ¿Descubriríamos algo si aminorásemos nuestra marcha? ¿Cómo nos sentiríamos? Detenernos en seco e interrumpir nuestra velocidad en un primer momento nos asusta. No podemos negarlo. Incluso puede que nos duela, ya que estamos acostumbrados a la inmediatez.

La paciencia es un arte que debe aprenderse a base de entrenamiento y tolerancia hacia el desconocimiento y la incertidumbre. Nos da pánico esperar, nos resulta insoportable no saber qué pasará o que las cosas escapen a nuestro control. Pero es evidente que en ciertos momentos es imposible evitarlo. No olvidemos que la paciencia tiene que ver con el ser y su opuesto, la impaciencia, con el tener.

Piensa por un momento cómo te sientes cuando te encuentras en una situación que no está bajo tu responsabilidad pero que te incomoda. Reflexiona sobre esas veces que has discutido con alguien al que aprecias y que por lo ocurrido está decidiendo que pasará entre vosotros. ¿Incómodo verdad? ¿Cómo te sientes cuando alguien te hace esperar ya sea a nivel laboral, sentimental o familiar?

Esperar es todo un reto… Y más si tenemos en cuenta que ser paciente está visto como una debilidad, ya que la mayoría de las veces se confunde con resignarse o estar apático. Ahora bien, la paciencia con consciencia no tiene nada que ver, es más bien coraje y valentía, esperanza y miras a largo plazo, es rebelarse contra la dificultad pero de una manera a la que no estamos acostumbrados.

Mujer con una mariposa en el hombro pensando que todo cambia

Saber esperar es protegerse de la eventualidad de lo inmediato y ser capaz de atravesar situaciones adversas sin llegar a derrumbarnos. Quien tiene a la paciencia como amiga, conoce muy bien las trampas de la impulsividad y las consecuencias que se derivan de ella porque ha domesticado sus pasiones, su tendencia a la búsqueda incesante del placer y la necesidad inmediata.

La espera nos enseña que tener todo bajo control es imposible y peligroso. Reflexionar para comprender, priorizar son actitudes importantes, al igual que dedicarnos un tiempo para nosotros, para indagar en qué queremos y hacia dónde vamos, para observar el camino en perspectiva. Y esto solo es posible a través de la práctica de la paciencia, esa capacidad para evaluar con detenimiento, estar en calma y no dejarse nublar por el ruido de la necesidad y lo placentero.

Ser pacientes no es dejarse llevar por las circunstancias, sino saber actuar en el momento adecuado, elegir y renunciar desde la calma y aprender a tavés del ritmo de la vida.

“La velocidad es la forma de éxtasis que la revolución técnica ha brindado al hombre […] ¿Por qué habrá desaparecido el placer de la lentitud?”.
-Kundera-
  • Byung-Chul Han. (2012) La sociedad del cansancio. Barcelona: Herder.
  • Kundera, Milan (2001). La lentitud. Barcelona: Tustquets.
  • Schweizer, Harold (2010). La espera. Melodías de la duración. Madrid: Sequitur.