Los sesgos típicos del terapeuta

24 Diciembre, 2019
Este artículo ha sido escrito y verificado por la psicóloga Loreto Martín Moya
Los psicólogos también corren el riesgo de utilizar sus sesgos en la evaluación e intervención terapéutica. Señalamos cuales son los más notables, como el efecto de Maslow, y cuales son sus consecuencias de cara a la alianza terapéutica y la buena praxis de la profesión.
 

Aunque los terapeutas tienen la obligación de, en la medida de lo posible, mostrarse imparciales frente a sus clientes, no elaborar juicios de valor respecto a estos y gestionar la información de forma aséptica, lo cierto es que estos también tienen sesgos y a veces se ven reflejados en la terapia.

Estos sesgos típicos del terapeuta pueden provocar que el trabajo sobre la información obtenida sea diferente en función de la persona y de los sesgos que el terapeuta realiza.

Gran parte de la eficacia de la terapia viene dada por la alianza terapéutica que tanto cliente como psicólogo consiguen establecer. Por ello, el trabajo de los sesgos que uno mismo tiene respecto a su cliente es un trabajo casi obligatorio para el terapeuta.

Este tiene que estar convencido de que sus sesgos no están modificando la intervención ni que la opinión que el terapeuta tiene del cliente está provocando que este sea tratado de otro modo.

De esta manera, presentamos a continuación aquellos prejuicios y sesgos que el psicólogo tiene que evitar para desarrollar sus habilidades sin contrariedades. El objetivo último, no hay que olvidar, es alcanzar el bienestar que el cliente ha perdido.

Psicólogo
 

Efecto Maslow: un único dato es suficiente

Entre los sesgos típicos del terapeuta encontramos el efecto Maslow. Este se refiere a la tendencia a enjuiciar globalmente al paciente solo por un único aspecto o impresión.

Esto supone un gran problema porque el aspecto por el que se enjuicia a la persona puede variar en función del psicólogo. De esta manera, el cliente podría haberse encontrado con numerosos terapeutas que le han tratado de muy distinta manera en función de diferentes variables, como puede ser la evaluación planteada o sus conocimientos.

Vamos a plantear un ejemplo ilustrativo. Ángel acude a terapia por un trastorno-obsesivo compulsivo. En la primera sesión, Ángel menciona que en una ocasión levantó la mano a su pareja, David. Esto le ha pasado un par de veces en los últimos siete años.

Juan Carlos, el terapeuta, puede tender y enjuiciar a Ángel por esas acciones; y no tener en cuenta el resto de datos relevantes —positivos y negativos— que Ángel ha aportado. Juan Carlos se muestra poco sereno y paciente con él porque asume que Ángel es una mala persona y un maltratador.

El papel del psicólogo no es enjuiciar, y mucho menos hacerlo a través de un dato, o etiquetar y cambiar la conducta con un paciente por una impresión o un hecho concreto relatado desde un único punto de vista.

Efecto de indulgencia: lo psicológico es lo único relevante

De igual manera, otro sesgo típico del terapeuta se refiere al efecto de indulgencia, que se define como la tendencia a valorar más los datos de naturaleza psicológica frente a otro tipo de datos, como pueden ser los biológicos u orgánicos.

 

Desde el inicio de la psicología como disciplina, se ha constituido un debate entre los eruditos acerca del peso de lo biológico y el peso de lo psicológico en la génesis de los trastornos psicológicos.

Actualmente, aunque varía en función de la afección, se puede establecer que la influencia de ambos es condicionante y similar. Por ello, no ocuparse de los aspectos biológicos de la afección del cliente puede ser un grave error en tanto que a veces son la manifestación de algo que no estamos viendo, y de igual manera suponen un problema para el individuo.

En este sentido, hay que conocer qué es la somatización, y tratar los problemas psicológicos y de origen orgánico —o que implican un grado alto de somatización; por ejemplo, una persona con mucha ansiedad a la que sus brazos no responden durante dos semanas—.

Prejuicio de Rice: la primera impresión es la que cuenta

Cuando un cliente entra por primera vez en sesión, es usual que el terapeuta se forme una primera impresión -igual que lo hacemos todos con una persona que nos presentan-.

Gracias a los estereotipos que nos ayudan con la economía cognitiva, los terapeutas pueden clasificar a esas personas en función de otros modelos que ya tiene. Por ejemplo, podrían pensar:

  • “Esta mujer se parece a Alberta, que tiene un estilo atributivo externo y es muy difícil trabajar con ella”.
  • “Este nuevo cliente llamado Gabriel lleva rastas, de manera que será de izquierdas y muy contrario a mí”.
 
  • “Este hombre, Obatalá, no parece de origen español y seguro que resulta ser un machista; yo soy mujer, será difícil la terapia”.

La nocividad de estos prejuicios se resume en su propio significado. Los prejuicios son a veces muy útiles porque nos ayudan a organizar el mundo, pero también muy iatrogénicos cuando estos impiden que el psicólogo pueda establecer unos derechos y necesidades iguales para todos sus clientes.

El artículo nº9 del Código Deontológico del Psicólogo dice así:

El/la psicólogo/a respetará los criterios morales y religiosos de sus clientes, sin que ello impida su cuestionamiento cuando sea necesario en el curso de la intervención.

Asimismo, el artículo nº10 también está relacionado con el peligro de las primeras impresiones y los prejuicios que de ellas pueden emanar:

En la prestación de sus servicios, el/la psicólogo/a no hará ninguna discriminación de personas por razón de nacimiento, edad, raza, sexo, credo, ideología, nacionalidad, clase social, o cualquier otra diferencia.

Primeros adjetivos: cuenta más lo que se dice que lo que se ve

Entre los sesgos típicos del terapeuta encontramos los primeros adjetivos. Hay ocasiones en las que la novedad de la propia situación terapéutica, el miedo, la falta de confianza o la vergüenza llevan al cliente a verbalizar realidades que luego no parecen tan verdaderas.

Esto no significa que el cliente mienta. No obstante, a veces la persona no quiere dar cierta información o, lo que ocurre más a menudo, no tiene herramientas para comunicar esa información de forma correcta.

 

Así, a sesión acuden personas “autodiagnosticadas” de depresión, de ansiedad… Hay personas que dicen tener mayores picos de ansiedad por la noche, y después en la intervención se observa que el individuo lo pasa especialmente mal por la mañana.

Quizás por el efecto de primacía que las primeras informaciones tienen, en algunos terapeutas prima más la información que recibieron primero; que aquella que falsea esa misma información.

En el ejemplo anterior, algunos psicólogos seguirían estableciendo el diagnóstico de depresión. Es el primer diagnóstico que ellos dieron a partir de las primeras sesiones de evaluación con el cliente; a pesar de que a medida que se han ido desarrollando las sesiones, se ha podido observar que quizás el diagnóstico de depresión no sea correcto, y estemos hablando de cambios en el estado de ánimo por un trastorno obsesivo-compulsivo, o un trastorno de la conducta alimentaria.

Psicóloga con su paciente

Conclusiones: los sesgos guían, pero no determinan

Aunque estos son los sesgos típicos del terapeuta, no son los únicos que existen. Otros son: el error lógico de Guilford -no discriminar entre información fiable y no fiable-, las tendencias extremas y centrales -evaluar al entrevistado de manera muy positiva o negativa o a través de vaguedades intermedias- o el efecto de los conocimientos previos -evaluar al entrevistado dando mucho peso a lo que ya sabía de él-.

 

Con ello, se quiere ilustrar la importancia que tiene que el terapeuta conozca qué sesgos aplica con mayor facilidad, puesto que pueden sabotear la terapia.

Los sesgos cognitivos, como hemos visto, pueden arruinar todo el trabajo que el psicólogo pueda plantear en consulta. Así, conociéndolos un poco mejor, tendremos un mayor control sobre los mismos, situándonos en una posición favorable para minimizar, en la medida de lo posible, su efecto contaminador.