El síndrome de Marilyn Monroe

Este artículo ha sido verificado y aprobado por Sergio De Dios González el 4 enero, 2018
Valeria Sabater · 4 enero, 2018

El síndrome de Marilyn Monroe define a esas personas a las que todo el mundo ama, pero a las que nadie se molesta en conocer en profundidad. Son perfiles rotos por la soledad, como lo fue la propia Norma Jean. Esa mujer en su eterno papel de “rubia ingenua” pero que en realidad, tenía un reverso más profundo, reflexivo y autoexigente que muy pocos conocían.

No queremos entrar aquí en cómo fue el final de la diva por excelencia del mundo del cine. Se ha escrito mucho sobre ello. Libros recientes como “”Marilyn Monroe: A case for Murder”, de los periodistas Richard Buskin y Jay Margoli, ya nos dan una pista sobre el tema. Ahora bien, lo que nos interesa en esta ocasión es ese perfil psicológico que caracterizó a la propia Marilyn y cuya esencia, ha dado forma a un síndrome que lleva su nombre.

“Vida, soy de tus dos direcciones y de algún modo, permaneciendo siempre colgada hacia abajo”.

-Poemas de Marilyn Monroe-

En el libro “The Marilyn Syndrome” la doctora Elizabeth Macavoy nos explica que antes de fallecer, ella ya había muerto de vacío y soledad. Más allá del glamour, de los focos y de aquel Happy Birthday Mr. President que le dedicó con descaro a John F. Kennedy, existía una mujer fragmentada desde hacía mucho. Alguien que había entendido que la felicidad era eso que todo el mundo esperaba ver en las películas de Hollywood, pero que en la realidad (su realidad) lo único que existía era el egoísmo y la falsedad.

Marilyn Monroe sentada

El síndrome de Marilyn Monroe ¿qué es exactamente?

El síndrome de Marilyn Monroe se está dando en la actualidad con mucha frecuencia. Aparece en aquellas personas, actores, cantantes y perfiles en general que gozan de cierto éxito social y que suelen eclipsar a los demás por su encanto, su belleza o su destreza en alguna actividad.

Todos los quieren, todos los adoran y desean acercarse a ellos, ser parte de ellos… Pero en realidad, la mayoría de las veces son meros instrumentos, muñecas y muñecos que otros manejan a su antojo para escalar socialmente y potenciar su imagen, al tener cerca a ese ser “deslumbrante” que todos admiran. Asimismo, la “persona objeto” no es consciente de que lo es en un inicio, porque ser el centro de atención de todos los universos es casi adictivo, es reconfortante y muy placentero, sobre todo cuando uno tiene la autoestima muy frágil y bajo mínimos.

Así, y en el caso de Marilyn, toda esa vorágine resultó muy catártica tras una infancia traumática y una adolescencia precipitada que derivó en matrimonios muy tempranos. Sin embargo, poco a poco se fue dando cuenta de algo. Para sobrevivir en aquel escenario de cámaras, productores y directores de cine debía crear un papel de mujer tremendamente ingenua, despreocupada y siempre radiante. Esa era la imagen que todos querían, la que vendía entradas, la que enamoraba a todos por igual.

Marilyn Monroe sonriendo

Norma Jean construyó su papel a la perfección y sin embargo, nadie le dio un Óscar por interpretar de forma magistral ese papel llamado Marilyn Monroe. Pocos sabían que se vio obligada a rebajar de forma continua su nivel intelectual para sobrevivir en Hollywood y para hacer de su ingenuidad su clave del éxito; cuidando al máximo ese tono de voz infantil con el que seducir, dando forma a una mujer que apenas se parecía a ella…

El síndrome de Marilyn Monroe o la autoestima perdida

El peligro de crear un papel para conseguir admiración y ser siempre ese centro de atención y de deseo permanente es que la propia identidad se acaba marchitando. Arthur Miller, el último marido de Marilyn, dijo de ella que era como “Jekyll y Mr. Hyde”. Miller fue tal vez de las pocas personas que sí llegaron a conocer ese otro lado de Norma Jean, la mujer taciturna, solitaria y reflexiva que disfrutaba escribiendo poemas.

De ella decía que “tenía instinto para la poesía” y que había sido una mujer hábil a la hora de llegar hasta donde lo había hecho. Sin embargo, y según decía el propio Arthur Miller, le faltaba cinismo, le faltaba tener los pies en el suelo. Puede que fuera así, pero de lo que en realidad carecía Marilyn era de una buena autoestima.

“Soy fuerte como una telaraña al viento, cubierta por una escarcha fría, resplandeciente”.

-Poemas de Marilyn Monroe-

No obstante, aquellos no eran buenos tiempos, todo hay que decirlo. La testosterona y el machismo imperaban en el mundo del cine. Aunque la propia Marilyn intentó crear su propia productora (Marilyn Monroe Productions), tal osadía le fue duramente recriminada y considerada como un desafío a las industrias del cine. Así que rendida, volvió dócilmente a su papel de mujer ingenua.

Marilyn Monroe leyendo

El síndrome de Marilyn Monroe nos dice que interpretar un papel para poder sobrevivir y ser amados por otros, tiene un alto precio. Puede que no lo percibamos hoy, puede que en la actualidad quedemos deslumbrados, extasiados por todos esos refuerzos positivos que alimentan nuestra autoestima. Sin embargo, lejos de alimentar nuestro amor propio lo que estamos haciendo es envenenarlo.

La aprobación social y el éxito no siempre dan la felicidad, gran parte de las veces nos deja vacíos y nos desgaja lenta e irremediablemente.