Síndrome del cuidador: el daño colateral de ayudar

Sara Clemente · 18 abril, 2018

¿Cómo sería tener un trabajo que nos ocupa las 24 horas del día? Nada más lejos de la realidad. Este es el caso de no pocos adultos que se ven obligadas a desempeñar el rol de cuidadores de otra persona que se encuentra en situación de dependencia. Pero, cuidado, porque este nuevo papel, bajo unas determinadas circunstancias, puede dar lugar al conocido como síndrome del cuidador.

La constante atención que ha de prestar la persona sana a la dependiente puede generarle episodios de estrés de distinta intensidad. Este es uno de los principales pilares de este síndrome, un daño colateral de la prestación de ayuda de manera continuada.

Es un trastorno que, aunque aún es poco conocido, presenta una sintomatología múltiple y consecuencias muy graves, tanto física como psicológicamente. Su cuadro clínico es parecido al del síndrome del burnout o del estrés laboral. El síndrome análogo en los trabajadores del sector de salud se denomina fatiga por compasión.

Cuidador – Dependiente

Estas personas suelen tener a cargo de otras que necesitan de ayuda constante. Sobre todo aparece en adultos que han de cuidar a otros que tienen algún grado de alteración neurológica o psiquiátrica. Los pacientes con Alzheimer avanzado, por ejemplo, requieren de esta dedicación y supervisión continuada.

Por tanto, una de las principales características del síndrome del cuidador es el agotamiento en los dos planos, mental y físico, de estas personas. Tal es su extenuación, que sus capacidades físicas psicológicas y sociales se ven fuertemente afectadas. Además, si el cuidador y el cuidado conviven bajo el mismo techo, el desgaste generado es más rápido y mayor, ya que se vuelve mucho más complicado no trasformar la actividad de cuidar en el centro de la propia vida.

Manos de una persona adulta y una persona mayor

Rol impuesto

En términos generales, una persona no se convierte en cuidador de forma voluntaria. Así, en la gran mayoría de las ocasiones, ese rol suele venir impuesto o designado por las distintas circunstancias de cada persona o familia. Por ello, estos adultos se encuentran de pronto con un trabajo extra que surge de manera repentina y totalmente inesperada.

Algunas personas están muy preparadas para afrontar esta nueva situación y asumen con mayor naturalidad ese nuevo papel. Otras, no cuentan con tantos recursos y se ven sumidas, desde el principio, en un reto que consideran como inabordable, sintiéndose superadas. Ven su nuevo rol como una dificultad insoportable y muy cargante, como una cruz potencialmente agotadora. En ambos casos, el dependiente se convierte en el centro de su nueva vida y pasa a consumir la mayor parte de su tiempo y energía.

Nadie está preparado ni física ni psicológicamente, para vivir 24 horas al día con una persona que va deteriorándose progresivamente.

Cómo se va fraguando

Cuidar de alguien, sin descanso, o sin el descanso necesario, es un proceso de desgaste. Pero es aún más complicado si lleva aparejado el abandono de uno mismo. Lo normal es que en el proceso, el cuidador poco a poco va asumiendo las nuevas tareas que se le han asignado. Así, ha de generar una nueva rutina en la que la prioridad pasa a ser la persona que tiene a su cargo. Paulatinamente, deja de tener tiempo para ella misma, relega a un lado su independencia y se abandona.

Tiempo libre

En su tiempo libre, va renunciando poco a poco sus aficiones. Disminuye el tiempo que dedica a las actividades de ocio y a conservar sus relaciones familiares. Además, va cerrando su círculo de amistades al ir pasando cada vez menos tiempo relacionándose. Así, puede llegar a aislarse por completo del mundo exterior.

Chica cuidando de su abuela

Familia

En las relaciones familiares, fruto de la adhesión de un nuevo miembro en la familia nuclear, suelen surgen nuevos conflictos. La irascibilidad parece generalizarse a todos los habitantes de la casa y las discusiones aumentan. También se produce un nuevo reparto de tareas que no suele satisfacer a todos por igual.

Laboral

Respecto al trabajo, puede haber un incremento del absentismo laboral, dejación de funciones o incluso abandono del cargo. La situación económica, por tanto, puede volverse comprometida. Esto dispara exponencialmente el nivel de sobrecarga física y mental, ya acumulada per se por la nueva situación del cuidador.

Pero, lejos de menguar, esa presión y lucha continuada van aumentando día tras día. Por eso, a medida que se prolonga en el tiempo, más difícil se le hace al cuidador afrontar con frescura, ganas e ilusión ese rol adquirido. Comienza a producirse cansancio crónico, insomnio, además de cambios en el estado de ánimo. Esto da lugar a sentimientos profundos de tristeza, ansiedad y preocupación constantes.

En general, estos cambios que se producen en la vida del cuidador son variados y pueden afectar tanto a corto, como a medio y largo plazo.

De prolongarse… Aparece el síndrome del cuidador

El momento en que el cuidador se ve sumido en una rutina en la que no se presta atención, comienza a surgir el estrés, la angustia, la fatiga y el agotamiento. Y, por tanto, este es el caldo de cultivo para que surja el síndrome del cuidador. Además, aumenta su irritabilidad e impaciencia. Asimismo, provoca desmotivación, agobio, irascibilidad e incluso violencia.

Como consecuencia, se pueden generar una serie de actitudes y sentimientos negativos dirigidos a la persona dependiente. El cuidador puede sentir rechazo hacia este, lo que hace esencial que sea consciente de que debe protegerse. Por todo esto, vemos lo importante que es prevenir la aparición del síndrome del cuidador. No solamente porque afecte de manera negativa al cuidador, sino porque también puede menguar la calidad de vida de la persona dependiente. Por tanto, esta alteración tiene un doble efecto al que hay que ponerle remedio, empezando por la consulta a un profesional y la búsqueda de apoyo en las tareas de cuidado.