Tenemos que hablar de Kevin

24 Febrero, 2020
Este artículo ha sido escrito y verificado por la crítica de cine Leah Padalino
Tenemos que hablar de Kevin rompe un tabú, desdibuja los mitos de la maternidad y nos lleva a cuestionarnos el innatismo de la maldad. Lejos de niños diabólicos, el horror se palpa en un pequeño que podría haberlo tenido todo y una madre totalmente sobrepasada.
 

En 2011, la cineasta escocesa Lynne Ramsay sorprendía con una historia perturbadora, trágica y no exenta de polémica. Una historia en la que se desdibujan los mitos sobre la maternidad, en la que se cuestiona el innatismo de la maldad y que estremecerá a más de un espectador. El filme no es otro que Tenemos que hablar de Kevin, la adaptación de la novela homónima de Lionel Shriver.

Protagonizada por una increíble Tilda Swinton en el papel de Eva y un incómodo Ezra Miller como Kevin, la película nos sumerge en una narración fragmentada, con una intriga bastante predecible, pero efectiva.

La maternidad, con frecuencia, aparece idealizada en el cine; el papel de las madres es elevado a cimas insospechadas. Sin embargo, Tenemos que hablar de Kevin nos presenta una visión distinta, una pesadilla, la peor para una madre: enfrentarse a la maldad de su hijo.

Eva, una mujer que quizás no se planteaba la maternidad en un primer momento, deberá abordar una difícil situación. Se verá obligada a intentar comprender y ayudar a un hijo que es conflictivo desde sus primeros pasos en el mundo y que terminará por desencadenar la peor de las tragedias. Tenemos que hablar de Kevin es un filme que aborda un tema tabú, que explora el peor de los horrores.

Entre el drama y el thriller, la narración va descodificando una historia absolutamente perturbadora.

Sangre, entrañas, vísceras

Desde el arranque del filme, observamos una imagen omnipresente del color rojo. Un color que vinculamos, irremediablemente, a lo trágico, a la sangre, a las vísceras. Eva se encuentra bañada en rojo, extasiada por la diversión en una fiesta española, la Tomatina de Buñol. Joven y sin preocupaciones, la protagonista se deja llevar por el momento, por ese baño en tomates que parecen anticipar lo que posteriormente será sangre.

 

Al espectador no le costará demasiado encontrar las referencias al rojo, un color que actúa como hilo conductor durante toda la película adoptando múltiples formas: tomate en diferentes versiones (la Tomatina, el kétchup), pintura roja o incluso mermelada, para terminar siendo lo que todos temíamos: sangre.

No estamos ante un rojo que evoca pasión, sino vísceras. En este sentido, los gestos y los pequeños detalles cobran especial relevancia. Observamos diversos primeros planos de manos, de uñas roídas y de bocas masticando. Se trata de planos desagradables, incómodos, pese a mostrar acciones cotidianas.

No son más que juegos con nuestra mente que asocia las escenas a lo perverso. Sin ir más lejos, vemos en un alimento ciertas similitudes con el ojo que ha perdido la hermana del protagonista o, como hemos anticipado, encontramos en un simple sandwich de mermelada connotaciones que evocan la catástrofe. De alguna manera, a través de estas imágenes, anticipamos la tragedia, pues el espectador se encuentra en constante estado de alerta.

Desde su nacimiento y su infancia, Kevin muestra signos de ser algo extraño, distante y manipulador. Por ello, como espectadores, esperamos ver algo atroz por su parte, estamos al acecho y, en cierto modo, preparados para lo que está por venir. Pero Ramsay dirige nuestra mirada con acierto, evoca estas sensaciones sin, realmente, llegar a mostrar la perversión.

Igualmente, el rojo, además de hacernos suponer la tragedia, tiene una vinculación todavía más profunda: con el parto. La sangre, las vísceras y las entrañas, esa unión irrevocable entre madre e hijo que, aunque no se entiendan, les mantendrá unidos para siempre.

 

Y todo ello amenizado por una música capaz de dar vida a las emociones, pero también de realizar contrastes con lo que se ve en pantalla. Así, por ejemplo, tenemos la jovial Everyday de Buddy Holly acompañando al desgarrador rostro de Tilda Swinton.

Madre poniendo la mano en la frente de su hijo

Tenemos que hablar de Kevin: destruyendo estereotipos

Tal y como hemos anticipado, Tenemos que hablar de Kevin se distancia enormemente de los estereotipos de la maternidad e, incluso, de los roles en pareja.

Eva no demuestra un instinto maternal excesivo, pero su pareja, encarnada por John C. Reilly, se ve entusiasmada. Sin embargo, ese entusiasmo terminará por cegar al padre que es incapaz de ver o aceptar los errores de su hijo. Mientras ella trata de buscar una solución o explicación a la sociopatía que parece tener el pequeño, el padre prefiere mirar hacia otro lado.

De hecho, la relación entre los progenitores es verdaderamente interesante. Es cierto que el padre cumple un papel muy residual en el filme, apenas aparece y sus escenas son, esencialmente, alegres.

La peor parte parece siempre vinculada a Eva. Y aunque esto pueda ser visto como un mero foco de la película es, en realidad, revelador. En otras palabras, que la figura paterna apenas adquiera relevancia en el filme tan solo quiere decir que lo mismo ocurre en la vida de la familia. 

 

Así, tenemos, por un lado, a un padre que se deja manipular por su hijo, que prefiere vivir la ilusión de tener un hijo maravilloso y una familia perfecta; por otro, a una madre que, tal vez, no tenga el mayor instinto maternal del mundo en un principio, pero que se preocupa enormemente por la actitud de su hijo. Una madre que ve que Kevin tiene problemas, que manipula a su antojo y que muestra signos de violencia.

El espectador percibe, en cierto modo, a una madre sola, la figura del padre es irrelevante, aunque beneficia a Kevin. Al dosificar la historia a través de flashbacks, comprendemos que, en el presente, la sociedad culpa a Eva de algo que hizo Kevin.

El espectador no tardará en preguntarse por qué la culpan, si realmente ella, como madre, tiene alguna responsabilidad sobre los actos de su hijo o si, de alguna forma, trató de encubrirlo.

La duda se mantiene hasta el final y, en mi opinión, eso es lo que nos mantiene pegados a la pantalla. Más allá de qué hizo Kevin -puesto que es algo que podemos imaginar con facilidad y tal vez ahí cojea la película- la intriga reside en la culpabilidad o no de su madre.

Una intriga predecible, un misterio para el que el espectador espera una respuesta: ¿hubo un antes y un después? ¿Kevin siempre fue malo? ¿Es la falta de cariño o el prozac? No lo sabemos y, de ahí que Ramsay decida fraccionar su historia con el fin de mantener la incertidumbre.

Lo interesante es que, más allá de Kevin, el punto de vista se centra de lleno en su madre, en sus acontecimientos presentes y pasados, en cómo ha enfrentado la situación y en el conflicto interno que se desencadena en ella: toda madre ama a su hijo, pero puede rechazarlo al mismo tiempo.

 

La sociedad apuntará a su madre como culpable, algo que despierta en nosotros cierta incomodidad, pues se hace con más frecuencia de la que pensamos y tratamos de buscar un motivo a la maldad cuando, quizás, era innata.

Mujer con gafas sentada

Horror sin demonios

Con frecuencia, la maldad en la infancia se ha justificado en el cine a través de experiencias demoníacas. Resulta inquietante ver a un niño repleto de maldad, pero también incómodo.

Es probable que, por esta razón, muchos cineastas hayan decidido otorgarle un componente sobrenatural; es decir, justificar la maldad en la infancia por medio de la fantasía. Muchas “semillas del diablo” han impregnado nuestro cine, pero Tenemos que hablar de Kevin evita, completamente, el elemento fantástico.

La maldad del pequeño Kevin está a la altura de los niños diabólicos del género de terror; sin embargo, no hay en él nada que parezca indicar que ha sido engendrado por el mismísmo diablo. ¿Es su familia culpable? ¿Buscamos a los culpables fuera o dentro del individuo?

De la sociopatía inicial al horror más tarde, Kevin se muestra como un ser apático, manipulador y despiadado que nos recuerda a episodios muy lejos de los demonios, pero muy cercanos a la realidad como la masacre de Columbine. M

 

asacre en la que se buscaron culpables en los médicos que administraron antidepresivos y en una sociedad que tolera las armas cuando, seguramente, las claves se encontraban en los diarios de los artífices y a caballo entre varios factores.

Arriesgada y desgarradora, Tenemos que hablar de Kevin es una película necesaria que plantea un problema que parece seguir siendo tabú. El horror más allá de los demonios y la maternidad más allá de lo idílico se dan la mano en un filme que sigue conservando su esencia, que no envejece y que nos lleva por una senda amarga y llena de interrogantes.