Todo cambia, nada permanece igual

Este artículo ha sido verificado y aprobado por Gema Sánchez Cuevas el 31 agosto, 2018
Francisco Javier Molas López · 31 agosto, 2018

Son las siete y media de la mañana y suena el despertador. Nos levantamos para asearnos, desayunar, vestirnos e ir a trabajar. El coche no arranca. Cogemos el autobús y llegamos a la oficina. Un compañero ha pillado un resfriado y no puede venir. Nos sentamos en nuestra silla y encendemos el ordenador. Llega la hora de comer y comemos. Salimos a las 18:00 de trabajar y vamos al gimnasio. Nos ponemos un poco más fuertes, nos duchamos y llegamos a casa. Preparamos la cena, vemos la tele y nos acostamos. Fin del día. ¿Os habéis fijado que todo cambia? 

Un día muy normal en la vida de cualquiera. Una rutina de lunes a viernes. Así que no es de extrañar que escuchemos frases como: “necesito un cambio en mi vida”. Sin embargo, el cambio está ahí, sólo que no lo vemos. Y no hablo de un cambio de vida, sino del cambio permanente de todo aquello que nos rodea. Porque en este concepto, aunque nos cueste creerlo en un primer momento, se esconde gran parte del sufrimiento humano.

Y todo cambia

Para que en nuestro día a día todo se lleve a cabo es necesario el cambio. Las horas del día cambian, cambiamos de estar dormidos a estar despiertos, de llevar pijama a llevar ropa de calle, de estar en la oficina a estar en el gimnasio, etc. Aunque estos cambios parezcan de perogrullo, no somos conscientes del potencial que tiene ser conscientes de ellos. Y no solo conscientes, sino llegar a interiorizarlos.

Nadie se sorprende del hecho de que para encender una luz tengamos que apretar un interruptor. Tampoco nos sorprendemos demasiado cuando nos empiezan a salir canas, aunque este cambio algunos lo llevan peor. ¿Pero qué tendrá que ver la luz con las canas? Todo está en constante movimiento, todo cambia. El primer cambio es a nivel eléctrico y el segundo a nivel humano, pero son cambios al fin y al cabo.

Mujer mirando un reloj pensando qué hacer antes de que sea tarde

Cuando tenemos un trabajo y nos comunican que vamos a ser despedidos, por lo general, solemos interpretarlo como algo negativo. Cuando muere un familiar nos ponemos tristes. Si nuestra pareja ya no es la misma que cuando la conocimos, sentimos que estamos con otra persona. Todos estos cambios representan un choque, en mayor o menor medida, en nuestras vidas.

Resistencia al cambio

La raíz del sufrimiento reside en la resistencia al cambio. Nos negamos rotundamente a aceptar que ciertos aspectos de nuestras vida puedan cambiar. Queremos pensar que nuestros padres van a estar ahí siempre, que nuestros amigos nunca nos fallarán, que nuestra pareja será la misma que al inicio de la relación, etc. Cuando algo nos gusta, nos aferramos y no estamos dispuestos a dejarlo escapar.

“Cambia lo superficial, cambia también lo profundo, cambia el modo de pensar, cambia todo en este mundo…”.

-Todo cambia, Mercedes Sosa-

Así pues, el aspecto fundamental sobre el que radica gran parte de nuestro sufrimiento, no es el cambio en sí, sino nuestra oposición a él. Quizá sería ideal poder gozar de todo lo que tenemos durante el tiempo que queramos, pero la vida a veces nos ofrece otra clase de planes que hemos de ir aceptando e integrando.

Aceptar el cambio

¿Qué podemos hacer cuando el cambio irrumpe en nuestras vidas? Aceptarlo. A priori, puede parecer cruel. Por ejemplo, aceptar que nuestros seres queridos van a morir, a muchos les puede suponer un conflicto emocional, ya que pueden interpretarlo como una invitación a quererles menos porque un día se irán. Pero ni mucho menos es algo así. Hay que disfrutar de aquello que nos haga felices mientras lo tengamos, pero sabiendo que un día podemos no tenerlo. El aferramiento sólo lleva al sufrimiento.

“La vida es simple cuando aceptas que es complicada. La vida es complicada cuando crees que debería ser simple”.

-James Low-

Hemos de comenzar a pensar que la vida es sinónimo de cambio. Nada permanece, todo cambia. Algunas cosas duran más, otras menos. Así, querer evitar a toda costa que algo cambie nos llevará al sufrimiento, porque tarde o temprano, cambiará. Por lo tanto, mantener una actitud abierta al cambio nos llevará a ser más libres y felices. La actitud no es “dejaré de amar a mi ser querido porque un día morirá”, sino “sé que un día mi ser querido no estará, pero mientras esté disfrutaré de él”.

Barquito de papel en el agua

Aquello que escapa a nuestro control 

A pesar de parecer que tenemos controlados muchos aspectos, algo puede fallar. Planeamos un evento al más mínimo detalle pero el gran día algo sale mal. Ensayamos delante del espejo la exposición de un trabajo de facultad y cuando estamos delante del profesor y nuestros compañeros nos atascamos en lo más simple. Todo, absolutamente todo, está sujeto al error, y esto es, en última instancia, al cambio. Teníamos la expectativa de un resultado concreto en nuestras mentes, sin embargo, sale diferente.

Un error también supone un cambio porque implica que aquello que hacemos no sale como queremos. Debemos ser conscientes de que en nuestro día a día experimentaremos acontecimientos diferentes a los que teníamos pensado y esto ocurre porque el cambio es un hecho inherente en la vida, en la naturaleza. Así que es importante que recordemos que todo cambia.