Un reto constante, las enfermedades crónicas

Este artículo ha sido verificado y aprobado por Gema Sánchez Cuevas el 10 octubre, 2017
Yamila Papa · 4 agosto, 2014

En este artículo o con este artículo va el apoyo de todas las personas que fomamamos el equipo de La Mente es Maravilosa a quienes día a día se tienen que enfrentar con una enfermedad. Una enfermedad que tienen que integrar en su vida porque conocen que siempre va a formar parte de ella. Para vosotr@s todo nuestro reconocimiento por vuestra lucha, todo nuestro ánimo y la ilusión compartida que implicca que una enfermedad no hace a un enfermo. Nunca!

Todo individuo cuando se enferma no sólo siente el dolor por el trastorno en particular, sino que también se ve afectado en sus actividades y hábitos diarios. Sobre todo, cuando el diagnóstico no es demasiado alentador o se trata de una dolencia crónica. Se desencadenan entonces, reacciones emocionales, que el médico siempre ha de tener en cuenta, más allá de lo físico. Así es, porque lo psicológico y mental juega un rol muy importante.

Si bien es cierto que la personalidad del paciente puede influir a lo largo de toda su enfermedad, es probable que si la persona es dependiente a otro, utilizará su condición para pedir ayuda. Por el contrario, aquellos más independientes o autónomas negarán la enfermedad hasta poner en riesgo su vida.

Existen también trastornos en la personalidad que interfieren en la actividad clínica. La estancia o tratamiento promedio se puede extender o no según lo que “ocurre en la cabeza” del paciente. También pueden aparecer otros problemas o síntomas. Los inseguros tienen miedo a perder el control de su vida (o morir) y los que que padecen un trastorno “límite” pueden tender a dividir al equipo médico en buenos y malos, haciendo más difícil el tratamiento cuando le “tocan” los médicos o enfermeros que no son de su agrado.

Los adultos jóvenes (hasta 35 años aproximadamente) suelen reaccionar ante una enfermedad con incredulidad o resentimiento, no aceptan “que les haya tocado a ellos” o consideran que estar enfermo es cosa de ancianos. También son los que buscan más opiniones o diagnósticos médicos con la esperanza de que el primero se haya equivocado. Los pacientes de tercera edad, en cambio, son los que aceptan mejor sus enfermedades.

El tipo de enfermedad también tiene su relación estrecha en la mente de la persona. Por ejemplo, los trastornos al corazón (arritmias u obstrucción en arterias) producen estrés, ansiedad y miedo a la muerte; las insuficiencias respiratorias producen un cuadro de ansiedad agudo; el cáncer causa miedo a los tratamientos y a la muerte y las enfermedades de transmisión sexual, además de temor, provocan culpa. En el caso de enfermedades crónicas como puede ser la diabetes, la insuficiencia renal o la artritis reumatoides pueden producir varias respuestas, desde rechazo al tratamiento, resignación y negación.

Cuando el paciente presenta una enfermedad del tipo “crónico”, es decir, que requiere una evolución larga, síntomas que se mejoran lentamente y pocos instantes sin signos de la dolencia, requiere de afrontar el tema de una manera diferente que si se tratara de una enfermedad con posibilidad de cura inminente. El término “crónico” de por si ya tiene un efecto negativo en las personas, sus familiares y la sociedad. El éxito de la mejoría es remoto y esto origina tensiones, desánimo, sentimiento de culpa, depresión, etc. El paciente puede experimentar los siguientes estados:

-Necesidad de sentirse seguro: Una enfermedad prolongada causa dependencia a otras personas, además la persona se siente insatisfecha porque los esfuerzos no parecen dar sus frutos y no suele ayudar en sus propios cuidados.

-Angustia por la posibilidad de ser rechazado: Como se dijo anteriormente, una enfermedad crónica no es bien vista por la sociedad en general. El estado de ánimo del paciente será pesimista y siempre se sentirá angustiado y con temor de no ser aceptado por los que lo rodean.

-Miedo a la soledad y al abandono: Cuando una enfermedad se extiende durante mucho tiempo, no sólo se debilita su estado físico, sino también mental. Van mermando las aspiraciones por recuperarse, tiene miedo de que sus familiares o amigos lo dejen abandonado y tenga que permanecer solo e imposibilitado de hacer diferentes actividades.

-Temor a quedar inválido: Según el tipo de enfermedad, la persona podría o no sufrir de invalidez o incapacidad. El desmedro de sus energías, tanto corporales como psíquicas, la necesidad de depender de otro y no querer transformarse en “una carga” para sus seres queridos puede traer como consecuencia abandonar el tratamiento.

-Desconfianza en los médicos: Cuando no se nota una mejoría o pareciera que los tratamientos no surten efecto, es probable que el paciente sienta rechazo hacia el doctor que lo está atendiendo y no a su cuerpo o mente por no mejorar. También ocurre cuando el médico resta importancia a lo que experimenta o cree que éste no tiene interés en su caso.