Ansiolíticos: las pastillas que habitan en las mesitas de noche

Raquel Aldana · 27 septiembre, 2018

Los ansiolíticos son los fármacos o medicamentos que se usan para combatir la ansiedad. También son llamados por algunos sectores “alcohol en una pastilla”, aludiendo quizás a ese potencial adictivo y a esa facilidad que hemos adquirido para su uso y abuso.

Los ansiolíticos hoy en día duermen en demasiadas mesitas de noche y se consumen con demasiada frecuencia. Lo cierto es que vivimos en una sociedad en la que la dependencia de la medicación es inusitada, siendo el recurso comodín (y cómodo) que pretende resolver nuestros problemas.

“La ansiedad no puede evitarse, pero sí reducirse. La cuestión en el manejo de la ansiedad consiste en reducirla a niveles normales y en utilizar luego esa ansiedad normal como estímulo para aumentar la propia percepción, la vigilancia y las ganas de vivir”.

-Rollo May-

Hombre con ansiedad

Mecanismos de acción principal de los ansiolíticos (benzodiazepinas)

En la actualidad, sabemos cómo y dónde actúan los ansiolíticos (benzodiazepinas) en mayor medida que el resto de fármacos destinados a combatir problemas psiquiátricos o psicológicos. Favorecen la acción del neurotransmisor inhibidor GABA sobre su receptor. El neurotransmisor GABA, presente en más del 30 % de las sinapsis neuronales, cumple la función de dificultar los impulsos eléctricos de las neuronas. Entonces, lo que realmente hace GABA es disminuir la excitabilidad o la actividad neuronal.

Los receptores sobre los que actúan las benzodiazepinas no solo están implicados en los procesos de ansiedad, sino que también lo hacen en procesos como la memoria o la coordinación motora. Por ello, la acción no es específica y, por lo tanto, el consumo de estos fármacos ansiolíticos aún hoy tiene multitud de efectos secundarios.

¿Los ansiolíticos deben ser la primera o la única alternativa?

La ansiedad es la mente yendo más rápido que la vida, pero lo cierto es que, como respuesta emocional no es en sí misma buena o mala. Se torna patológica cuando nos limita intensamente durante un tiempo determinado, mermando nuestras experiencias y nuestro crecimiento.

A este respecto, Dubin (2009) hizo el siguiente razonamiento: “¿Son las crisis de ansiedad algo de lo que debemos avergonzarnos? No. Yo veo las crisis como algo análogo a la reacción física de tener que vomitar. Vomitar no es ni bueno ni malo. Es algo que sucede y que normalmente sirve al propósito de librar tu estómago de contaminantes nocivos. Pero nunca querrías vomitar en público, ¿no? La primera cosa que harías si comenzaras a sentir nauseas es dirigirte al baño más cercano para evitar la vergüenza. No es algo que querrías hacer delante de otros. Las crisis son algo similar”.

Las pastillas, usadas de manera constante, cumplen la función de analgésico para la vida, adormeciendo los sentidos y los pensamientos. Sirven para intentar deshacernos del dolor sin dirigirnos a la causa más profunda. Así, desconectamos la alarma de incendios aunque, en realidad, el fuego todavía no se ha apagado.

Evidentemente esto no resulta saludable, pues el uso y abuso de estos medicamentos no nos libra de su efecto. Ocurre que, en algunos casos, la intensidad del malestar derivado de la ansiedad debe ser “atajado” a nivel farmacológico para ser atenuado. Sin embargo, una idea sobresale por encima de todas: la medicación no es el único tratamiento al que se debe recurrir.

Cuando sufrimos ansiedad necesitamos rehabilitar nuestra mente, reaprender y ser acompañados. Por eso es esencial que psiquiatría y psicología se den la mano y trabajen unidas, a fin de evitar la dependencia a la medicación (que ciertamente es alta y potente) y poder resolver del todo el problema.

González Pardo, H. & Pérez Álvarez, M. (2007). La invención de los trastornos mentales. Alianza Editorial, S.A. Madrid.