Aprender a discrepar con eficacia (y elegancia): 4 claves para lograrlo

Valeria Sabater · 18 enero, 2018

Aprender a discrepar es un arte de gran utilidad. Con él evitaremos caer en la mera discusión, manejar con eficacia a nuestro interlocutor para evitar conflictos y definir nuestra posición con elegancia sin derivar en el agravio o el mero insulto. Estamos sin duda ante una gran herramienta basada en el desacuerdo inteligente que todos deberíamos saber aplicar en el día a día.

Admitámoslo, si hay algo que gran parte de nosotros no sabemos hacer es disentir. Es más, a día de hoy aún hay muchos que confunden términos y piensan que esta palabra, en realidad, es sinónimo de discusión. Es un error y por tanto debemos matizar una idea clave: discrepar es no estar de acuerdo con una idea o con una opinión y ello no tiene por qué suponer una amenaza o un agravio para nadie.

“Es mejor debatir una cuestión sin resolverla, que resolver una cuestión sin debatirla”.

-Joseph Joubert-

Asimismo, otro elemento a considerar es que disentir en algún aspecto define nuestra individualidad, nuestra capacidad para tener opinión propia y no solo defenderla ante quien tengo delante, sino argumentarla de forma inteligente para enriquecer el proceso comunicativo y la propia relación.

Ahora bien, en nuestro día a día, el no estar de acuerdo con algo supone de pronto crear una polarización donde dos creen tener la verdad absoluta. Al poco, aparecen los comentarios carentes de argumentaciones válidas y casi sin saber cómo se inicia una disputa donde nadie gana y todos pierden. Lo vemos a menudo en las redes sociales y lo vemos también en cualquier escenario político.

Es recomendable por tanto aprender a discrepar con elegancia y efectividad para evitar estas situaciones sin sentido. Veamos 4 estrategias para lograrlo.

Compañaros de trabajo en el arte de aprender a discrepar

1. Aprender a discrepar, el arte de tener una mente en calma

Las personas que saben disentir con gran habilidad conocen en primer lugar un secreto muy simple: para discrepar de forma efectiva hay que tener una mente en calma, hay que escuchar con profundidad al interlocutor y entender que nada de lo que se diga debe tomarse de forma personal.

En el momento que uno asume que aquello que se está diciendo supone una amenaza, se inicia la discusión y todo está perdido. Es decir, si quien tengo en frente me dice que el color más bonito del mundo es el verde, no tengo por qué inferir que me está despreciando por el hecho de que a mí me guste el color amarillo.

Por tanto, una buena idea sería movernos con una mente abierta y relajada, donde no llevar los argumentos del otro al plano emocional, entendiendo que disentir no es amenazar ni es minusvalorar la opinión del otro.

2. Discrepar es un ejercicio muy beneficioso

En nuestro día a día, si hay algo que nos encontramos muy a menudo es a personas acostumbradas a ver el mundo desde su propio punto de vista, y solo desde su punto de vista. Razonar con ellas puede ser tarea imposible, lo sabemos, de ahí que en ocasiones, bien por cansancio o bien por no perder el tiempo, nos digamos a nosotros mismos que es mejor callar y asentir que decir con naturalidad un “no estoy de acuerdo con eso”.

No nos equivoquemos, aprender a discrepar nos permitirá varias cosas. La primera es a reafirmar nuestra identidad, autoestima y opiniones. La segunda a ser mucho más sociables, a enriquecer nuestras relaciones y a ser siempre coherentes con lo que sentimos, decimos y hacemos.

De hecho, en el mundo de las organizaciones y el trabajo suele decirse que si en una reunión hay 10 personas y todas están de acuerdo, probablemente en ese grupo sobren 9. Es decir, el “jefe” no tiene por qué tener siempre la razón. Discrepar genera ideas, genera riqueza de ideas, genera capital humano…

personas tirando de un hilo enrollado simbolizando el arte de aprender a discrepar

3. Cuida el tono además de las palabras

A menudo, cuando estamos hablando con alguien y optamos por discrepar o disentir en algún dato, concepto o idea, nuestro tono de voz cambia y levantamos la voz. Justo en ese momento, dejarán de importar nuestras argumentaciones porque esa tonalidad amenazante dará pie a la discusión y derivará en un momento de tensión.

Para evitarlo, lo mejor es trabajar nuestra regulación emocional. Hay que entender, una vez más, que estar en desacuerdo con algo no debe asumirse con una ofensa. Cuidemos esa emocionalidad y atendamos al tono de nuestra voz.

“No porque hayas hecho enmudecer a una persona la has convencido”.

-Joseph Morley-

4. La hipótesis de Paul Graham

Paul Graham es un informático y ensayista británico que ha adquirido bastante fama tras un trabajo publicado en el 2008 titulado “How to disagree“. En él nos explicaba que para aprender a discrepar debemos entender que hay ciertos niveles más provechosos y niveles donde ese diálogo puede derivar en el escenario menos útil, en el del insulto y el agravio.

Por tanto, para ser efectivos y discutir con elegancia, debemos quedarnos en esa cumbre, en esa excelencia argumentativa que podemos ir aprendiendo con el tiempo.

pirámide de Graham sobre aprender a discrepar

Tal y como vemos en este gráfico, las áreas en las que deberíamos centrarnos para ser solventes en el manejo de las discrepancias son las 4 primeras. A partir de la quinta, y con la tonalidad amarilla, se deriva en el ataque, la crítica y la ofensa.

Por tanto, sería ideal que en cada una de nuestras conversaciones, a la hora de disentir con nuestros interlocutores, lográsemos lo siguiente:

  • Dar argumentos constructivos y útiles sobre el punto central donde surge la discrepancia.
  • Hacerle ver a la otra persona con argumentos y razones contrastadas por qué no está en lo cierto o por qué aquello que defiende no nos parece válido. Hay que saber contraargumentar con agilidad y solvencia.
  • Hazle ver a la otra persona que aquello que opina o defiende no tiene una evidencia concreta y fiable (muy útil cuando, por ejemplo, alguien nos dice aquello de “pues esto es verdad porque todo el mundo piensa que es así“).

Para concluir, añadir solo un detalle: todos tenemos claro que aprender a discrepar no siempre es fácil. Muchas veces llevamos este tema al terreno emocional, y ahí perdemos el control. Entendamos por tanto que la discrepancia no es una ataque, y que en realidad es una gran oportunidad para hallar acuerdos, para aprender de los demás y alcanzar grandes logros.