Comprensión y creencia: el experimento de Gilbert

Edith Sánchez·
09 Diciembre, 2019
Este artículo ha sido verificado y aprobado por la psicóloga Gema Sánchez Cuevas al
06 Diciembre, 2019
El experimento de Gilbert apoya una conclusión inquietante: cuando nos dan una información, tendemos a creer que es cierta. Esto nos hace vulnerables porque podemos ser engañados con facilidad.
 

El experimento de Gilbert se llevó a cabo para tratar de resolver un debate que estaba vigente desde hacía nada menos ni nada más que cuatro siglos. Dicho debate había comenzado en el siglo XVI y sus protagonistas eran dos grandes filósofos: René Descartes y Baruch Spinoza. El motivo de la controversia era la manera como se forman las creencias en el ser humano.

René Descartes, máximo representante del racionalismo, sostenía que el entendimiento y la creencia eran dos procesos separados. Según él, las personas primero adquirían la información, luego la analizaban y después decidían si podían creer en ella o no. En otras palabras, las creencias para Descartes eran producto del análisis de la información que se recibe.

Baruch Spinoza, por su parte, señalaba algo diferente. Para este filósofo, el entendimiento y la creencia eran dos procesos que se daban simultáneamente. Señalaba que, al adquirir una información y comprenderla, automáticamente formábamos creencias. En pocas palabras, creemos lo que nos dicen o nos escriben, sin someterlo a un análisis detallado.

 

Inteligencia es lo que usas cuando no sabes qué hacer”.

-Jean Piaget-

Hombre pensando en una conversación

El experimento de Gilbert

El debate entre los dos filósofos nunca se dilucidó por completo. Para comprobar la validez de cada una de estas tesis se ideó el experimento de Gilbert. Su creador fue el psicólogo Daniel Gilbert y sus colegas, en 1993.

La pregunta central de su investigación era si la comprensión y la creencia eran dos procesos separados o se daban de forma simultánea.

Para definir cuál de las tesis era cierta, se tomó un grupo de 71 voluntarios. A cada uno de ellos se le entregó un texto en el cual se detallaba un robo. Con base en lo que leyeran, los voluntarios debían decidir cuál era la sentencia que debía recibir el ladrón.

El texto que se aportó tenía unas líneas en verde y otras en rojo. Se les informó a los participantes que las líneas en verde correspondían a afirmaciones que eran verdaderas. Las líneas en rojo, en cambio, eran falsas. Debían tener en cuenta esto para comprender las circunstancias del robo y emitir la sentencia más justa.

 

El desarrollo del experimento

Las afirmaciones que estaban en rojo, y que eran falsas, contenían información sobre los detalles del delito. Algunas de esas aseveraciones hacían parecer el robo más violento. Se decía, por ejemplo, que el ladrón iba armado o que había tenido conductas agresivas.

Otros textos contenían frases con afirmaciones que pretendían, de uno u otro modo, “suavizar” el delito. Se decía, por ejemplo, que el ladrón tenía familia e hijos y que había robado por necesidad. También se hablaba de su actitud “amable” y en ningún momento violenta.

Durante el desarrollo del experimento de Gilbert, a la mitad de los participantes se les interrumpió con distracciones. A la otra mitad se le permitió completar el ejercicio sin ningún distractor.

Se esperaba que quienes fueran distraídos actuaran de forma más natural, precisamente porque se les restaba control sobre la situación y se les inducía a comportarse como lo harían habitualmente.

Cerebro con mecanismos
 

Los resultados

Al final del experimento de Gilbert, hubo una diferencia importante entre las sentencias del subgrupo al que se le había distraído, frente al que había trabajado con total control sobre la actividad. En general, el grupo de voluntarios que había sido objeto de distracciones omitió tener en cuenta que el texto contenía afirmaciones falsas y verdaderas.

Los que habían recibido textos en donde se habían incluido informaciones falsas que hacían ver al ladrón mucho más cruel, le otorgaron hasta el doble de la pena que los demás. Quienes tenían afirmaciones falsas que favorecían al delincuente, le otorgaron hasta menos de la mitad de la pena.

Por su parte, quienes no habían sido distraídos durante el experimento de Gilbert, omitieron las afirmaciones falsas y dieron una pena acorde con el delito cometido. Ellos habían tenido suficiente tiempo como para hacer esa discriminación informativa y por eso fueron más ecuánimes. Lo inquietante de este experimento es que si nos remitimos a la vida cotidiana, lo falso y lo verdadero no aparece en rojo o verde.

 

El experimento de Gilbert comprobó que el filósofo Baruch Spinoza tenía razón. La comprensión y las creencias se forman simultáneamente. Esto quiere decir, básicamente, que tendemos a creer en todo lo que nos dicen.

Hasta cierto punto esto es positivo, porque de lo contrario nos pasaríamos la vida entera comprobando afirmaciones. Pero también es preocupante, en tanto fácilmente llegamos a creer, a pie juntillas, detalles que no son ciertos.

 
Gendler, T. Experimentos mentales filosóficos, intuiciones y equilibrio cognitivo. Trabajando en el laboratorio de la mente, 149.