Decir “lo siento”, una palabra esencial en toda dinámica familiar

Este artículo ha sido verificado y aprobado por Gema Sánchez Cuevas el 29 enero, 2018
Valeria Sabater · 29 enero, 2018

Los niños aprenden a disculparse viendo a sus padres decir “lo siento”. Sin embargo, no todas las familias son capaces de pedir disculpas a sus propios hijos cuando una situación lo requiere, cuando las circunstancias así lo demandan. Se nos olvida a menudo que son estos tipos de cimientos los que erigen los mejores vínculos, los más felices y respetuosos.

Un aspecto descuidado en muchas dinámicas familiares son los estilos de comunicación. A menudo no somos conscientes de la gran cantidad de códigos, mandatos invisibles e improntas psicológicas que proyectamos en los nuestros con lo que hacemos, decimos, o más aún, con lo que “no decimos”.

“Si cometes errores demuestra que puedes tener la humildad de decir “lo siento”, me equivoque, y el valor de decir lo remediaré”.

¿El modo en que interaccionamos erige las raíces de la armonía o por el contrario provoca que germinen las semillas de la infelicidad en nuestro núcleo relacional más próximo? Esta pregunta, merece sin duda, una reflexión. Sea una u otra la dinámica que predomine, está claro que todos cometemos errores y “necesitamos” pedir disculpas. Así, identificar los momentos en los que un “lo siento” es necesario también es inteligencia emocional.

Esta dinámica, esta práctica saludable y edificante es a su vez vital en la crianza y en la educación de nuestros hijos. Es un modo muy acertado de transmitir a los pequeños un sistema de valores donde tener una visión más cercana del ser humano, donde concebirnos como falibles pero dignos a su vez de saber pedir perdón para mejorar nuestros actos, para cuidar de nuestros lazos…

Niña pensando en decir lo siento

Decir “lo siento” una práctica de convivencia básica

Todos cometemos errores, de hecho y a día de hoy no hay nadie que haya llegado a este mundo con ese material que lo haga inmune a los equívocos, desaciertos o malentendidos. Así, y en materia crianza y educación nadie es ajeno tampoco a los fallos, a las prácticas inadecuadas, a los enfoques poco acertados, a los descuidos, etc. Ahora bien, la clave de todo ello no está en el hecho de cometer más o menos errores con nuestros hijos, sino en el modo en que gestionemos después esas situaciones.

Identificar el error y reconocer la responsabilidad diciendo “lo siento” a un niño también es educar. Sin embargo, nuestra “cultura” de adultos no siempre aprueba o es favorable a este tipo de gestos, como si los propios padres tuvieran miedo de romper el mito de la infalibilidad frente a sus hijos. Porque, si nosotros mismos nos pasamos todo el tiempo procurando que los pequeños aprendan a disculparse, ¿cómo hacerlo nosotros mismos? Con ello (creen algunos) se corre el riesgo de perder la autoridad, de desacreditarse…

Esto es lo que piensan muchos padres y muchas madres. Lo hace el padre que alimenta a sus hijos con increíbles promesas que más tarde no cumple; lo comete la madre que acaba gritándole a su hijo por cualquier tontería, al no ser capaz en un momento dado de gestionar esa ansiedad que trae del trabajo y que no logra dejar en la puerta.

Cucharas con rostros pintados representando una familia

Decir “lo siento” es una práctica de convivencia básica, es el camino correcto cuando surge un problema del que como adultos somos responsables. Asimismo, pocos actos encierran una expresión tan válida de empatía y un reconocimiento de las normas de convivencia; unas normas que todos, grandes y pequeños, estamos obligados a cumplir por el bien común.

Aprendiendo a ser familia

Muchos de nosotros nos pasamos el día diciendo “lo siento” por los actos más triviales. Lo hacemos cuando tropezamos con alguien, cuando nos olvidamos de ceder el asiento a otras personas en el bus, cuando se nos pasa traerle ese libro a nuestro compañero de case o de trabajo… Si importante es practicar este arte en los actos más pequeños, es esencial a su vez llevarlo a cabo con las personas que nos son más cercanas, con las que más amamos.

Así, no por verlas todos los días o por ser quienes son (parejas, hijos, padres, hermanos, etc.) vamos a dar por sentado que siempre seremos perdonados. Porque el amor, el afecto y el cariño, se cuidan y se trabajan. Aprender a decir “lo siento” es hacer familia, es crear un escenario donde criar niños más felices partiendo de unos valores adecuados. Veamos a continuación sus principales beneficios.

Familia feliz en casa

Pedir perdón a nuestros hijos, un paso con grandes beneficios

  • Decir “lo siento” a nuestros hijos nos ayuda a estar más centrados en nuestro día a día. En nuestra vorágine cotidiana el acto de tomar conciencia de nuestra falibilidad con ellos nos permite estar más arraigados al presente, a las necesidades más inmediatas del pequeño.
  • Es recomendable también que entendamos algo: pedirle perdón a un niño no es un acto de debilidad. Todo lo contrario, es un ejercicio de madurez y responsabilidad.
  • A su vez, reconociendo el error cometido con nuestros pequeños evitamos que las situaciones se compliquen mucho más, y que ellos dejen poco a poco de confiar en nosotros.
  • En estas relaciones, donde los adultos son capaces de decir “lo siento” y pedir perdón a los niños, se dan valiosos actos de aprendizaje por ambas partes. Las personas mayores no somos infalibles y cometer errores está escrito en nuestro ADN, un ejercicio por otro lado idóneo para mejorar como seres humanos.

Para concluir, algo que sin duda debe entender toda familia -que desee crecer en armonía y felicidad- es que saber decir lo siento es un tendón psicológico que nos beneficia todos. Pongámoslo en práctica sin miedo, sin reticencias. De esta manaremos una posibilidad de incalculable valor: la de comprendernos mejor.