Decodifiquemos lo siniestro

Edith Sánchez·
30 Marzo, 2020
Este artículo ha sido verificado y aprobado por la psicóloga Gema Sánchez Cuevas al
30 Marzo, 2020
Lo siniestro se configura cuando no logramos descifrar, o decodificar, una amenaza, porque esta nos resulta invasiva e incomprensible. Es importante trabajar el sentimiento de impotencia que eso produce y adoptar una posición más activa y más precisa frente al miedo.
 

El concepto de lo siniestro fue trabajado por Sigmund Freud y tiene mucho que ver con lo que la pandemia de coronavirus ha desatado en el mundo. Son muchas las personas que durante esta etapa han experimentado una angustia infantil que parecía olvidada. Ese sentirse vulnerable, e incluso inerme, ante una fuerza superior.

Ese es el sentimiento básico que aparece ante la presencia de lo siniestro: angustia infantil. Angustia, porque se trata de un miedo que explota en diferentes direcciones. No es ese miedo originado frente a una amenaza identificada y acotada, sino ante una impredecible y con muchas sombras.

Nuestras posibilidades de acción de pronto se han vuelto muy limitadas, como cuando éramos niños. La pandemia ha hecho que nos sintamos profundamente dependientes de quienes nos dirigen, de los que toman decisiones, incluso del azar. Somos como niños descalzos librados a su suerte, en un bosque oscuro.

Lo Siniestro constituye condición y límite de lo Bello: debe estar presente bajo forma de ausencia, debe ser velado. No puede ser desvelado”.

-Eugenio Trías-

Hombre con angustia mientras habla por teléfono

Los ejes de lo siniestro

 

Antes de Freud, lo siniestro se veía como algo novedoso y amenazante, que despertaba horror precisamente porque era desconocido. El padre del psicoanálisis le dio un giro a esta perspectiva. Abordó el asunto haciendo uso de dos conceptos: lo familiar y lo extraño.

Lo familiar es aquello que nos resulta conocido y frente a lo cual experimentamos un sentimiento de seguridad, precisamente porque forma parte de lo habitual. Personas, situaciones, espacios, ideas, sentimientos, etc., hacen parte de ese entorno que podemos llamar “familiar” o acostumbrado.

Lo extraño, en cambio, es lo que está fuera de las dimensiones en las que nos movemos. Corresponde no tanto a lo que no conocemos, como a lo que no reconocemos. Sabemos poco o nada al respecto. No forma parte de nuestra cotidianidad ni comprendemos su lógica ni tenemos idea de cómo verlo o abordarlo.

La dinámica entre lo familiar y lo extraño

Para Freud, lo siniestro se configura cuando lo familiar se torna extraño o lo extraño se vuelve familiar. No es tanto la novedad lo que causa horror, sino la transformación de algo que considerábamos conocido en otra cosa extraña y viceversa. Ese paso de uno a otro sería lo que da lugar a la angustia.

Todas las películas de horror se basan en esa premisa. Drácula aterra porque es igual a cualquier otro ser humano, pero al mismo tiempo es completamente diferente. Lo siniestro tiene lugar cuando ocurre esa terrible transformación en la que un conde elegante termina convirtiéndose en un monstruo abominable.

 

Si Drácula fuera vampiro todo el tiempo, también le temeríamos, pero de una manera diferente: no sería un ser siniestro. Podríamos apartarnos de él, recluirlo o sacarlo de nuestro campo visual. Pero, como es y no es, terminamos siendo víctimas de la ambigüedad de su ser y entramos en el terreno de lo siniestro.

También ocurre al revés, cuando lo extraño se vuelve familiar. Lo ilustran algunas películas de terror, en donde el protagonista de pronto descubre que está en medio de seres extraños, aunque antes los veía como iguales. En El bebé de Rosemary, por ejemplo, se produce esa metamorfosis que lleva a lo siniestro.

Chica sentada en la pared

La pandemia y lo siniestro

La pandemia de coronavirus tiene todos los elementos para ubicarse en el registro de lo siniestro. De repente, todo lo que nos rodea se vio inundado por la sospecha.

El mundo en el que antes nos movíamos cotidianamente ahora oculta peligros que pueden estar casi en cualquier parte. Las personas a las que antes abrazábamos ahora son un riesgo. El virus puede estar en todos los sitios y en ninguno; de una forma u otra, no lo vemos.

A eso se suma que nadie que sea fiable para nosotros es capaz de acotar el riesgo de este virus dentro de unos márgenes que nos podamos permitir. Lo que sí sabemos todos ya es que sus efectos pueden ser totalmente devastadores y que nuestra mejor opción es escondernos de él. Lo que nos era familiar, ahora se volvió extraño. Y el virus, ese extraño, ahora parece estar en todas partes y copa la información que recibimos.

 

¿Cómo resistir a lo siniestro? Lo primero es conocer objetivamente la amenaza. Quedarnos con los datos que aporta la ciencia, principalmente en lo que tiene que ver con las formas de contagio. Si precisamos esto, el número de focos de contagio disminuye. El quid de la cuestión está en el contacto cercano, con las personas y los objetos. Cuidemos los momentos en los que estos se produzcan.

Vale también recordar que, aunque nos sintamos como niños, en realidad somos adultos. Por lo mismo, tenemos un margen de autonomía y de acción. Y por limitado que sea, tenemos que hacer uso de este, decidiendo cómo gestionamos nuestras emociones y nuestra nueva rutina. Fortaleciendo el corazón y confiando en que, como individuos y como especie, también contamos con herramientas para protegernos.

 
Freud, S. (1973). CIX. Lo Siniestro. Obras completas, 3.