¿Qué nos pasa cuándo nadie nos ve? - La Mente es Maravillosa

¿Qué nos pasa cuándo nadie nos ve?

Daniel Porras Cordero 18 enero, 2014 en Psicología 20 compartidos


Es curioso comprobar como el anonimato ampara el ejercicio de comportamientos de dudoso civismo y moralidad entre las personas. Sabemos que las relaciones sociales se suelen regir por determinadas normas de comportamiento, determinadas leyes, costumbres o usos sociales que impiden por ejemplo que yo no salude a un vecino con el que me acabo de cruzar en el portal o que le empuje al entrar por la puerta del portal para pasar yo primero. Lo primero sería una falta de educación y una muestra de aversión personal que contraviene los usos sociales, lo segundo sería simplemente inaceptable desde el punto de vista de estas normas sociales.

Sometidos a este tipo de normas reguladoras del comportamiento, las personas en circunstancias normales solemos ofrecer una apariencia de seres racionales, civilizados y correctos, pero, sin embargo ¿Qué ocurre cuando nos ampara el anonimato? Es el caso de cuando estamos conduciendo nuestro vehículo. La protección que nos da la carrocería y el hecho de poder escapar rápidamente del escenario de la discordia con un simple gesto del pie derecho nos mantiene en un anonimato que permite la liberación de nuestros impulsos. Es entonces, al verse liberado de las restricciones sociales cuando el individuo se puede quitar la máscara de ser racional y civilizado para mostrar un rostro distinto, en este caso, de ser irracional y colérico.

En el caso concreto de la conducción entra en juego otro factor psicológico independiente del anonimato que es el estrés, pues las situaciones complejas o de tráfico denso, son la causa de un estrés que contribuye de manera determinante a este tipo de respuestas agresivas. Estrés más anonimato, un binomio que es capaz de sacar lo peor de nosotros mismos cuando estamos al volante. De esta forma cuando se está en un atasco es una práctica habitual insultar a otros conductores, bloquearles el paso o usar el claxon o incluso las luces como forma no verbal de comunicación agresiva. Es muy ilustrativa en este sentido la expresión “dar una ráfaga de luces”, como si viviéramos en el escenario de un futuro postapocalíptico y el vehículo dispusiera de una futurista metralleta con la que poder castigar al resto de conductores a golpe de balacera.

En ocasiones cuando nos subimos a nuestro vehículo y cogemos el volante abandonamos los exquisitos modales del Dr. Jekyll para convertirnos en el grotesco y maleducado Mr. Hyde. Una metáfora literaria que guarda una estrecha relación con el fondo del asunto, pues más allá de las simplificaciones que haya podido sufrir en la gran pantalla el mito del Dr. Jekyll y Mr. Hyde, esta historia escrita por Robert_Louis_Stevenson y publicada en 1886 esconde, al igual que otras obras de autores coetáneos a Stevenson, como El retrato de Dorian Gray de Oscar Wilde, un trasfondo filosófico y moral al describir la lucha entre la razón y el instinto, esa lucha que se libra en nuestro fuero interno, allí donde se dilucidan las contradicciones del ser y donde el individuo toma las decisiones.

Otra situación en la que nos vemos amparados por el anonimato es en la Internet. Oculta la identidad del sujeto tras un nick, no existen elementos represivos que nos impidan decir todo aquello que en otras circunstancias no nos atreveríamos a decir. Incluso hay quien decide matar su aburrimiento participando en foros y creando discordia con comentarios ociosos y/o provocadores. Es el comportamiento del conocido troll de internet. El troll puede aprovechar el anonimato para dar rienda suelta a su resentimiento contra ciertos colectivos sociales, por ejemplo puede participar en foros de una ideología contraria a la suya en donde amparado por el anonimato hará todo tipo de comentarios ofensivos hacía los participantes del foro. En otras ocasiones puede intentar sacar provecho propio de una forma mezquina y casi siempre poco eficaz, Un ejemplo de esto puede ser el opositor que participar en foros de opositores y proporciona información falsa para desmoralizar al resto y así tener menos competencia en la consecución de su objetivo de aprobar las oposiciones. El consejo en estos casos es no alimentar al trol, no responder a sus comentarios es la mejor forma de que vea sus expectativas frustradas y deje de trolear.

Por último hay otra forma de anonimato que aunque no se de con tanta frecuencia en la vida cotidiana es importante tener en cuenta por las graves implicaciones que puede llegar a suponer. Hablamos del anonimato que representa la pertenencia a un grupo o muchedumbre. En un caso así el individuo se deja llevar por la muchedumbre, incentivado por el sentimiento de pertenencia al grupo pero amparado también por el anonimato que supone que su identidad pase desapercibida, diluída entre la masa.

Hay un malestar en la cultura, decía Freud, un malestar que la escuela del psicoanálisis cifra en el precio que supone sacrificar la vida instintiva y la espontaneidad en aras de la convivencia y el progreso. Sin embargo este malestar del que habla el padre de la psiquiatría moderna es un mal menor que debemos asumir para no convertirnos en seres grotescos e incívicos, como el alter ego del Dr. Jekyll. Así que ya saben, intenten no llevar a cabo conductas que no llevarían a cabo si no se vieran amparados por el anonimato. En Internet no falten al respeto de manera ociosa con insultos o comentarios ofensivos. Tampoco alimenten al troll, recuerden que el troll se alimenta de su indignación. Cuando conduzcan sus vehículos traten de interiorizar el contenido normativo de las reglas sociales, entre ellas el reglamento de circulación, en lugar de exteriorizar sus instintos más innobles. Si encuentran en una situación de tráfico estresante respiren hondo y traten de calmarse, utilicen el claxon solo para evitar accidentes y en ningún caso lo utilicen de forma inmotivada o exagerada, va contra las reglas… Por último no den “ráfagas de luces”, recuerden que no viven en el escenario de la película Mad Max, es preferible que sean realistas y empleen destellos cortos de la luz de carretera.

Daniel Porras Cordero

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