El erotismo en la mujer - La Mente es Maravillosa

El erotismo en la mujer

Edith Sánchez 2 abril, 2016 en Emociones 1508 compartidos
Mujer mostrando erotismo

Las mujeres no tenemos modelos culturales fuertes que nos permitan formarnos una idea clara sobre la mejor manera de vivir nuestra sexualidad. A pesar del colosal movimiento de liberación femenina que comenzó en el siglo pasado, identificar y vivir en plena libertad la sexualidad y el erotismo sigue siendo una asignatura pendiente para la mujer.

Seguramente, al decir “plena libertad”, por la mente de muchos pasan imágenes fugaces de desenfreno. De un tipo de mujer que “se levanta la bata” y saca a relucir “la ninfómana que lleva dentro”. Este tipo de representaciones muestran precisamente que el referente mental imperativo en nuestras sociedades es el masculino. Se habla de una mujer “liberada sexualmente” solo si ejerce su sexualidad como lo haría un hombre.

Ahí es donde está uno de los grandes equívocos en este tema. En primer lugar, porque una buena parte de los hombres no tiene libertad sexual, sino que más bien viven “esclavizados” a los mandatos de su pene.

Y, segundo lugar, porque la anatomía, y por lo tanto el mundo interior de una mujer, es muy diferente a la de un hombre. Eso sin contar que tanto unos como otras vivimos en el marco de una cultura que imprime deseos y necesidades que también aluden a la forma de sentir placer.

El erotismo femenino y las investigaciones

Mujer y hombre en la cama con erotismo

Hace menos de un siglo todavía predominaba la idea de que no había nada que saber acerca del placer sexual en la mujer. De hecho, no había razón para pensar que la mujer debiera sentir placer durante el sexo. Si lo sentía, quién sabe, puede que tuviera algo mal en su cabeza o en su corazón. Y por mucho que lo nieguen ahora, sigue habiendo personas que en el fondo piensan así.

Con los famosos estudios precursores de Masters y Johnson se llegó a una conclusión que asombró al mundo: las mujeres también experimentaban orgasmos, y era normal. De hecho, se comprobó que sexualmente podían tener mayor vitalidad que la mayoría de los hombres.

Y sus orgasmos podían ser múltiples. A diferencia del género masculino, no había límite en la cantidad de relaciones sexuales que podían tener en cortos lapsos.

La vagina se convirtió entonces en el nuevo foco de atención de los científicos. El clítoris se reveló como el nuevo gran protagonista de lo que ocurría bajo las sábanas.

Cada año salía un nuevo estudio que agregaba revelaciones: el punto G, las zonas erógenas, las fases en el acto sexual femenino. Y mucho más. Pero pocos fueron los estudios que le dieron importancia a la sexualidad femenina más allá de la vagina.

Se popularizó la idea de que un hombre con educación sexual era aquel que se mostraba capaz de entender que la mujer también sentía placer sexual y que tenía la posibilidad de oprimir la tecla correcta para producir orgasmos en serie.
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Más allá de la anatomía

A partir de ese momento, las mujeres, cómo no, también comenzaron a exigir su derecho al orgasmo. De esa visión, exclusivamente fisiológica de la sexualidad femenina, surgió una nueva forma de edificar las relaciones de pareja. Los hombres debían comprender y aceptar que en la cama no solamente contaban sus deseos y necesidades, sino que era necesario administrarlas en consonancia con lo que le daba placer a la mujer.

Mujer con labios rojos mostrando erotismo

Se entremezcló entonces un discurso orientado a los derechos con un conjunto de evidencias en torno al erotismo y el placer sexual de la mujer. Por una o por otra vía, también apareció una “nueva forma” de ser mujer sexualmente. Cada una admitió como legítimo que sí, que le gustaba experimentar orgasmos. De ahí a adoptar el modelo masculino como propio solo hubo un paso.

Fue entonces cuando muchas mujeres se vieron exigidas a actuar como hombres y las cargas se invirtieron. Si antes el ideal de mujer se edificaba sobre la madre y esposa recatada, ahora gozar en la cama se convirtió en imperativo. La mujer que no lo lograra entraba en el orden de una patología: era frígida o tenía inhibiciones que debían tratarse en el consultorio de un profesional.

Si el hombre cumple buscando el “punto G” y haciendo todos los preliminares del caso, no hay razón para que ella no le responda haciéndole sentir que es un macho competente. Muchas de ellas no saben aún que, a diferencia de los hombres, su sexualidad no depende tanto de los genitales como de los signos del amor.

Muchos de ellos ignoran que el erotismo en la mujer tiene diferencias radicales con su masculina forma de tener sexo. Aunque todo parezca haber sido revelado, queda mucho por discutir aún.

Edith Sánchez

Escritora y periodista colombiana. Ganadora de varios premios de crónica y de gestión cultural. Algunas de sus publicaciones son "Inventario de asombros", "Humor Cautivo" y "Un duro, aproximaciones a la vida".

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