El riesgo de que la pornografía sustituya a la educación sexual

Edith Sánchez·
26 Mayo, 2020
Este artículo ha sido verificado y aprobado por la psicóloga Gema Sánchez Cuevas al
26 Mayo, 2020
La educación sexual integral es un medio para que cada persona logre expresar y disfrutar de su sexualidad en diversas dimensiones, que van más allá de la experiencia puramente genital e individual. Con educación adecuada, la práctica sexual se potencia.

Es cierto que estamos en pleno siglo XXI y que, aparentemente, han caído la mayoría de los tabúes frente al sexo. En teoría, deberíamos vivir en sociedades sin represión y, por lo mismo, con una sexualidad saludable. Sin embargo, no es así. Son muchas las noticias de violaciones, pederastia y toda suerte de abusos. Quizás eso se debe a que no ha echado raíces una verdadera educación sexual.

Quien abusa, fuerza o sobrepasa los límites en estos aspecto, no es más que un analfabeto sexual. No importa si es hombre, mujer o de cualquier género: sostener la idea de que en el sexo se puede pasar por encima de la libertad del otro es un acto de profunda ignorancia, una confesión de que se carece de educación sexual.

Cuando se habla de educación sexual viene a la mente la figura de un niño entrando en la pubertad. Además, se suele creer que la misma consiste en dictar una clase de biología, para que el pequeño entienda que el espermatozoide fecunda al óvulo y que si no se quiere que eso suceda, hay que emplear métodos anticonceptivos. Sin embargo, el tema cobija a todas las edades y va mucho más allá de la anatomía.

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-Lara Castro-

Pareja besándose en la cama

La educación sexual y la clandestinidad

Pese a los avances en este terreno, hay aspectos de la sexualidad que se mantienen bajo el manto de la represión. En un extremo están los que se mantienen bajo consignas como “no hablar”, “no mirar” y “no tocar”, porque en cada caso hay algo trasgresor que molesta. En el otro extremo están los que quieren hablar, mirar y tocar por encima de lo que sea, incluso de la voluntad ajena.

Para muchas personas no está claro el límite entre una conducta aceptable y una que no lo es en el terreno de la sexualidad. Para algunos, ciertos comportamientos son “pecaminosos” o “pervertidos”; para otros, los límites solo son prueba de mojigatería o represión. Esto no pasaría de ser anecdótico, si no fuera porque se termina causando daños intra e interpersonales.

Lo sexual frecuentemente aparece marcado por un halo de clandestinidad. Hay quienes piensan que lo esencial no es comprender lo que sienten o hacen, sino evitar que se rompa el secreto en torno a ello. Esto, finalmente, solo facilita el abuso o las conductas autodestructivas o destructivas. Precisamente, parte de una buena educación sexual estriba en ser capaz de verbalizar el tema.

La pornografía

En el mundo actual, a la ignorancia sobre la sexualidad se ha sumado una fuente de tergiversación: la pornografía. Básicamente está al alcance de todos, de una u otra manera. No es raro que se acuda a ella por curiosidad, como un medio para resolver interrogantes que no se absuelven en la familia, la escuela o con la pareja.

No siempre se tiene el criterio suficiente para comprender la brecha que separa la realidad y la ficción en esos contenidos. Por obvias razones, se trata de ficciones cuya función es la de vender una versión hiperbólica de la sexualidad, en la que se trasgreden los límites usuales, venciendo así el tabú, al menos en apariencia.

La pornografía trabaja con estereotipos de ambos géneros y frecuentemente involucra prácticas sexuales violentas o no consentidas. Para alguien reprimido o hipersexualizado, esos contenidos se convierten muchas veces en la patente de corso para desplegar una sexualidad abusiva o, por lo menos, egoísta. Lo que falta allí es educación sexual; es decir, orientación integral frente al tema.

Niña viendo pornografía ordenador

La orientación integral en la educación sexual

Cuando se habla de orientación integral a lo que se hace referencia es a la construcción de un saber que no solamente esté adscrito al cuerpo y a sus sensaciones, sino también a los aspectos psicológicos, culturales y sociales involucrados en la sexualidad.

El sexo implica una relación con el otro y por eso se crea una elaboración mental de lo que significa ese “ser otro”.

Los límites en la sexualidad están dados precisamente por esa otredad. Si se le mira en términos muy básicos, supone el respeto por la integridad de la persona con la que se comparte la experiencia. Si se le ve desde un punto de vista más amplio, implica reconocer la existencia del erotismo, una dimensión exclusivamente humana, que implica formas de acercamiento y de placer que trascienden la genitalidad.

Así como se puede aprovechar mejor un alimento cuando se sabe preparar adecuadamente y acompañar con aquello que destaca sus propiedades, también la sexualidad se enriquece mucho cuando está acompañada por un saber que la potencializa. Una sexualidad sana implica espontaneidad, creatividad y enriquecimiento mutuo.

Sierra, Á. (2000). La afectividad. Eslabón perdido en la educación. Universidad de La Sabana.