El trabajador social en instituciones penitenciarias

28 agosto, 2019
Este artículo fue redactado y avalado por la trabajadora social Elena García
¿Sabes cómo se trabaja desde el campo de lo social en los centros penitenciarios? Hoy, queremos mostrarte algunas funciones.

Según el Consejo General del Poder Judicial (2018), en España hay una población reclusa cercana a los 60000 internos. Teniendo en cuenta el art. 25.2 de la Constitución Española del 1978, las penas privativas de libertad y las medidas de seguridad estarán orientadas hacia la reeducación y reinserción social. Por ende, el trabajador social en instituciones penitenciarias es una figura clave para conseguir los objetivos recogidos en la Constitución Española.

Citando a Gallizo (2002), «la sociedad española tenía claro hace más de tres décadas que las prisiones no podían ser sola ni fundamentalmente espacios de exclusión. Por eso, nuestro sistema penitenciario se sitúa en la orientación a la reinserción y el respeto a los derechos de las personas privadas de libertad.

Sin negar el efecto intimidatorio de la privación de libertad, su mayor eficacia se consigue cuando, además de confinar al agresor, este recibe una formación que le proporcione las capacidades apropiadas para que en el futuro pueda subsistir sin recurrir al delito”.

Así, también Gallizo, en una entrevista en el periódico El País en 2005 comenta: «ha llegado el momento en que la sociedad moderna supere la idea de que las prisiones son el destino inevitable al que están abocadas todas las personas que incumplen las normas penales. No es razonable”.

Aunque estemos viviendo una época complicada en cuanto al funcionamiento del sistema judicial, es necesario recordar que, mientras no haya cambios, debemos ceñirnos al Código Penal vigente. Así, como no olvidar que se debe cumplir la Declaración de Derechos Humanos, aunque existe una pena privativa de libertad.

«Abrid escuelas y se cerraran cárceles».

-Concepción Arenal-

Prisión

Objetivos de la pena privativa de libertad y principios rectores

Con diferencia a lo pensado antiguamente, la pena privativa de libertad tiene como objetivo principal preparar al interno para una vida en libertad, al igual que educar desde el respeto a las normas sociales y al mandato de las leyes a través de medios educativos y laborales.

Para la consecución de los objetivos deben tenerse en cuenta unos principios (Sistema penitenciario Español, 2011):

  • Individualización.
  • Progresión de grado.
  • Tratamiento penitenciario.
  • Cumplimiento de la condena allí donde el preso tenga arraigo social.
  • Comunicación con el exterior y permisos de salida.

El papel del trabajador social en instituciones penitenciarias

Esta disciplina es algo nueva en el ámbito penitenciario. El profesional del trabajo social, en definitiva, hace de nexo de unión entre el interno y el mundo exterior. Sobre todo, lucha por evitar el desarraigo de la persona privada de libertad, ejerciendo de «intermediario» entre este y el entorno social cercano y la familia.

El trabajador social forma parte de la junta de tratamiento. Este equipo, además, está formado por otros profesionales:

  • El subdirector de Tratamiento o Subdirector Jefe de Equipo de Tratamiento en los Centros de Inserción Social independientes.
  • El subdirector médico o jefe de los servicios médicos.
  • El Subdirector del centro de inserción social.
  • Un Educador o coordinador del centro de inserción social, que haya intervenido en las propuestas.
  • Un Jefe de Servicios.

De entre las funciones del trabajador social en instituciones penitenciarias cabe destacar las siguientes:

  • Realización de evaluaciones para permisos de salida laboral, de estudios, especiales y depósitos domiciliarios.
  • Elaboración de informes para gestionar la libertad condicional, para el otorgamiento de incentivos mediante la tabla progresiva de permisos de salida y para la clasificación en períodos del Sistema Progresivo Técnico. Así como para todas las actividades intramuros.
  • Además, todas estas funciones pueden incluir la realización de visitas a empresas, centros educativos, a las víctimas o familiares de las víctimas, o a la residencia de los privados de libertad, dependiendo del tipo de trámite que se realiza.
  • También debemos brindar seguimiento y supervisión.

Mujer haciendo informe

Educación social en los contextos de encierro

Es innegable el descontento del conjunto de la sociedad sobre los resultados que tienen los castigos interpuestos por la justicia. Es cierto que algo debe estar fallando y el fracaso, en algunos casos, es evidente. Aún así, siempre son noticia los casos en los que el sistema falla.

Debemos poner de relieve la importancia de la disciplina de la Educación social en las instituciones penitenciarias. Aunque estos centros puedan parecer ambientes desfavorables para la educación, este sistema debe ofrecer nuevas oportunidades a aquellos reclusos, sobre todo con actitud proactiva, que quieran alternativas para enfrentar el futuro de una manera positiva.

Como dice Gil, citado Conde y Gradaille (2013), es una tarea compleja y desafiante en la que convergen diferentes posturas. De algún modo, se mira a la educación esperando respuestas, a pesar de que la «tendencia a ‘terapeutizar’, ‘medicalizar’ o ‘psiquiatrizar’ la acción delictiva.

Esto excluye la intervención educativamente especializada porque se deja de considerar la voluntad de cambio de vida del sujeto y la relevancia de la relación educativa que ha de impulsar ese cambio»

Las acciones educativas y lúdicas llevadas a cabo deben ir dirigidas a concienciar a los internos acerca del desarrollo de su vida fuera de ese entorno. Así como orientadas a potenciar el sentimiento de pertenencia a la sociedad, realizando actividades que busquen el bien común.

Estas tareas pueden suponer un cambio en la visión sobre la propia realidad de los usuarias de las mismas.

Pero, ¿qué se puede trabajar desde la Educación Social?

Como dicen Martín y Sánchez-Valverde (2016), podemos trabajar:

  • Las habilidades sociales.
  • Prevención de la drogodependencia.
  • Programas de alfabetización.
  • Educación para la salud.
  • Formación laboral y puesta en marcha que faciliten la inserción sociolaboral.
  • Educación para la ciudadanía.

En definitiva, aunque potenciar el trabajo en centros penitenciarios es un desafío serio, dotar a las personas de valores, habilidades y fortalezas que le permitan enfrentarse a la vida en libertad -en sociedad y de una manera integrada- es esencial para el éxito del sistema. No podemos olvidar que ese éxito es beneficio también para el resto de la población.

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