Interpretar los silencios, un arte que casi nadie conoce

Este artículo ha sido verificado y aprobado por la psicóloga Gema Sánchez Cuevas el 13 enero, 2019
Edith Sánchez · 13 enero, 2019
Para interpretar los silencios adecuadamente, es importante sintonizarnos más con la lógica del otro, que con nuestros temores y fantasías. El silencio siempre dice algo, pero en situaciones conflictivas es más saludable acudir a la palabra.

Interpretar silencios no es nada fácil; no siempre tienen un significado y, cuando lo tienen, encontrarlo requiere de seguridad en uno mismo y conocimiento del otro. Por eso, en realidad, es un verdadero arte que pone a prueba nuestras inseguridades, complejos y deseos explícitos o implícitos.

Partamos de que no todo puede ser dicho. Hay sentimientos o experiencias que escapan a las palabras. No encuentran un camino de expresión y, por eso, se convierten en una especie de silencio “lleno” de contenido. No es a ese tipo de silencios al que nos vamos a referir, pues corresponden simplemente a la imposibilidad de comunicarlo todo.

El tipo de silencio del que vamos a hablar es el deliberado. Aquel en el que una persona demanda una respuesta de otra y no la obtiene. Interpretar los silencios de alguien que no quiere hablar se convierte entonces en otra cosa. Callar es una forma de decir, sin decir. El problema es: ¿decir qué? Veamos esto con mayor detalle.

El silencio es el ruido más fuerte, quizás el más fuerte de los ruidos”.

-Miles Davis-

Interpretar los silencios de alguien que no quiere hablar

Para conocer el arte de interpretar los silencios, lo primero que queremos remarcar es que estos dan lugar a una situación asimétrica. En un extremo de la comunicación está alguien que demanda una expresión, una respuesta o un decir. En el otro polo está quien calla y tiene la potestad de responder o no a esa expectativa. Esto, por supuesto, le otorga un poder sobre el otro.

Ahora bien, la intención del silencio a veces es positiva y a veces no lo es. Es positiva cuando callar es una forma de tomarse un momento para reflexionar o cuando pretende evitar una situación embarazosa, por ejemplo. No lo es si la intención es pasar por alto las necesidades del otro o deleitarse con la cuota de poder que esto genera, o, quizás ocultar algo.

Para quien espera la comunicación nunca es fácil interpretar los silencios. En esos casos es muy fácil que salgan a flote los temores, las inseguridades y los deseos insatisfechos. El que teme ser rechazado, por ejemplo, podría interpretar el silencio como señal de rechazo. O el que desea fervientemente ser amado, quizás piense que ese silencio encierra una extraña manera de corresponder a sus afectos. Es fácil engañarnos cuando el otro calla.

Mujer triste pensando en hacer terapia metacognitiva

El silencio como expresión de desconcierto

Con frecuencia, lo que un silencio expresa es confusión. Se demanda una respuesta o un decir que el otro no tiene. No sabe cómo contestar y por eso evita que sus palabras lo comprometan en algo que quizás no sea exactamente lo que quiere decir.

En ese caso, lo que prima es la inseguridad y la duda en el otro. No es raro que esto corresponda a una forma de no “dar la cara”; de no responder por los actos. En quien calla hay dualidades que le impiden construir un mensaje coherente que pueda comunicar.

Callar en señal de rechazo

También están esos silencios que tienen un componente de rechazo. Lo que el silencio expresa en estos casos es que una de las partes no quiere sostener comunicación con la otra. No responde, porque no hay interés en mantener una cadena comunicativa con quien demanda la respuesta o la expresión.

Sucede con frecuencia cuando alguien quiere establecer o mantener una relación amorosa con otro, pero este último no desea lo mismo. Callar es una forma de cortar con esa línea de comunicación que conduce a un encuentro amoroso. También ocurre en todos aquellos casos en los que hay una demanda que el otro no puede satisfacer.

Pareja discutiendo

Decir y no decir

Interpretar los silencios se convierte en un arma de doble filo cuando dejamos que esos silencios se pueblen de fantasmas. Para hacerlo correctamente, necesitamos empatía. Mirar al otro desde su propio contexto, ponernos en su lugar y aproximarnos a lo que quiere expresar cuando calla. Nunca tendremos una respuesta exacta, pero sí es posible comprender la idea general.

Cada quien tiene derecho a hablar o a callar si así lo desea. Es importante comprender esto. También es importante saber que hablar es siempre saludable, particularmente en las situaciones que entrañan una semilla de conflicto.

Frente a situaciones problemáticas, resulta mucho más válido buscar y encontrar las palabras que mejor expresen lo que sentimos y pensamos. Asumir posiciones, tan claras como sea posible, y comunicarlas. Lo más saludable es que, si no tenemos una respuesta para el otro, igualmente se lo hagamos saber.

  • Noelle-Neumann, E. (1995). La espiral del silencio. Barcelona: Paidós.