La gestión de las emociones

La gestión de las emociones

Javier Javier 13, Diciembre 2012 en Emociones 442 compartidos

Nadie nunca nos habló de la gestión de las emociones. Por tanto, para nosotros, para la enciclopedia o el encerado de nuestra educación nunca existió tal asunto. Pero casi tampoco para los del libro electrónico, la pizarra digital y las webquest. “Emoción” era, y es aún para no pocos, un sinónimo de debilidad. Y eso, en un mundo agresivo y depredador que ha de abrirse paso a empujones y mordiscos, es como una lepra descarnadora y lacerante que nadie quiere padecer y que si otro sufre, y uno avista, lleva a apartarse de él por terror al contagio.

Es más, en una sociedad tan diferenciada por sexos como es la nuestra, que durante mucho tiempo ha asumido y se ha adormecido mecida y arrullada por tal aberración, ser débil es un atributo netamente femíneo y humillante, al menos para el macho universo. Pero no nos engañemos: las mujeres han usufructuado el precinto de la debilidad para demandar una excesiva sobreprotección, que las atrincheraba en cierta inoperancia.

Mientras, los varones se han lucrado de tal nombramiento para “hacer de su capa un sayo” y mandar y avasallar sin tasa ni concierto. Y hasta se ha normalizado y dicho en voz alta y sin pudor alguno ese insulto que consiste en llamar genéricamente a la mujer el “sexo débil”. Olvidando, por supina ignorancia o amnesia cobarde o cicatera, desde aquella Judit que le rebanó el pescuezo al invasor Holofernes, hasta la castellana María la Brava que expuso espetadas en picas las testuces de los asesinos de sus hijos a quienes persiguió, incluso, fuera de las fronteras.

La gestión de las emociones en hombres y mujeres

Hombre con corazón y cerebro en la gestión de las emociones

Veréis que es absurdo tratar de demostrar que hay tantas mujeres “fuertes” en la historia como pudieran ser la lista de los machos de hierro. Todo este concertado complot se guarecía y se sintetizaba en las lágrimas. Uno, si quería ser un “hombre”, podía sentir aunque sin que se le notara, pero de ningún modo llorar por tremendo que fuera el trance atravesado. Una, si deseaba ser considerada cual mujer “como Dios manda” (con el amaño de Dios hemos encubierto auténticas barbaridades), no debía estar muchas jornadas sin recurrir al mohín. No debía descuidar los melindres, solicitar soterrada o tácitamente cobijo y protección y, por supuesto, echar alguna que otra lágrima avaladora de su desprotección.

De ese modo todo quedaba encajado y en su sitio. No olvidemos que para que entre dos partes algo se mantenga inamovible en el tiempo, uno y otro lado han de mantener el equilibrio de sus cooperadoras fuerzas. Pero resulta que el tiempo avanza inexorablemente. Los comportamientos, empujados por una realidad en la que siempre tienen mucho que ver los factores económicos, entran en convulsión. Como resultado de ello, los roles se conmueven, se perturban los pactos ancestrales, vibran algunas cosas. Y eso desajusta a las piezas que tienen a sus lados.

Así, todo tiene que resituarse, pues el desajuste en la maquinaria general, por pequeño que sea, impide que la tramoya social funcione y decore la escena como es conveniente. Y ahí estamos todos. La “emoción” es la respuesta orgánica compleja que se genera para la gestión de un objetivo, una necesidad o una motivación. Respuesta en la que se combinan aspectos fisiológicos, sociales y psicológicos íntimamente unidos. Pero esto es solo una definición más o menos precisa y académica. Y como toda definición un ente frío si no se humaniza.

Emociones y evolución

Gestionar emociones, hombre pensando

Desde que en 1880, William James esbozó la primera teoría moderna sobre las emociones, hasta que en 1980 Robert Plutchik las identificó y clasificó, hay todo un impasse, del que lentamente nos hemos ido desperezando. Momento es ya de que nos situemos en ello abiertamente y tratemos de sacarle algún partido a este fundamental asunto, entre otras cosas porque mucha falta nos hace aprender algo sobre la gestión de las emociones. Y además porque, sencilla y llanamente, podemos asegurar que estamos hechos de emociones.

En Oriente la cosa no ha sido nunca así, otros parámetros han regido sus vidas y otros usos y costumbres han permitido a los seres humanos de esa parte del mundo, una gestión de las emociones diferente. Esto podría sintetizarse en que a aquellos, por h o por b, se les ha permitido gestionar su mundo expresivo, mientras que por estos lares y parajes nuestros un corset riguroso, cual camisa de fuerza, nos ha mantenido en la más ruda asfixia emotiva.

Convivir con las emociones

La alegría la tristeza, el deseo, la venganza, la envidia, la culpa, el miedo y la ansiedad, el estrés y la ira, son emociones con las que convivimos. Más aún, son parte de nuestro tronco y meollo personal. Su presencia o su hipotética ausencia nos definen como seres humanos y como sujetos sociales.

Hombre entre nubes

Además, las emociones son sustancia esencial de la relación cardinal con nosotros mismos; de nuestra armonía o desasosiego; de nuestra salud o nuestra enfermedad. Los humanos vivimos, por lo general, inmiscuidos en el consorcio socio-ambiental, salvo aquellos que se aíslan con rotunda firmeza.

Solo así podemos apartarnos de los otros, aunque jamás podemos desgajarnos de nosotros mismos. Y solo desde un estado patológico severo podemos dejar de percibir nuestras emociones. Porque la emoción, en sus distintas manifestaciones, es la esencia misma de ese latido constante al que denominamos vida. Por eso nuestra vida, la subjetiva, la inalienable y privativa; la que al final nos importa, cursa en ese reducto último resuelto en intimismo y soledad. Es ahí donde nos guarecemos, donde nos reencontramos; donde en verdad somos quienes somos y, por lo tanto, donde se generan los aromas de nuestra desgracia o nuestra felicidad.

Esa fragancia que después, como cualquier otro olor particular, nos acompaña a donde vamos, hace nuestra presentación aun desde lejos y aroma nuestro día a día y el de quienes nos viven y comparten. No soy yo quien piense que se ha de ser feliz inquebrantablemente. Quizás porque estoy convencido de que tal estado es imposible de ser sostenido a perpetuidad. Y porque además, los estados y las sensaciones lo son en la medida en que pueden contrastarse con sus opuestos o sus ausencias.

La gestión de las emociones en positivo

Aquello de que “uno no llega a saber nunca lo que ha tenido hasta que lo pierde” me parece una cruel verdad, pero a la vez algo de implacable exactitud reveladora. De otro lado está (al menos para quienes no creemos en reencarnaciones de ninguno de los tipos que se expenden en el mercado del “porsiempre”) esa realidad que nos confirma que solo se vive una vez, por lo que deberíamos exigirnos a nosotros mismos hacerlo de la manera más satisfactoria posible. Postulado que, además, también debería contar para aquellos que, por el contrario, creen que tendrán más ocasiones de alentar, sea en el modo o variedad de existencia que sea. La alegría y plenitud de hoy no debieran entrar en competitividad ni en exclusión con las del esperanzado mañana o las del paraíso prometido.

Y si esto es así, y si hemos llegado a esa conclusión, hemos de tomarnos muy en serio comenzar a gestionar las emociones de forma positiva, un ejercicio que requiere muy poco equipamiento especial. Solamente conocer e identificar de qué estamos hablando y después, como cualquier otro “deporte”, práctica sistemática. Vamos: lo que se llama constancia y “no” al desaliento ni a la pretensión de obtener resultado instantáneo.

Caretas con emociones

La gestión de las emociones a largo plazo

Por otro lado, esta palestra no ocupa un área física, se traslada con uno, se acomoda a su tiempo; hasta permite que el ejercicio se transforme en juego personal y hasta en desafío cómplice. ¡Ah! pero no nos engañemos, lo que sí exige es respeto, rigor, constancia. Esto es como cualquier entrenamiento olímpico. Luego la medalla, el podium, las flores y la bandera izándose a los sones del himno son de los que premian y encumbran nuestro regocijo y nuestra patria íntima.

Hay que dedicar esfuerzos a la gestión de las emociones, dar batalla a la euforia desmedida, a la arrasadora melancolía, al deseo humillador y esclavizante, a la parálisis social que nos trae de su mano la timidez descontrolada y la vergüenza; plantarle cara a la envidia destructora del otro, a la culpa que nos obliga a perder el sentido de la realidad y nos asfixia; al miedo que se convierte en desbocado, irracional y obnubilante; al estrés que nos desborda; a la ira que, perdiendo su esencia de gestora primordial de la justicia, se transmuta en agresividad, violencia y cólera. Todo esto es algo que debería interesarnos de forma primordial. Entre otras cosas porque en ello nos va o, mejor dicho, se nos va la vida.

Y ese interés del que hablamos en la gestión de las emociones lo es sobre todo porque además, su abandono es un diabólico generador del sufrimiento. Nuestra cabeza dejada a su albedrío es nuestro peor y más letal enemigo; nuestro más sádico e insensible destructor. El por qué esto es así, tal vez sea uno de esos muchísimos misterios cuya entrama desconocemos. Pero lo seguro -por experiencia propia y por cercanas referencias- es que es así.

Javier Javier

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