La gestión de las emociones

La gestión de las emociones

Javier Javier 13, Diciembre 2012 en Psicología 11 compartidos

Nadie nunca nos habló de ello. Por tanto, para nosotros; para la enciclopedia o el encerado de nuestra educación nunca existió tal asunto. Pero casi tampoco para los del libro electrónico, la pizarra digital y las webquest. “Emoción” era, y es aún para no pocos, un sinónimo de debilidad. Y eso, en un mundo agresivo y depredador que ha de abrirse paso a empujón y mordiscos, es como una lepra descarnadora y lacerante que nadie quiere padecer y que si otro sufre, y uno avista, hay que apartarse de él por terror al contagio.

Es más, en una sociedad tan diferenciada por sexos como lo es la nuestra, que durante mucho tiempo ha asumido y se ha adormecido, mecida y arrullada por tal aberración, ser débil es un atributo netamente femíneo y humillante, al menos para el macho universo. Pero no nos engañemos: las mujeres han usufructuado el precinto de la debilidad para demandar una excesiva sobreprotección, que las atrincheraba en cierta inoperancia.

Mientras, los varones, se han lucrado de tal nombramiento para “hacer de su capa un sayo” y mandar y avasallar sin tasa ni concierto. La burrada es tan grande, que hasta se ha normalizado y dicho en voz alta y sin pudor alguno ese insulto que consiste en llamar genéricamente a la mujer el “sexo débil”. Olvidando, por supina ignorancia o amnesia cobarde o cicatera, desde aquella Judit que le rebanó el pescuezo al invasor Holofernes, hasta la castellana María la Brava que expuso espetadas en picas las testuces de los asesinos de sus hijos a quienes persiguió, incluso, fuera de las fronteras. Pero veréis que es absurdo -si no se está haciendo sólo por mofa y puro regodeo-, tratar de demostrar que hay tantas mujeres “fuertes” en la historia como pudieran ser la lista de los machos de hierro. Todo este concertado complot se guarecía y se sintetizaba en las lágrimas.

Uno, si quería ser un “hombre”, podía sentir -tal vez porque eso es irremediable- aunque sin que se le notara, pero de ningún modo llorar por tremendo que fuera el trance atravesado. Una, si deseaba ser considerada cual mujer “como Dios manda” (Con el amaño de Dios hemos encubierto y santificado auténticas barbaridades), no debía estar muchas jornadas sin recurrir al mohín. No debía descuidar los melindres, solicitar soterrada o tácitamente cobijo y protección a su regente y, por supuesto, echar alguna que otra lágrima, que fuera avaladora de su desprotección.

De ese modo todo quedaba encajado y en su sitio. No olvidemos que para que entre dos partes algo se mantenga inamovible en el tiempo, uno y otro lado han de mantener el cabal equilibrio de sus cooperadoras fuerzas. Pero resulta que el tiempo avanza inexorablemente. Los comportamientos, empujados por una realidad en la que siempre tienen mucho que ver los factores económicos, amén de otros, claro está, entran en convulsión. Como resultado de ello, los roles se conmueven; se perturban los pactos ancestrales; vibran algunas cosas, y eso desajusta a las piezas que tienen a sus lados.

De ese modo todo tiene que resituarse, pues que el desajuste en la maquinaria general, por pequeño que sea, impide que la tramoya social funcione y decore la escena como es conveniente. Y ahí estamos todos. La “emoción” es la respuesta orgánica compleja que se genera para la gestión de un objetivo, una necesidad o una motivación. Respuesta en la que se combinan aspectos fisiológicos, sociales y psicológicos íntimamente unidos. Pero esto es sólo una definición más o menos precisa y académica. Y como toda definición un ente frío si no se humaniza.

Desde que en 1880, William James esbozó la primera teoría moderna sobre las emociones, hasta que en 1980 Robert Plutchik las identificó y clasificó, hay todo un impasse, del que lentamente nos hemos ido desperezando. Momento es ya de que nos situemos en ello abiertamente y tratemos de sacarle algún partido a este fundamental asunto, entre otras cosas porque mucha falta nos hace. Y además porque, sencilla y llanamente, podemos asegurar que estamos hechos de emociones. En Oriente la cosa no ha sido nunca así; otros parámetros han regido sus vidas y otros usos y costumbres han permitido, a los seres humanos de esa parte del mundo, una gestión diferente de su pálpito emocional. Esto podría sintetizarse en que a aquellos, por h o por b, se les ha permitido gestionar su mundo expresivo, mientras que, por estos lares y parajes nuestros, un corset riguroso, cual camisa de fuerza, nos ha mantenido en la más ruda asfixia emotiva.

La alegría y su antípoda tristeza, el deseo, la venganza, la envidia, la culpa, el miedo y la ansiedad, el estrés y la ira, son emociones con las que convivimos querámoslo o no. Más aún: son parte de nuestro tronco y meollo personal. Su presencia o su hipotética ausencia nos definen como seres humanos y como sujetos sociales. Pero además son sustancia esencial de la relación cardinal con nosotros mismos; de nuestra armonía o desasosiego; de nuestra salud o nuestra enfermedad. Los humanos vivimos, por lo general, inmiscuidos en el consorcio socio-ambiental, salvo aquellos que se aíslan con rotunda firmeza.

Sólo así podemos apartarnos de los otros. Pero aún así, jamás podemos desgajarnos de nosotros mismos. Y sólo desde un estado patológico severo podemos dejar de percibir nuestras emociones, porque la emoción, en sus distintas manifestaciones, es la esencia misma de ese latido constante al que denominamos vida. Por eso, nuestra vida, la subjetiva, la inalienable y privativa; la que al final nos importa, cursa en ese reducto último resuelto en intimismo y soledad. Es ahí donde nos guarecemos, donde nos reencontramos; donde en verdad somos quienes somos y, por lo tanto, donde se generan los aromas de nuestra desgracia o nuestra felicidad.

Esa fragancia que después, como cualquier otro olor particular, nos acompaña a donde vamos, hace nuestra presentación aun desde lejos y aroma nuestro día a día y el de quienes nos viven y comparten. No soy yo quien piense que se ha de ser feliz inquebrantablemente (fijaros: esta palabra es tan larga como lo que quiere designar. ¡Qué plástico se hace a veces el lenguaje!). Quizás porque estoy totalmente convencido de que tal estado es imposible de ser sostenido a perpetuidad. Y porque además, los estados y las sensaciones lo son en la medida en que pueden contrastarse con sus opuestos o sus ausencias.

Aquello de que “uno no llega a saber nunca lo que ha tenido hasta que lo pierde”, me parece una cruel verdad, pero a la vez algo de implacable exactitud reveladora. De otro lado está (al menos para quienes no creemos en reencarnaciones de ninguno de los tipos que se expenden en el mercado del “porsiempre”) esa realidad que nos confirma que sólo se vive una vez. Por lo que parece que deberíamos estar obligados y exigirnos a nosotros mismos hacerlo de la manera más satisfactoria posible. Postulado que, además, también debería contar para aquellos que, por el contrario, creen que tendrán más ocasiones de alentar, sea en el modo o variedad de existencia que sea. La alegría y plenitud de hoy no debieran entrar en competitividad ni en exclusión con las del esperanzado mañana o las del paraíso prometido.

Y si esto es así, y si hemos llegado a esa conclusión, hemos de tomarnos muy en serio comenzar a gestionar de forma positiva nuestras emociones. Este ejercicio requiere muy poco equipamiento especial. Solamente conocer e identificar de qué estamos hablando y, después, como cualquier otro “deporte”, práctica sistemática; horas de gimnasio. Vamos: lo que se llama constancia y “no” al desaliento ni a la pretensión de obtener resultado instantáneo.

Por otro lado, esta palestra no ocupa un área física, se traslada con uno, se acomoda a su tiempo; hasta permite que el ejercicio se transforme en juego personal y hasta en desafío cómplice. ¡Ah! pero no nos engañemos, lo que si exige es respeto, rigor, constancia. Esto es como cualquier entrenamiento olímpico. Luego la medalla, el podium, las flores y la bandera izándose a los sones del himno son de los que premian y encumbran nuestro regocijo y nuestra patria íntima.

Dar batalla a la euforia desmedida, a la arrasadora melancolía, al deseo humillador y esclavizante, a la parálisis social que nos trae de su mano la timidez descontrolada y la vergüenza; plantarle cara a la envidia destructora del otro, a la culpa que nos obliga a perder el sentido de la realidad y nos asfixia; al miedo que se convierte en desbocado, irracional y obnubilante; al estrés que nos desborda; a la ira que, perdiendo su esencia de gestora primordial de la justicia, se transmuta en agresividad, violencia y cólera; todo esto, es algo que debería interesarnos de forma primordial. Entre otras cosas porque en ello nos va o, mejor dicho, se nos va la vida.

Y ese interés del que hablamos lo es sobre todo porque además su abandono es un diabólico generador del sufrimiento. Nuestra cabeza dejada a su albedrío es nuestro peor y más letal enemigo; nuestro más sádico e insensible destructor. El por qué esto es así, tal vez sea uno de esos muchísimos misterios cuya entrama desconocemos. Pero lo seguro -por experiencia propia y por cercanas referencias- es que es así.

Javier Javier

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