La incapacidad para defendernos ante una amenaza

Este artículo ha sido verificado y aprobado por Gema Sánchez Cuevas el 21 julio, 2018
Raquel Lemos Rodríguez · 21 julio, 2018

¿Alguna vez te has quedado paralizado o en estado de shock ante una amenaza? Lo normal, creemos, sería reaccionar cuando percibimos un peligro serio. No obstante, en muchas ocasiones no podemos mover ni un solo músculo, manifestando aparentemente una incapacidad para defendernos. Hoy vamos a ver qué nos ocurre en estas situaciones y por qué nuestros músculos se paralizan cuando lo lógico sería utilizarlos.

Volviendo la mirada al resto del mundo animal, quizás hayamos tenido, por ejemplo, un gato que, al asustarlo o cogerlo cuando él no quería, se quedaba paralizado. Esto suele ocurrir cuando son pequeños y es una técnica de supervivencia.

Se hacen los “muertos”, para que así su agresor deje de centrarse en ellos y los abandone. Pues algo similar nos sucede a los seres humanos en determinadas circunstancias que nos provocan una incapacidad para defendernos.

La función de la amígdala ante las amenazas

La amígdala se encuentra en el cerebro, concretamente en la parte interna del lóbulo temporal. Tiene una función muy importante en nuestro sistema emocional, pero, sobre todo, es la que se encarga de avisarnos cuando nos encontramos en peligro.

No importa si la amenaza es interna (estamos sufriendo un infarto) o externa (alguien se dirige hacia nosotros con una actitud agresiva). En ambas circunstancias la amígdala se activa.

la amígdala cerebral, quien regula la incapacidad de defendernos

Lo que sucede después es que la amígdala envía determinados impulsos nerviosos a diferentes zonas del cerebro para que accione determinadas funciones en nuestro cuerpo. Así, aumentará nuestra frecuencia cardíaca, llegará más oxígeno a nuestros músculos y nos prepararemos para reaccionar y defendernos de la posible amenaza, ya sea huyendo o atacando.

La amígdala se activa debido al miedo y dispara una reacción que envía hormonas al torrente sanguíneo para que este se prepare para la acción. Los sentidos se agudizan, la respiración se agita y la memoria está más despierta.

En toda esta descarga de sensaciones no podía falta la adrenalina. Esta participa de manera activa en esa respuesta para huir o enfrentarnos a la amenaza, provocando que nuestros vasos sanguíneos se contraigan y que nuestras vías aéreas se dilaten. Al mismo tiempo, hay muchas áreas que se van a encontrar inhibidas en este momento. Estas son las encargadas de tomar decisiones.

¿Por qué no podemos tomar decisiones en una situación de peligro? Esta es una consecuencia del estrés que provoca toda esa activación de alarmas en nuestro cuerpo y que causa que nuestro sistema nervioso decida actuar de manera instintiva para salvar la vida. Aquí el raciocinio puede ser un inconveniente, pues la prioridad es reaccionar con rapidez.

¿Por qué aparece la incapacidad para defendernos?

Teniendo en cuenta todo lo anterior, puede resultarnos extraño que surja, a veces, esa incapacidad para defendernos ante una amenaza, ya que nuestro cuerpo pone todo de su parte para hacerle frente. No obstante, tenemos que tener en cuenta la situación que está provocando en nosotros esa necesidad de protegernos.

Si una circunstancia está activando un trauma del pasado o es tan grave que nos lleva a un estado de pánico, se puede producir una desconexión completa en nuestro cerebro. Esto quiere decir que nos vamos a bloquear.

Esta desconexión tiene mucho que ver con lo que conocemos como despersonalización, uno de los síntomas de la ansiedad. De repente, nos sentimos extraños en nuestro propio cuerpo, nuestros sentidos y emociones se adormecen y nos encontramos completamente desorientados, actuando de manera automática, como si fuéramos robots.

Hablamos de una forma de supervivencia que nos ayuda a reducir el dolor y el sufrimiento emocional que la situación nos pueda causar. En esta situación no huimos, no reaccionamos, no hacemos nada.

mujer con manos en el rostro simbolizando la incapacidad de defendernos

La disociación es un mecanismo que nuestro cerebro pone en marcha para protegernos de una situación en la que entiende que no hay salida. Para ello, “desconecta” nuestra mente de la realidad para, así, poner una cierta distancia de seguridad que reduzca el impacto emocional que la circunstancia nos pueda provocar.

Este tipo de reacción ante una amenaza la suelen sufrir muchos niños que son víctimas de abuso o personas que han sido víctimas de agresiones continuadas. De hecho, la disociación que experimenta puede generar a la persona dudas sobre lo ocurrido e, incluso, hacerle pensar que lo ha imaginado.

La incapacidad para defendernos ante una amenaza no debería ser nunca penalizada o cuestionada, ya que, atendiendo a todo lo expuesto, es una reacción completamente normal que nos permite ponernos a salvo de alguna manera. Dependiendo de la situación a la que nos estemos enfrentando, puede que seamos capaces de reaccionar o que, por nuestra historia persona o por su gravedad, nos quedemos paralizados.