Traumas en la niñez y depresión en el adulto

Este artículo fue redactado y avalado por la psicóloga Valeria Sabater
5 junio, 2019

Ninguna etapa es más intensa, maravillosa y vulnerable a la vez, que nuestra infancia. Esas primeras experiencias marcan por siempre no solo gran parte del rumbo de nuestra vida, sino también, la visión que tenemos de ella. El vínculo que establecemos con nuestros cuidadores, con esos padres que nos guían, cuidan y arropan, nos ofrecerán los pilares de nuestro desarrollo para crecer con seguridad y autonomía. Por ello, es tan importante tener una buena infancia, porque si aparecen traumas en esta etapa, podrían marcar nuestra vida adulta.

Pero si algo falla, si el escarpelo de la violencia, de la desgracia o la casualidad aparece en nuestra vida cortando el rumbo de esa infancia, la huella se quedará ahí por siempre. Es un hecho, una realidad. Y como niños, como personas que aún no somos capaces no solo de defendernos, sino tampoco de comprender por qué existe la maldad o la tragedia, habremos de digerirlo con toda su dificultad y gravedad.

Los psiquiatras llaman a estas situaciones «estrés precoz». Se trata de hechos ocasionados por traumas físicos o emocionales que van a alterar en gran parte el rumbo de nuestro desarrollo y nuestra madurez. La herida va a quedar en nuestro cerebro, ese pico tan grave de estrés y sufrimiento deja su lesión. De modo que en la edad adulta tengamos más riesgos de desarrollar algún tipo de depresión.

Niño solo jugando

Falta de afecto en la infancia, una de las mayores causas de la depresión

En ocasiones, no hace falta que lleguemos a extremos tan lamentables como un abuso o el maltrato infantil. Muchas veces, esos niños que crecen sin arraigo familiar o con unos padres que no han sabido, o no han querido estrechar ese vínculo imprescindible con sus hijos, provoca que se llegue a la madurez con muchas carencias, con muchas faltas. Esto puede crear en ellos diferentes tipos de traumas . Una de las consecuencias más extendidas es la depresión. La falta de cariño y afecto han impedido que el niño desarrollase una sana autoestima y, de este modo,

Una infancia saludable, feliz e íntegra, hace que el niño crezca sabiendo que es querido. Que cada uno de sus pasos, de sus decisiones y de sus fallos, van a disponer del apoyo incondicional y único que es su familia. El desarrollo de su autoestima irá a la par del afecto de los suyos. Su autoconcepto será además positivo, porque es el reflejo de lo que hasta el momento, siempre ha encontrado.

Pero si solo encuentra vacíos, desprecios y reproches, el niño crecerá no solo con una marcada inseguridad, sino también con cierto rencor e incluso con desconfianza. ¿Cómo hacerlo? Si quienes debieron haberle ofrecido un apoyo y un cariño incondicional solo le dieron frialdad y rudeza, es complicado que alcance una unión saludable con otra persona. Que desconfíe y tema. Así pues, de este modo, se puede crear un adulto desconfiado, incapaz de creer en él mismo y en los demás. Temeroso a la hora de tomar decisiones y hasta lleno de rencor y rabia sin ningún tipo de razón aparente.

Superar una infancia difícil

Los psiquiatras hablan de «la vulnerabilidad biológica». Es decir, todas esas experiencias traumáticas o negativas del pasado han quedado incrustadas en nuestra experiencia y también a nivel cerebral. Las altas tasas de estrés modelan y cambian muchas de nuestras estructuras más profundas, y todo ello nos hace personas más frágiles. Personas más proclives a sufrir una depresión llegada la edad adulta.

Pero ahora bien, ¿quiere esto decir que todos los que hayan sufrido traumas en la infancia, van a padecer obligatoriamente una depresión? La respuesta es no.

Cada uno de nosotros afrontamos nuestro pasado traumático de un modo diferente. Puede que para algunas personas dichos eventos sean un revulsivo que superar y por el que luchar día a día. Algo que asimilar, aceptar y afrontar para que la vida le de una nueva oportunidad, y ser feliz de nuevo.

En cambio, para otras personas esa predisposición biológica y emocional seguirá pesando demasiado. No solo se va a tratar de un recuerdo persistente, sino que puede influir en su forma de relacionarse con el mundo. Una forma de relacionarse puede llevar al individuo a tener una vida introvertida, fría y distante. Una etapa adulta lastrada por las carencias afectivas que puede desembocar en una sintomatología depresiva crónica, como por ejemplo, la distimia. El adulto puede llegar a pensar que no merece ser feliz y, de este modo, no se dará la oportunidad a sí mismo de serlo… ni de intentarlo.

Mujer con miedo y desconfianza

Otras consecuencias

Pueden ser personas que han perdido la confianza con sí mismas y con todo lo que les rodea. Les cuesta mantener amistades e incluso relaciones afectivas. Exigen cariño, pero son incapaces de aceptarlo por que siguen temiendo ser traicionadas, ser heridas. A pesar de necesitar afecto, en el fondo, creen que no lo merecen y lo rechazan. Sienten miedo ante las muestras de amor de los demás y no saben muy bien cómo afrontarlas.

Son perfiles donde puede quedar implícita un tipo de ansiedad crónica, una hipersensibilidad y una vulnerabilidad emocional con la que luchar cada día. La felicidad en estos casos tiene un alto precio, entonces ¿cómo afrontarlo? Obviamente, con esfuerzo, voluntad y mucho apoyo social.

Reflexión final

Vistas todas estas realidades, solo cabe recordar la importancia de seguir protegiendo la infancia. Nunca pienses que un niño es un adulto en miniatura. Un niño es una persona hambrienta de emociones positivas, necesitada de experiencias llenas de afecto incondicional, de palabras y vínculos. Por ello es tan importante darles amor, cariño y afecto. Darles su espacio de autonomía a medida que van creciendo pero sabiendo que siguen teniendo el apoyo de los padres.

Un niño no es un adulto que pueda comprender por qué otros adultos puedan tratarlo mal. Tampoco puede defenderse. Lo que ocurra en esas edades, habrán de marcarlo por siempre. No lo olvides. Cuida siempre de los más pequeños. Si eres tú quien sufrió una infancia complicada, recuerda que la felicidad no está vetada para nadie, y que merece la pena aceptar, superar y vivir de nuevo.

Imágenes cortesía de Lucy Campbell