La intensidad de la luz gradúa tus emociones

Este artículo ha sido verificado y aprobado por Gema Sánchez Cuevas el 17 junio, 2015
Edith Sánchez · 9 noviembre, 2014

La luz es uno de esos elementos del entorno que nos acompaña toda la vida, silenciosamente. Sabemos que necesitamos mucha luz cuando queremos leer, tomar una fotografía o mirar algo con precisión. Sabemos que deseamos la oscuridad cuando vamos a dormir, o tenemos un fuerte dolor de cabeza.

La penumbra nos sugiere lo misterioso y lo romántico. Las luces del amanecer o del atardecer nos resultan evocadoras. Un pequeño hilo de luz puede ser lo que nos muestre el camino. En fin, la luz siempre está ahí diciéndonos algo.

Lo que tal vez no sepas es que la luz también tiene incidencia en la forma como percibes la realidad emocionalmente y tiene una fuerte influencia a la hora de tomar decisiones.

La intensidad de la luz intensifica tus emociones

Los ambientes iluminados y brillantes hacen que las emociones fluyan con mayor intensidad. Un grupo de investigadores de la Universidad de Toronto midieron las reacciones de un grupo de personas ante los entornos plenos de luz. Así pudieron comprobar que entre más aumenta la iluminación, más fuertes son las emociones. De hecho, algunos participantes llegaron a ponerse agresivos cuando la luz era más intensa.

A esta reacción los expertos le dieron el nombre de “efecto incandescente”. Todo parece indicar que las personas percibimos el aumento de luz como un aumento de temperatura paralelo. La combinación entre luz y calor hace que las emociones se aviven.

La iluminación por sí sola no da origen a nuevas emociones. Más bien estimula las ya existentes y las hace más pronunciadas y visibles.

El efecto práctico de este descubrimiento es que los ambientes muy iluminados son más propicios para llevar a cabo actividades en las que las emociones jueguen un papel preponderante. Por ejemplo, una reunión familiar o de viejos amigos se puede desarrollar a la perfección cuando hay mucha luz.

En cambio, si de lo que se trata es de tomar decisiones racionales y enfrentar alguna situación que demande cabeza fría, lo mejor es cerrar un poco las cortinas, o correr la persiana. Un ambiente menos iluminado atenúa las emociones y propicia razonamientos más objetivos.

La luz titilante y la luz azul

Cuando la luz es estable, por lo general no llama la atención. Está ahí simplemente como parte del decorado, pero apenas si nos damos cuenta. En cambio una luz que parpadea, captura nuestra atención inmediatamente.

En la Universidad de Utrecht hicieron un experimento al respecto. Le formularon una pregunta a varios transeúntes, al lado de un farol de luz; mientras a algunos de ellos se les dejaba la luz estable, a otros se les interrogaba mientras la luz titilaba. La respuesta de los primeros fue convencional y moderada, mientras que los segundos se mostraron más radicales e intolerantes en sus apreciaciones.

Los investigadores concluyeron que las personas asociamos las luces parpadeantes con una señal de peligro. Por esa razón, activan nuestras alarmas emocionales y nos ponen a la defensiva. En las discotecas, la luz parpadeante forma parte de la experiencia de “adrenalina” que muchos están buscando vivir.

Por el contrario, en la Universidad de Harvard realizaron un estudio en el que se verificó que las luces azules, o azuladas, ejercen un efecto sedante sobre nuestras emociones. Al parecer, elevan nuestra capacidad de concentración y de captura de datos. Sin embargo, las luces azules también pueden incidir en una pérdida de la calidad del sueño.

Imagen cortesía de josemanuelerre