La limerencia, cuando amar es un infierno

Edith Sánchez · 30 abril, 2018
Este artículo ha sido verificado y aprobado por la psicóloga Gema Sánchez Cuevas el 30 abril, 2018
La ausencia de amor muchas veces implica sufrimiento. Sin embargo, en otras ocasiones, es precisamente una forma extrema de vivir el amor lo que nos hace sufrir. La limerencia es aquella vivencia del amor que acaba por convertirlo en un verdadero infierno

Cuando confluyen ciertas circunstancias negativas, el amor deja de ser sublime. Es entonces cuando amar es un infierno. La verdad es que muchas veces le damos el nombre de “amor” a lo que no es. Básicamente confundimos la experiencia de amar con la de ser amado. De ahí nacen, a veces, esas obsesiones por “amor” que no dan tregua.

Hay un término que define ese estado en el que amar es un infierno. Se llama “limerencia”. El término fue acuñado por la psicóloga Dorothy Tennov en 1979. Lo hizo después de realizar una larga investigación sobre el amor romántico en la que consultó la opinión de más de 500 personas.

La limerencia se entiende como ese estado mental bajo el cual amar es un infierno. Es decir, aquella condición en la cual una persona se siente “enamorada” de otra y desarrolla un deseo obsesivo e imperante de ser correspondido. Ese estado se encuentra emparentado con el trastorno obsesivo-compulsivo. Por eso involucra un gran sufrimiento para el individuo.

Las ideas fijas nos roen el alma con la tenacidad de las enfermedades incurables. Una vez que penetran en ella, la devoran, no le permiten ya pensar en nada ni tomar gusto a ninguna cosa”.

-Guy de Maupassant-

Pareja besándose con pasión simbolizando esa etapa donde no amar es un infierno

Cuando amar es un infierno

Todos sabemos que el enamoramiento es un estado que se caracteriza por la intensidad de los sentimientos y emociones presentes. No solo se sienten “mariposas en el estómago”, sino que además se pierde el sentido crítico y la razón pasa a un segundo plano. El sentimiento de “amor” es invasivo, poderoso y muy gratificante. Se experimenta como un “dulce padecimiento”.

Lo normal es que después de esa fase de enorme exaltación de las emociones vengan otras etapas en donde poco a poco se recupere el equilibrio y el cuidado de los intereses propios. La intensidad del sentimiento disminuye, se van introduciendo los elementos racionales y esa especie de “ceguera” se va disipando. Cuando la relación es saludable, se pasa a una etapa más profunda, real y marcada por la ternura.

En el caso de la limerencia se experimentan los mismos síntomas del enamoramiento. Sin embargo, la diferencia está en dos aspectos:

  • Primero, que no son las dos personas, sino solo una de ellas quien siente todo ese apasionamiento.
  • Finalmente, que en los casos en los que ambos experimentan el enamoramiento, uno de los dos supera ese estado, mientras que el otro no.

En ambas circunstancias el elemento común es que no hay correspondencia. Esto nos lleva a una tercera característica de la limerencia. Cuando se descubre que no existe esa correspondencia, la persona que está “enamorada” decide no aceptarlo. Por lo tanto, empeña todo su esfuerzo en lograr que el otro sienta lo mismo. Y se resiste a admitir que es posible que esto no ocurra. En esos momentos, amar es un infierno.

Limerencia, cuando amar duele

De ser un sentimiento placentero y exultante, el amor se transforma en una tortura cuando se da la limerencia. Esa obsesión no deja vivir en paz ni un minuto. A las ilusiones vagas y constantes le siguen duros desengaños. Una y otra vez se reinicia ese ciclo. La persona se siente atrapada en el sentimiento amoroso y no encuentra la manera de dejar de sentirse así.

De esta manera, el amor se vive como una experiencia negativa, en la que se sufre demasiado. Ante este sufrimiento, la persona busca la manera la asegurar el amor de su pareja, comete errores, le asaltan pensamientos de duda y de inseguridad. Estos pensamientos llenan de ansiedad y preocupación a la persona. En esos casos es cuando amar es un infierno.

amar es un infierno

Alguien que experimenta limerencia, literalmente no puede dejar de pensar en el “ser amado”. A veces lo intenta, pero los pensamientos intrusivos vuelven a su cabeza, sin que pueda devolverlos a un rincón. También idealiza y sobredimensiona al otro. Comienza a vivir en función del otro y de las posibilidades con el otro, pensando en cómo crear ocasiones para encontrarse con esa persona y de hacer cosas que le agraden.

Este tipo de sentimientos también dan origen a manifestaciones físicas. El afectado puede experimentar síntomas como temblores, palpitaciones, sudoración, nerviosismo, dificultades para dormir, etc. Todo lo que caracteriza a una obsesión.

Salir del infierno de la limerencia

Lo que hay de fondo en estos casos son los rasgos de una personalidad obsesivo-compulsiva. Se trata de un trastorno importante con diferentes consecuencias. En el caso de la limerencia, el “ser amado” es solo un pretexto para desplegar un conjunto de síntomas, que están relacionados con problemas más profundos.

Una persona obsesiva puede fijar su atención en un deporte, una religión, una idea o en cualquier otro tipo de objeto o realidad. En el caso de la limerencia, el énfasis está puesto en otra persona y en el sentimiento de unión. Esa aproximación obsesiva lleva a actos compulsivos (automáticos e irracionales) y conduce a que muchas personas terminen definiendo el amor como un estado de infierno.

Hombre sobre un tarro

En realidad, ahí no está presente el amor. Lo que hay es una alteración de la conciencia que puede tener que ver con experiencias traumáticas no elaboradas. Estas vienen del pasado y no se han reconocido. El supuesto amor ardiente por el otro puede no ser más que una cortina de humo para mantener oculta esa deuda con uno mismo. Si es así, la visita al psicólogo es obligada.

  • Sternberg, R. (1986), “A triangle of love”, Psychological Review 93: 119-135.
  • Sternberg, R., & Weis. (2006), The New Psychology of Love. Londres: Yale University Press.
  • Tennov, D. (1979), Love and Limerence. The Experience of Being in Love. Scarborough House.