La violencia silenciosa: los pasivo-agresivos

Edith Sánchez·
11 Marzo, 2020
Este artículo ha sido verificado y aprobado por la psicóloga Gema Sánchez Cuevas al
11 Marzo, 2020
Los comportamientos pasivo-agresivos encierran en sí mismos una paradoja. Pasivos porque no hay una expresión clara del deseo de hacerle daño a otro y agresivos porque sí causan este daño. Hablamos de conductas que reflejan miedo al abandono e inseguridad.

Una de las principales dificultades con los comportamientos pasivo-agresivos es que están diseñados para que sea difícil detectarlos. Sin embargo, este tipo de conductas son muy habituales. La mayoría de las personas se han encontrado con quienes actúan así o han sido ellos mismos los protagonistas de este tipo de comportamientos.

Los pasivo-agresivos ganan con cara, pero con sello también. Su mayor especialidad es hacerse los suecos o fingir que la cosa no va con ellos. Lo que les permite salirse con la suya en la mayoría de las ocasiones es precisamente esa ambigüedad: agreden sin agredir, violentan, pero borran o intentan borrar, las evidencias de lo que hacen.

Se trata de un comportamiento muy nocivos en las relaciones con los demás. Se presenta entre compañeros de trabajo, en la pareja, entre amigos, en la familia y en todas partes. Los pasivo-agresivos le hacen daño a los demás, pero también a sí mismos. Impiden que un conflicto se plantee abiertamente y, por tanto, que se solucione.

Nunca comiences una pelea, pero siempre termínala”.

-John Sheridan-

Mujeres hablando

Los pasivo-agresivos y el silencio

Uno de los rasgos característicos de los pasivo-agresivos es el uso deliberado del silencio como herramienta de manipulación. En los casos más evidentes, se trata de un silencio directo: se les habla y no contestan, hacen como que no oyeron o que no tienen nada que decir. Pero sí escucharon y sí tendrían algo que responder. Lo suyo, en todo caso, es dejar a los demás con la inquietud.

A veces, esos silencios agresivos son un poco más sutiles o indirectos. Por ejemplo, muestra un gesto parecido al que enseñarían si les estuviera doliendo una muela, pero si se les pregunta si se sienten mal, dicen que no. O incumplen sistemáticamente las citas, pero siempre terminan esgrimiendo alguna razón que los justifique.

En suma, son unos maestros en eludir lo que pasa. Un ejemplo de ello son los compañeros de trabajo a los que se les pide algún documento y aceptan entregarlo, pero nunca lo hacen. O esas parejas que están de acuerdo en ir a una reunión familiar, pero siempre llegan cuando está a punto de terminar. O el hijo que siempre olvida sacar la basura, aunque eso sea lo único que tenga que recordar cuando está en casa.

El truco

Tomado los ejemplos, podemos ver que lo que hacen los pasivo-agresivos es desplegar una conducta ambigua que supone una la trampa.

El compañero que nunca entrega el documento que se le solicitó jamás va a aceptar que hizo esto a conciencia. Finalmente, dijo que sí que lo entregaría y hasta pudo mostrar un ánimo colaborador, pero en la práctica no lo hizo.

El afectado se queda sin armas. No puede acusarlo de haber actuado mal, porque las intenciones rara vez dejan huella. Tampoco puede confiar en que simplemente fue un descuido o un olvido, porque intuye que no fue así. Y si lo pregunta directamente le responderán que no, que todo está muy bien. El juego se llama: no enfrentar un conflicto.

Lo mismo sucede con la pareja que sabotea alguna actividad que es importante para su consorte o con el hijo que siempre desobedece. Ninguno de ellos dice: estoy molesto contigo y punto.

Su estrategia es camuflar esa resistencia y no reconocer al otro -ni a sí mismo- que sí hay un problema y que, para resolverlo, es necesario ponerlo sobre la mesa.

Pareja discutiendo con críticas destructivas

¿Qué les pasa? ¿Qué nos pasa?

A los pasivo-agresivos les caracteriza esa estrategia de no confrontar, aunque haya un conflicto evidente. Por eso miran el teléfono móvil mientras alguien les está hablando o terminan una conversación dejándola en el aire, aunque esta no haya terminado; o evita expresar lo que siente cuando alguien lo enfrenta, diciendo que “no le gustan los problemas”.

Los pasivo-agresivos están enojados y expresan su molestia con esas conductas difíciles de interpretar por otros, cuyo resultado, en todo caso, es un daño para el otro. Se trata de personas que sienten que los demás tienen la culpa de su insatisfacción o su malestar. Les gusta más llorarse las mentiras que cantarse las verdades.

En el fondo, son personas que sienten mucho miedo al abandono y que no han desarrollado la habilidad para expresar lo que sienten. Si alguien entra en conductas como esta, lo mejor es dejar que pase la situación y luego, de forma pausada, y en un momento relajado, expresarle los sentimientos al respecto. Esto puede animarla y ayudar a que diga lo que le molesta.

Wetzler, S., & Morey, L. C. (2000). Trastorno de personalidad pasiva-agresiva: el fin de un síndrome. Revista de toxicomanías, 22, 3-13.