Los 7 caminos para imitar a un monje zen

Edith Sánchez · 16 marzo, 2019
Este artículo ha sido verificado y aprobado por la psicóloga Gema Sánchez Cuevas el 16 marzo, 2019
Lo interesante de imitar a un monje zen es que esto representa un camino para alcanzar una mayor evolución espiritual. Esta se traduce en una vida más tranquila y sencilla, que a su vez nos hace más productivos y creativos.

¿Para qué imitar a un monje zen? Las respuestas a esta pregunta pueden ser muchas. Sin embargo, vayámonos por la más práctica. Un monje zen es un ejemplo de capacidad de atención y concentración, así como de productividad y estabilidad.

Claro está que cuando hablamos de imitar a un monje zen no lo estamos haciendo en estricto sentido. Ellos llevan una vida tan disciplinada y particular, que es imposible de replicar en un contexto como el nuestro. De lo que se trata más bien es de destacar esas pautas de conducta que ellos aplican y que también son válidas en nuestro entorno.

Somos formados por nuestros pensamientos; nos convertimos en lo que pensamos”.

-Buda-

Ellos hacen de la simplicidad y del enfoque una forma de vida. Logran mantener su equilibrio interno. Su forma de ver las cosas y de afrontar la realidad es en verdad admirable.

Si te llama la atención la idea de imitar a un monje zen, toma en cuenta estos patrones de comportamiento.

1. Entregarnos a lo que hacemos

Es algo que todos sabemos por sentido común, pero que olvidamos al vivir en un mundo tan agitado. La mejor manera de hacer algo es entregarnos a eso hasta terminarlo. Esto facilita la concentración y permite obtener mejores resultados.

Estar haciendo varias cosas a la vez solo es un síntoma de falta de concentración. Esta conducta refleja inquietud y dispersión. Con ello, lo único que logramos es gastar un tiempo valioso en nada y conseguir resultados que no siempre son los mejores.

Mujer con los ojos cerrados respirando

2. Hacer las cosas lenta y deliberadamente

Aunque suene contradictorio, la mayoría de las veces llegamos más rápido a una meta, cuando avanzamos lentamente hacia ella. Esto se debe a que la prisa con frecuencia nos conduce al error. A su vez, el error impide el avance.

Cuando hacemos cada cosa lentamente, facilitamos el proceso de concentración. Si hay concentración, también aprovechamos al máximo cada experiencia y tenemos muchas más probabilidades de avanzar realmente.

3. Dejar un espacio entre dos actividades

No es bueno programar demasiadas tareas para realizar en un corto lapso de tiempo. Cuando nos atiborramos de actividades lo único que conseguimos es llenarnos de angustia y de estrés. Puede que logremos completarlas todas, pero arruinamos nuestro estado de ánimo.

Lo mejor es dejar un tiempo prudencial entre una actividad y otra. Así mantenemos todo bajo control, especialmente si por alguna razón las tareas que teníamos programadas se alargan un poco. Y si no, contamos con un espacio para empezar de nuevo sin afán.

4. Llevar a cabo rituales, un camino para imitar a un monje zen

Uno de los puntos de referencia más interesantes para imitar a un monje zen es el que tiene que ver con los rituales. Un ritual otorga un sentido especial a lo que hacemos. Su principal función es recordarnos la importancia de algo.

No tenemos que hacer los rituales zen, simplemente diseñar nuestra propia manera de solemnizar ciertos momentos. Es muy conveniente hacer rituales al comienzo y al final del día. También antes de realizar una actividad especialmente compleja.

5. Dar valor a lo que hacemos

Cada día es único y es necesario darle el valor que tiene. A veces lo olvidamos y terminamos organizando nuestras rutinas de tal manera que separamos por completo los días de trabajo, los de descanso, los de diversión, etc.

Los monjes zen lo hacen de otra manera. Destinan una parte del día para cada una de esas prácticas. Un momento para trabajar y otro para descansar. Así mismo, un rato para la diversión y otro para la meditación. Todo dentro del mismo día.

Persona meditando en un retiro de silencio

6. Reservar tiempo para hacer nada

Hacer nada es algo que tiene una importancia decisiva. Destinar momentos para ello nos vuelve más productivos, más creativos y nos evita la fatiga. También nos ayuda a equilibrar emociones y a cultivar un sentimiento de plenitud.

Simplemente se trata de tomar un momento para sentarnos y respirar, sin más. Los monjes lo hacen en posición de loto y aplicando las técnicas de meditación zen. Sin embargo, el solo acto de quedarnos quietos, respirando, basta para conseguir lo que se desea: quietud y relajación.

7. Llevar a cabo tareas domésticas

Siempre hay alguien que debe realizar las tareas domésticas. Esta es una actividad noble, que le permite a otros gozar de mayor bienestar. Los monjes zen valoran profundamente las actividades domésticas e instan a realizarlas para crecer espiritualmente.

Las tareas domésticas, además, son un excelente punto de partida para meditar y practicar la concentración. También para ejercitar la habilidad de hacer las cosas lenta y metódicamente. Que en tu día a día siempre haya un momento para hacer esas tareas.

Imitar a un monje zen, aunque solo sea en los aspectos descritos, es un excelente camino para evolucionar. En este caso, la evolución significa aprender a vivir con mayor simpleza y sacando lo mejor de cada momento.

  • Suzuki, D. T. (2004). Introducción al budismo zen. Editorial Kier.