Me quedé con muy poco, pero con lo suficiente para salir adelante

Me quedé con muy poco, pero obtuve paz

Cristina Roda Rivera 2 diciembre, 2016 en Psicología 0 compartidos
Mujer con los ojos cerrados

Realmente por nuestra vida pasan ciertos vendavales que parecen devastarnos. Otros vientos parecen resonar mucho menos perturbadores, aunque su brisa nada agradable pueda estar apareciendo de forma constante y sin conceder tregua, arrebatándonos la paz. En cambio hay otros vientos que nos devuelven al sentido de la vida misma. Vientos de vitalidad que nos traen el cariño de las personas que parecen haber nacido para compartir la vida con ellas. Vientos de azote, otros de paz.

Sin embargo, algunas veces esos vientos llegan a convertirse en torbellinos demasiado potentes y logran arrastrarnos con ellos. Quizás éramos ya “un peso pluma” para ellos, debilitados por pequeños acontecimientos negativos que nos hacían tambalear sin llegar a caer. Sin embargo en otras ocasiones los vendavales llegan cuando menos te lo esperas y golpean con una brutalidad inesperada arrebatando la paz a tu vida.

En el momento en el que estás en su interior y puedes sentir toda su fuerza, puedes tener la sensación de que empiezas a perder poco a poco todo lo que creías seguro en tu vida. Tu cabeza empieza a dar vueltas hasta llegar a ver realidades dolorosas que nunca hubieras querido ver (como una traición o un abanadono) mientras esos movimientos bruscos de ideas parecen ir asentando otras de mayor importancia.

Es entonces cuando entiendes que ese vendaval se llevó una parte de ti, pero no la mejor. Necesitaba llevársela de esa forma para que así reaccionases y buscases tu propia paz. Es cierto que he sufrido esos vendavales en mi vida y aún hoy no estoy segura de si hubiera sido mejor que no golpearan con tanta fuerza. Pero si bien es cierto esto, también lo es que me mostraron lo esencial. Me quedé con muy poco, pero suficiente para salir adelante y estar en paz.

Con ramas secas, pero albergando paz

Todos hemos pasado por una etapa en la que parecía que la vida no estaba dispuesta a darnos una tregua, ni un mínimo margen para que pudiésemos detectar por qué todo parecía tan confuso. No creo en la ley de la atracción, en cambio sí creo en que cuando algo va mal, si no detectas “el qué”, la vida no para hasta que te das de bruces con ello. Por las buenas, o por las malas.

La cuestión es que todo ese olor que pensaste que valía la pena, era solo un humo coloreado. No tenía esencia ante la adversidad. Ese sentimiento de admiración y misterio por algo, se derrumbó para mostrarte la mediocridad que escondía.

Árbol seco al anochecer

Hay veces que parecemos perder todas nuestras frondosas ramas y resplandecientes flores, como un árbol de ramas secas. Pero no olvides que existe algo poético en la contemplación de ese árbol, seco y raído. Parece albergar siempre un anhelo, una esperanza, una promesa.

Ese árbol a pesar de todo, sigue en pie. Además, sin nada que lo adorne parece más auténtico que nunca. Se ha quedado con prácticamente nada, pero con lo suficiente para seguir adelante.
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Parece estar en paz, pero prometiendo dar guerra pronto. Parece que la promesa que alberga su extrema raquitidad es su mayor virtud. Y es que, en ocasiones, las mejores cosas son las que fueron bellas y ya no volvieron a repetirse y las que ahora están muertas pero anuncian su intención de revivir. En ese plano plano de la existencia, se encuentra el sentido único de la vida.

Las ramas que empiezan a florecer

Parece que hay que dejar de lamentarse. Lo que sentimos como un tsunami y que se llevó todo lo que pensábamos que nos hacía especiales, también se ha llevado multitud de cosas inservibles. Tomamos consciencia de esto, enderezamos los hombros y sentimos la espalda más ligera.

Todo se ha vuelto más espontáneo y más natural. La hipocresía ya no nos irrita, simplemente nos produce una carcajada interna. No hay mejor respuesta para las personas que te han hecho daño por obra, omisión o tremenda decepción en esta vida que la indiferencia interna que de repente eres capaz de practicar. Ni tan siquiera tienes que contarlo a los demás. Es como esa sonrisa espontánea que surge con los primeros aires del amor correspondido.

Los corazones apasionados solo se rompen ante algo que de verdad, que pueda hacer mella en ellos para siempre. Alguien inteligente siempre añora al que tuvo valor. La cobardía no suele permanecer en el recuerdo. Eso solo te recuerda el daño de tu ego, no el dolor de la pérdida.

gif-mujer-espejo

Es por ello que las flores empiezan a renacer. Te das cuenta de que un día pareció que te quedabas sin nada, pero que todo ese proceso era necesario para estar como ahora te encuentras. Ni tan siquiera tienes la más mínima intención de culpar. Esa sensación de paz solo se da en contraposición a los grandes golpes. O pueden contigo, o te transforman completamente.

Es un privilegio vernos a veces sin nada. Ver partir muchísimas cosas. No todo el mundo encuentra sentido a ese proceso de ver partir mientras resistes. Esperan poder encontrar, con su espera, que tenían la razón y muchas veces en ese proceso la pierden.

La razón de ese proceso ya está puesta en el futuro. Ya has visto qué es lo realmente importante para salir adelante. Vas más ágil, que no quiere decir exento de problemas. Pero vuelves a estremecerte con las caricias de verdadero romance y a reír a carcajadas con amigas. A disfrutar de tu vida social, ni tan siquiera tienes ya la necesidad de demostrarlo.

Lo más maravilloso de todo es que has seguido en pie con dignidad y que ya no eres la misma, sino que te sientes mucho mejor. No añoras sonrisas del pasado. Las actuales ya son las que te identifican con lo bueno que está por llegar y que a veces han surgido de la claridad vertida por la fuerza de ese vendaval.

Cristina Roda Rivera

Psicóloga,Especialista Máster en Psicología clínica y social.

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