Nada termina, todo se transforma

Muchos ven a la vida como un eterno ciclo. De cierta manera, esto tiene todo el sentido del mundo. A continuación hacemos algunas reflexiones con las que te puedes sentir identificado/a.
Nada termina, todo se transforma
Gema Sánchez Cuevas

Revisado y aprobado por la psicóloga Gema Sánchez Cuevas.

Escrito por Edith Sánchez

Última actualización: 28 agosto, 2021

Fue Lavoisier quien descubrió esta ley universal: “La materia no se crea ni se destruye solo se transforma.” Pero, ¿esta máxima de la química tiene también validez para aquello que es inmaterial, como los sentimientos, las emociones y los pensamientos? Esa pregunta nos asalta principalmente cuando atravesamos por una situación de pérdida o de ruptura.

Cuando termina una relación de pareja y no estábamos preparados para que eso sucediera. Cuando muere alguien que amamos y necesitamos intensamente volverlo a ver. Cuando desaparecen de nuestro mundo personas o situaciones entrañables… ¿Podemos decir que en realidad algo acabó para siempre?, ¿La muerte o la distancia son el final de todo y no hay nada más luego?

“Un comienzo no desaparece nunca, ni siquiera con un final.”

-Harry Mulisch-

duelo

Los finales en la vida

Todos sabemos que aquello que tiene un comienzo también tiene un fin. En realidad, si lo piensas, hemos pasado gran parte de nuestras vidas diciendo adiós. Inaugurando nuevas situaciones y dándoles formal sepultura a otras.

Cuando nacemos, finaliza el tiempo de gestación. Le decimos adiós a ese vientre en donde todo era cálido y no teníamos que hacer nada para que fueran satisfechas todas nuestras necesidades básicas. De ahí en adelante, vamos a pasar por una cadena de comienzos y de finales que se suceden sin cesar porque nada termina del todo, sino que se va transformando.

Le decimos adiós a nuestra madre para ir a la escuela. Le decimos adiós a la infancia para florecer hacia la juventud. Nos despedimos de esa juventud para volvernos ancianos. Luego debemos prepararnos para decirle adiós a la vida.

Vivimos una multitud de “finales” intermedios

Cambiamos de escuela y terminan entonces vínculos que establecimos y expectativas que flotaban en nuestra mente. Nos mudamos a un nuevo barrio y descubrimos que todo terminó y que todo vuelve a comenzar. Encontramos un nuevo trabajo, o vamos a otro país, o, simplemente vemos que cada día termina y que es irrepetible.

Todo el tiempo estamos expuestos a los finales, aunque no reparemos en ello.

Los finales que realmente nos sacuden son aquellos que nos ponen cara a cara frente a lo eterno, a lo infinito. Aquellos que nos remiten a ideas como “para siempre” o “nunca más”. Mirar de frente a la nada es una experiencia sobrecogedora.

El final sin final

Hay alguien que amamos y que se ha ido para siempre. Murió, o simplemente se apartó de nosotros sin remedio… Lo que nos hace sufrir es la conciencia de que nunca más volveremos a tener a esa persona físicamente con nosotros o que, por lo menos, el vínculo que existía ya nunca será el mismo.

Sabemos eso y, aún así, seguimos experimentando el amor por esa persona, o la necesidad de que siga aquí. Ese es el drama: termina el vínculo, pero no termina el sentimiento que lo generaba. Ya no está físicamente ese alguien, pero el afecto por esa persona está tan vivo como siempre.

recuerdos

Todos nos resistimos a dejar ir a alguien que amamos. No podemos renunciar así como así, a esas rutinas encantadas en donde ver o escuchar a esa persona nos hacía sentirnos seguros, felices y en paz. Incluso, si el vínculo no era el mejor, saber que ese alguien estaba ahí nos daba la sensación de que todo el universo estaba en orden. Pero ahora no está y en su lugar, queda un abismo oscuro en el que no queremos estar.

Todo lo que comienza, termina. Y, a la vez, todo lo que termina vuelve a comenzar en otro nivel.

Ocurre en el mundo de la física, de la química y también en el mundo de lo humano. Ninguna de las realidades hondas que hemos vivido va a desaparecer. Ninguno de los sentimientos profundos que hemos experimentado se va a extinguir.

Poco después de la pérdida, la ausencia y el vacío son realidades muy duras de sobrellevar. Con el tiempo, allí donde estaba un gran amor, va a florecer un jardín de hermosos recuerdos que nos confortarán por siempre. Allá donde estaba ese alguien que siempre extrañaremos, va a germinar un profundo sentimiento de gratitud que nos hará valorar mejor la vida.

De una u otra forma, los que se fueron también se han quedado para siempre. Incluso cuando ya no pensemos en ellos, lo que hicieron nacer en nuestro corazón nos permite ser lo que ahora somos. Nos complementó, nos perfiló, nos definió.

El dolor se prolonga y se hace insostenible solo si no terminamos de aceptar esos finales sobre los que ya no tenemos ningún control, y esos comienzos que no pueden, ni deben, ser la repetición de lo que fue.

Imagen cortesía de Tomasz Sienicki


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