¿Por qué gritamos? - La Mente es Maravillosa

¿Por qué gritamos?

Edith Sánchez 21 abril, 2016 en Emociones 1039 compartidos
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Así anunciamos nuestra llegada al mundo: con un grito. Después, gritamos muchas veces en la vida. Lo hacemos cuando algo nos sorprende o nos asusta. También cuando la felicidad nos desborda o cuando la desesperación no cabe en el pecho. Y, por supuesto, aprendemos a gritar para imponernos, para agredir a otros, para intimidarlos.

Los comentaristas deportivos gritan cuando hay un gol o cuando un competidor cruza la línea de meta. Los promotores de los restaurantes gritan para llamar la atención de los transeúntes y que se fijen en su oferta. Los animadores gritan para contagiar de entusiasmo al público. Las madres gritan. Los policías gritan. Los maestros gritan. El grito está por todas partes.

Por contraposición al silencio, que llama a la relajación, el grito es una expresión destinada a poner en alerta. A veces sobre algo positivo, pero casi siempre sobre un hecho no tan agradable. Por lo general, un grito expresa descontrol, desbordamiento de las emociones. Levantar la voz es un recurso al que, habitualmente, recurren quienes están más interesados en “hacerse oír” que en escuchar al otro.

Gritamos para decir algo más

El grito es una forma de expresión elemental, que el diccionario define como “sonido inarticulado”. Esto quiere decir que aunque vaya vestido de palabras, ese tono de voz que se convierte en grito sigue siendo una realidad caótica, “inarticulada”, o sea, con un sentido difuso, disperso. En el grito siempre hay una suerte de imposición, pero principalmente sugiere la necesidad de ayuda.

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Gritamos al comienzo de nuestra vida porque es la única forma de plantarnos en el mundo como alguien que existe y que necesita de los demás. Queremos que los otros detengan algún sufrimiento que estamos experimentando. Sentimos frío y queremos ser cobijados. O sentimos hambre y necesitamos que nos alimenten. El grito es, ante todo, una expresión de la necesidad que tenemos de que otros reconozcan nuestras carencias y las atiendan.

Cuando entramos en el extraordinario mundo del lenguaje, ya no necesitaríamos de los gritos para comunicar que algo nos hace falta y que necesitamos a los demás para obtenerlo. Sin embargo, las necesidades también comienzan a ser más complejas. Muchas de ellas no se resuelven tan fácilmente con ofrecer un techo o dar de comer. De hecho, surgen necesidades que ni siquiera se pueden identificar de manera precisa.

El grito, entonces, se convierte en esa manera de expresar lo inexpresable. Sigue siendo la vía para pedir el concurso de los otros, el reconocimiento de los otros; pero esta vez implica satisfacer una necesidad que está más allá de las palabras.

Si pudiera decirse, bastaría con organizar una frase y comunicarla. Pero en este caso, la persona no puede establecer del todo la naturaleza ni el alcance de su necesidad. Por eso grita, para dejar en claro que hay algo más allá de las simples palabras.

Las consecuencias inesperadas de gritar

Se grita porque no se encuentra, o no se quiere encontrar, otra manera de expresar lo que se siente o lo que se desea. En circunstancias felices, el grito es liberador. Permite dar rienda suelta a un sentimiento, sin una razón diferente a la satisfacción de expresarlo. Ahí gritamos para hacer catarsis, para quitarle el tapón a una presión, sin agredir a otros. El ejemplo típico de ello es el gol, ese momento único en donde hay un grito de júbilo casi siempre compartido.

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En otros casos, el grito solamente refleja la incapacidad -o la imposibilidad- de trasladar un mensaje, más o menos desesperado, a las palabras. Quien grita, demanda algo de quien lo escucha. En principio es mayor atención, pero detrás de esto también hay otras demandas que son más complejas.

En cualquier caso, el grito en lugar de aclarar la comunicación, lo que consigue es romperla. Quien grita hace notar el tono de su voz, mucho más que el mensaje que quiere transmitir. Lo que comunica, más bien, es que alguien está a punto de perder el control por completo y que el otro debe medir sus acciones antes de continuar. En este caso, el grito cumple una función de anular al otro. Nace del miedo y de la carencia, pero su efecto es llenar ese vacío por la vía de la imposición.

El grito agresivo pretende que el otro no se exprese, que no haya nada más qué decir. Finalmente, este tipo de grito lo que hace es llamar al silencio. No solamente al silencio del otro, sino también al silencio propio. En este caso, no es un silencio lleno de sentido, sino el silencio de la represión. El silencio que encubre todo aquello que se debería decir y que con los gritos queda sepultado en una oscuridad sin fin.

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Edith Sánchez

Escritora y periodista colombiana. Ganadora de varios premios de crónica y de gestión cultural. Algunas de sus publicaciones son "Inventario de asombros", "Humor Cautivo" y "Un duro, aproximaciones a la vida".

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