Rainer Maria Rilke, el poeta que nos enseñó a ver luz en la oscuridad

Este artículo fue redactado y avalado por la psicóloga Valeria Sabater
· 15 enero, 2019
Rainer Maria Rilke fue el poeta que usó la tristeza como poder creativo. En sus versos nos enseñó a no vencernos ante las pérdidas, a ser curiosos, a hallar la luz en entre esa compleja arboleda de nuestro ser interno

Rainer Maria Rilke fue el poeta que usó la tristeza como motor creativo, como musa para sus versos. Ahora bien, su arte y, en especial, sus cartas, contienen la magia de la transformación. Nos enseñó a encontrar la luz en el bosque de la oscuridad, nos animó a superar las pérdidas, a ser pacientes y curiosos en nuestras valías internas, a aceptar la naturaleza solitaria del hombre…

Dicen los biógrafos que Rilke fue un artesano del amor y un experto en la materia de la soledad elegida. Durante su vida tuvo la costumbre de enamorar a gran parte de las princesas, condesas y duquesas del Imperio austrohúngaro. Era un poeta errante, un viajero incansable, que se alojaba en mansiones y palacios y embelesaba a todos con su arte, para marcharse después dejando vacíos.

Se convirtió en el clásico trashumante que buscaba benefactoras para que lo sacaran de su pobreza, y también de esa eterna enfermedad que siempre lo aquejaba: la soledad. No obstante, a pesar de la itinerancia existencial y de la desafección emocional que dejaba a su paso, Rainer Maria Rilke exploró como nadie la sensación de pérdida.

Se dice que encontró la mayor inspiración y estabilidad con Lou Andreas-Salomé. Esta escritora, filósofa y psicoanalista rusa compartió con él ese espíritu liberal. Para Rilke como para ella, lo más importante era el arte junto a la cultura y el conocimiento. El amor era inspiración y una forma de alimentar la escritura y la poesía, pero a la larga, era algo que sometía en exceso.

«Ten paciencia con todo lo que no está resuelto en tu corazón y trata de amar a las preguntas mismas».

-Rainer Maria Rilke-

Rainer María Rilke sentado en su escritorio

Biografía de Rainer Maria Rike, el poeta trashumante

René Karl Wilhelm Johann Josef Maria Rilke nació el 4 de diciembre de 1875 en Praga. Su padre era ferroviario y su madre, Sophie Entz, era hija de un funcionario bancario de buena posición. Fue ella quien le inculcó el gusto por la escritura y la poesía. De modo que, ya desde bien temprano, apuntó un notable talento artístico aunado por una madre cultivada y refinada.

Ahora bien, ese mundo delicado y culto se vino a tierra cuando el matrimonio se rompió. Fue entonces cuando su padre cogió las riendas de su educación y lo envió a una academia militar. Afortunadamente, y debido a sus problemas de salud, pudo salir de aquel mundo y matricularse en la universidad en 1895. Estudió literatura, historia del arte y filosofía en Praga y Munich.

Fue durante su estancia en Munich cuando conoció a la que sería la mujer de su vida: Lou Andreas-Salomé. Esta escritora rusa tenía quince años más que Rilke. Había sido amante de los más eminentes intelectuales de la época y aquello, le inspiró más aún al joven Rainer. Fue su consejera, su confidente, le enseñó idiomas y fue su musa durante toda la vida.

Rainer Maria Rilke y Lou

Aquella alianza le permitió a Rainer Maria Rilke conocer a escritores tan notables como Leon Tolstoy. Más tarde, con el comienzo del nuevo siglo, conoció en una colonia de artistas en Worpswede, a la escultora Clara Westhoff. Se casó con ella y, al año siguiente, tras tener a su primera hija, decidió dejarlas atrás y marcharse a París.

La consolidación de su obra

En París, Rainer Maria Rilke conoce a Auguste Rodin y trabajó como su secretario. El célebre escultor le enseña la técnica de la observación objetiva como forma de creación. Asimismo, también entabla amistad con el pintor español Ignacio Zuloaga. Ambos artistas le dan impulso a su motor creativo y esa fuerza donde la subjetividad perfila ya gran parte de sus versos.

En este periodo parisino escribe Neue Gedichte (Nuevos poemas, 1907), Réquiem (1909) y la novela Los cuadernos de Malte Laurids Brigge. Se trata de una obra casi autobiográfica en la que describe confesiones espirituales y muy íntimas sobre sus experiencias.

En 1912, Rilke se aloja en el Castillo Duino, cerca de Trieste. Comparte unos meses junto a la condesa Marie de Thurn und Taxis. Ella, le inspira Duino Elegies. Fue un periodo de calma y disfrute que se acabó precipitadamente con el estallido de la Primera Guerra Mundial.

Rainer Maria Rilke pasó la mayor parte de la guerra solo en Munich. Hasta que, finalmente, tuvo que unirse al ejército. Aquello lo marcó. Su carácter abierto, romántico y rebelde se volvió taciturno. Y a partir de ese momento vivió un periplo de viajes en los que halló inspiración y sosiego para su mente, tras el caos de la guerra.

La sombra de un final y un trabajo frenético

El protector de Reiner Maria Rilke le compró un edificio en Suiza para que encontrara un poco de estabilidad personal. Así, entre 1922 y 1926, se abrió ante él un periodo de creatividad intensa y casi frenética. Su salud no es buena, padecía leucemia y era consciente de que la cuota de su existencia estaba languideciendo.

Sin embargo, la seguridad de un final cercano le dio mayor impulso a su mente y a sus ansias por robarle más tiempo a la vida. Y lo aprovechó.  Escribió una serie inmensa de poemas y también de cartas. De hecho, su legado lírico es tan delicado como profundo, tan simbólico como íntimo e inspirador.

«Mira; yo siento cómo distancio,
cómo pierdo lo antiguo, hoja tras hoja.
Sólo tu sonrisa permanece como muchas estrellas
sobre ti, y pronto también sobre mí».

-Rainer Maria Rilke-

Rainer María Rilke sentado leyendo un libro

Asimismo, y en esos últimos cuatro años que le quedaban de vida, llegó a tener una relación de dos años con la artista Elisabeth Dorothea Spiro, cuyo hijo, sería después el conocido pintor Balthus.

Reiner Maria Rilke falleció el 29 de diciembre de 1926 en el sanatorio suizo de Val-Mont, a los 51 años.

La tristeza como motor creativo para Rilke

“Yo creo que casi todas nuestras tristezas son momentos de tensión que nos preparan ante algo. Nos encontramos solos, frente a frente con eso tan extraño que la vida ha perpetrado para nosotros».

Es cierto que la vida de Rilke se definió por esa trashumancia existencial, que lo empujaba a ir de ciudad en ciudad, de mujer en mujer. Sin embargo, en él habitaba quizá el deseo imperioso de huir de algo, y ese algo quizá era él mismo. La tristeza fue su auténtica y más fiel amante. De ahí que definiera como nadie la impregnación de esta emoción en la vida.

Rilke comparaba las emociones con la arquitectura de una casa. Decía que cuando la melancolía y la tristeza entran en nosotros nos quedamos quietos. Nos transformamos en edificios, en muros y en paredes. Construcciones rígidas. Sin embargo, y según él, también tenemos el poder de transformarnos, de dar luz a esas construcciones lóbregas.

De hecho, es célebre una carta que le escribe a Sidonie Nádherná von Borutín, esposa del escritor Karl Kraus, tras enterarse del suicido de su hermano. «Su vida debe continuar ahora dentro de la tuya» -le escribe– «La pérdida no es un separación. Busca la armonía, busca el sentido y crea algo nuevo con su recuerdo y tu afecto».

hombre en campo simbolizando poemas de Rainer Maria Rilke

Rilke nunca señala en sus textos que el tiempo sane o que apague el dolor de una muerte. En su poesía, nos enseña que asumir las dificultades en la vida es algo esencial, que no debemos evadirlas. Porque las adversidades nos ayudan al logro y nos permiten transformarnos.

Rilke escribe como un David frente a Goliat. Sus palabras parecen, en un primer momento, livianas e insignificantes. Sin embargo, tienen un impacto inmenso. Nos enseña que las pérdidas, las tristezas y los pesares son la otra mitad de la vida, son la sombra. Y nosotros la luz.

  • Pau, Antonio (2012). Vida de Rainer María Rilke. La belleza y el espanto. Tercera edición. Madrid: Editorial Trotta. 
  • Wiesenthal, Mauricio (2015). Rainer Maria Rilke (El vidente y lo oculto). Barcelona: Editorial Acantilado.