El sufrimiento comparativo, yo lo he pasado peor que tú

¿Alguna vez has conocido a alguien empeñado en hacerte creer que ha sufrido en la vida más que tú? El sufrimiento no puede medirse, pero vivimos en una sociedad en la que todo parece tener un baremo. Lo analizamos.
El sufrimiento comparativo, yo lo he pasado peor que tú
Valeria Sabater

Escrito y verificado por la psicóloga Valeria Sabater.

Última actualización: 16 diciembre, 2022

Hay quien al revisar y hacer scroll en sus redes sociales se encuentra con más de una historia personal. Con el testimonio de alguien que habla de sus problemas vitales, sus tragedias o sus batallas con la salud mental. Al leer estos relatos, no evita pensar aquello de “pues yo he sufrido más que tú y no lo voy publicando”.

El ser humano tiene una curiosa costumbre: poner en una vara de medir los sufrimientos ajenos. Se asume que quien no ha tenido ningún encuentro con la adversidad no sabe nada sobre la existencia humana. Y se cree que quien ha tenido la mala suerte de pasar por infinitas vicisitudes adquiere una experiencia y una sabiduría inconmensurables.

Desde ese momento en que el sufrimiento empieza a clasificarse, lo que se hace es negar a muchas personas la oportunidad de sentir su dolor. Esto es algo que, de un modo u otro, se ha hecho siempre. Sin embargo, con la llegada de las redes sociales hace unas décadas esta tendencia se hace más visible. Reflexionemos en ella.

El ser humano tiene pleno derecho a procesar y expresar su sufrimiento sin importar qué le ha llevado a dicha situación. Cada vivencia es única y particular. Comparar las desdichas y tristezas carece de sentido.

persona que sufre sufrimiento comparativo
El sufrimiento necesita empatía, no la crítica o la infravaloración de nuestro entorno.

¿Qué es el sufrimiento comparativo?

Es probable que en la infancia y la adolescencia nos encontráramos varias veces en estas tesituras. A veces, los adultos infravaloran las decepciones que experimentan los más jóvenes en sus primeros años. Por ejemplo, cuando un niño discute con su mejor amigo, el papá o la mamá le dice en que eso no es nada. “¡Ya harás más amigos!”.

Cuando el adolescente rompe con su primer amor, los mayores le insisten que aún les queda mucho por vivir. “¡Ya tendrás más parejas!”. Sin embargo, parar ellos, esos primeros infortunios son el fin del mundo. Basta con recordar alguna de esas experiencias pretéritas.

El sufrimiento comparativo define esa tendencia que nos hace ver y juzgar las desgracias ajenas a través del prisma de la propia experiencia. Esta práctica de clasificar los malestares y darles un baremo resulta tan negativo como dañino.

No solo invalidamos las realidades de las otras personas, veteando su oportunidad de expresarse, sino que, además, hay quien se alza como juez que dicta quien tiene derecho a quejarse y quien no. Cuando lo cierto es que el sufrimiento, en cualquiera de sus formas, lo que necesita es empatía, no un juicio de valor.

Todo ser humano merece sentir sus emociones de tristeza y angustia, no las vetemos.

Las consecuencias de anular el malestar del otro

En el momento en que aplicamos el sufrimiento comparativo sobre otra persona, estamos deslegitimándola. Le hacemos creer, por ejemplo, que su vergüenza, sus temores y sus angustias no son válidas porque (en apariencia) nosotros hemos pasado por hechos peores.

Invalidar la vivencia emocional de alguien es invisibilizar su historia, sus necesidades y su oportunidad de crecimiento. Es una forma de maltrato evidente que deberíamos revisarnos como sociedad.

Un estudio de la Universidad Wesleyan destaca algo interesante. La historia de las emociones no solo puede entenderse desde un punto de vista psicobiológico o neurológico, es también un fenómeno cultural. Y, a veces, el contexto que nos rodea (familia, escuela, amigos) puede actuar como inhibidor de emociones y sentimientos. Es una práctica contraproducente muy arraigada en la cotidianidad.

El dolor no es un concurso

El dolor no es un concurso en el que alguien debe llevarse el primer premio. Tampoco es una competición, ni existe ninguna jerarquía a través de la cual clasificar el sufrimiento según grados y estamentos. Sin embargo, nuestra sociedad tiene una obsesión casi irracional por etiquetarlo todo y esto explica en buena parte el sufrimiento comparativo.

Por otro lado, tampoco podemos excluir el factor del narcisismo o el egoísmo intrínseco. Hay personas a las que les agrada enfatizar cuánto han sufrido en la vida y aunque eso no quita que sea así, no les da derecho para menospreciar la desgracia ajena. Comparar la desgracia y el dolor es una trampa, un error de facto que solo puede resolverse mediante la empatía.

Muchos fuimos educados en la idea de que nuestras emociones no eran importantes. Eso puede hacer que, en la edad adulta, acabemos infravalorando nuestras tristezas y desgracias, asumiendo que “otros lo pasan peor”.

Mujer pensando en el sufrimiento comparativo
Hay quien invalida sus propios sufrimientos porque opina que hay quien lo puede estar pasando peor.

El caso inverso: cuando somos nosotros quienes nos infravaloramos

¿Cómo puedo quejarme? -nos decimos a veces-. ¡Pero si hay personas que lo están pasando peor! El sufrimiento comparativo también se manifiesta cuando somos nosotros quienes restamos valor a nuestras experiencias al ponerlas a la luz de los demás. Esto hace, por ejemplo, que nos digamos mensajes tan lesivos como los siguientes:

“Estoy mal en mi trabajo, pero tengo que aguantarme porque hay quien ni siquiera tiene empleo”. “Soy infeliz y me odio a mí mismo, pero no tengo derecho a quejarme porque mi mejor amiga acaba de perder a su padre y está peor”.

Comparar nuestras experiencias con las vidas de otros también puede ser una forma de invalidación muy peligrosa. Tal y como nos dice la escritora Brené Brown, es una manera de vetar nuestra vulnerabilidad y, por tanto, de afrontar lo que resta impulso a nuestra existencia. Aquello sobre lo que no ponemos luz se queda latente, intensificando el malestar.

Recordémoslo siempre, el dolor es dolor y no desaparece solo porque haya personas que, en apariencia, lo pasan peor. El sufrimiento comparativo nos amarga y nos enferma. Tengamos compasión con nosotros mismos y empatía con los demás. El malestar y la tristeza no son un concurso, ni dimensiones que requieran juicios de valor. Son heridas que requieren atención y respeto.

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