Teorías del hambre: ¿por qué comemos?

Este artículo fue redactado y avalado por el psicólogo Francisco Javier Molas López
16 enero, 2019

Llega el medio día y comenzamos a sentir hambre. Pasan los minutos y esa sensación, cada vez, se vuelve más voraz. ¡Necesitamos comer ya! Pero estamos muy ocupados y no podemos. Nos dan las cuatro de la tarde y, de repente, ya no tenemos hambre. ¿Cuántas veces hemos escuchado frases como «se me ha pasado el hambre»? Sin duda, las teorías del hambre presentan diferentes respuestas a la pregunta inicial: ¿por qué comemos?

La respuesta puede parecer simple: porque tenemos hambre. Pero, ¿esto es así? En parte sí, pero ¿por qué se nos pasa el hambre muchas veces? ¿por qué cuando tenemos nuestro plato favorito, comemos más de lo que realmente necesitamos? «No tengo más hambre, pero me encanta» y, de esta forma, comemos hasta hartarnos.

A lo largo de este artículo abordaremos las teorías del hambre más representativas. Aquellas que explican nuestra conducta alimentaria de forma más precisa y que dan respuesta a los anteriores interrogantes. Profundicemos.

Supuesto del punto de ajuste

La teoría del punto de ajuste atribuye el hambre a la falta de energía. De esta forma, cuando comemos restablecemos nuestro nivel óptimo energético, lo que se conoce como punto de ajuste energético.

Según esta teoría, la persona come hasta que se siente saciada, momento en el que deja de comer, porque se ha restablecido su punto de ajuste y el comer ha cumplido su función. Así, la persona no volvería a repetir esta acción hasta que su organismo no gastara la energía suficiente como para estar por debajo del punto de ajuste.

Los sistemas de punto de ajuste están compuestos por tres componentes:

  • Mecanismo de ajuste. Establece el punto de ajuste.
  • Mecanismo detector. Identifica las desviaciones del punto de ajuste.
  • Mecanismo de acción. Actúa para eliminar las desviaciones.

Mujer comiendo pasta

Todos los sistemas de punto de ajuste (Wenning, 1999) son sistemas de retroalimentación negativa, es decir, la retroalimentación que procede de los cambios en un determinado sentido produce efectos compensatorios en el sentido contrario. Estos sistemas se encuentran habitualmente en mamíferos y su finalidad es mantener la homeostasis.

Ahora bien, si esta teoría fuera 100 % cierta, una vez que alcanzásemos nuestro punto de ajuste deberíamos dejar de comer. Pero esto no es siempre así, ¿verdad? Sigamos indagando un poco más en las teorías del hambre.

Teorías glucostática

A mediados del siglo pasado, diversos investigadores pensaban que la ingesta de alimentos se producía para mantener el punto de ajuste del nivel de glucemia. Lo que se conoce como teoría glucostática. Es decir, comemos cuando nuestro nivel de glucemia baja y dejamos de hacerlo cuando restablecemos los niveles normales.

Teoría lipostática

Otra de las teorías surgidas en la misma época es la teoría lipostática. Según esta teoría, cada persona tiene un punto de ajuste de grasa corporal. Así pues, la conducta de comer estaría motivada para recobrar este punto de ajuste.

Limitaciones de las teorías del punto de ajuste

La primera limitación con la que se encuentran estas teorías es que no tienen en cuenta la influencia del sabor del alimento, el aprendizaje y los factores sociales. Aquí entra en juego nuestro plato favorito y las reuniones sociales. Imaginemos por un momento que tenemos delante nuestro plato favorito y otro que no nos atraiga en demasía. ¿Qué suele ocurrir? Del plato que no nos gusta tanto, posiblemente, comamos menos, mientras que de aquel que nos maravilla comeremos hasta más allá de la saciedad. Esto es, podemos llegar a comer sin hambre. De esta forma, la ingesta de alimentos no está tan controlada por las desviaciones de los puntos de ajuste.

Por otro lado, Lowe (1993) afirma que más del 50% de la población americana posee un exceso significativo de depósitos grasos cuando comienza a comer. Este hecho puede trasladarse a aquellos que también tengan ese exceso de depósitos grasos y, sin embargo, no dejan de comer. Así pues, este punto también evidencia que las teorías del punto de ajuste son incompletas.

Además, si estas teorías fueran estrictas, el ser humano no hubiera sobrevivido hasta nuestros días. Pinel, Assanand y Lehman (2000) aseguran que «las teorías del punto de ajuste sobre el hambre y la ingesta de alimentos no concuerdan con las presiones evolutivas básicas relacionadas con dicha ingesta tal y como la conocemos».

Los autores explican que nuestros antepasados necesitaban comer gran cantidad de alimentos, para cuando no pudieran disponer de ellos. De esta forma, almacenarían calorías en forma de grasa corporal. Si la teoría del punto de ajuste fuera rígida, hubieran dejado de comer una vez restablecidas las desviaciones, ya que cuando no tuvieran nada que comer, no tendrían reservas calóricas en el cuerpo.

Mujer comiendo manos

Perspectivas del incentivo positivo

Según la teoría del incentivo positivo «lo que mueve normalmente a los seres humanos y otros animales a comer no es una carencia interna de energía sino que son incitados a comer por el placer anticipado de la ingesta« (Toates, 1981). Esto se conoce como valor de incentivo positivo.

«Un estómago vacío es un mal consejero».

-Albert Einstein-

Esta teoría postula que a consecuencia de las diferentes presiones que hemos sufrido a lo largo de la historia con respecto a la falta de alimentos, esto nos ha llevado a anhelar la comida. Así que lo que nos provoca el hambre, más que la falta de energía, es la presencia de comida apetitosa o la perspectiva de la misma.

El nivel de hambre que sintamos dependerá de la interacción de diferentes factores:

  • El sabor.
  • Lo que hemos aprendido sobre el efecto del alimento.
  • El tiempo que ha pasado desde la última vez que lo probamos.
  • El tipo y cantidad de comida que tiene el intestino.
  • Que haya otras personas comiendo o que estemos solos.
  • Los niveles de glucosa en sangre.

Teorías del hambre: no todo es lo que parece

Con este repaso a las principales teorías del hambre, hemos podido observar que la respuesta al por qué comemos no es tan sencilla. Algo tan cotidiano y habitual como el comer, no es tan fácil de explicar, ya que no sólo comemos cuando tenemos hambre. Sino que también podemos comer porque nos guste un alimento.

Por otro lado, Jaime Silva (2007) destaca que las emociones y los estados anímicos también influyen en la ingesta de alimentos. Según Silva, «por un lado, los estados emocionales y de ánimo pueden influir la conducta alimenticia; por otro lado, la alimentación puede modificar las emociones y estados de ánimo». De este modo, observamos como las teorías anteriores no abarcan todas las explicaciones de la ingesta de alimento.

“En tu hambre mandas tú”.

-José Luis Sampedro-

Silva también afirma que «la influencia de la emoción sobre la alimentación incluye la desinhibición o restricción alimenticia, mientras que el alimento tiene un efecto de modulación sobre los estados de ánimo«. 

¿Cuántas veces hemos comido más de la cuenta para paliar la ansiedad? ¿O cuántas veces no hemos dejado de comer a causa de la misma? Sin duda, todavía queda mucha investigación por delante, para aumentar la literatura científica sobre las teorías del hambre.