Víctima, perseguidor y salvador: tres posiciones existenciales

Edith Sánchez · 2 septiembre, 2019
Este artículo ha sido verificado y aprobado por la psicóloga Gema Sánchez Cuevas el 2 septiembre, 2019
En las relaciones humanas en las que prima la manipulación suelen tomar forma tres posturas existenciales: víctima, perseguidor y salvador. Los tres roles son máscaras que algunas personas adoptan para encubrir sus inseguridades y frustraciones.

El psicólogo Stephen Karpman fue quien postuló la idea de que en las relaciones humanas poco genuinas, con frecuencia se instalan mecanismos de manipulación que él llamo “juegos de control”. En los mismos, los involucrados terminan adoptando básicamente tres roles o posturas existenciales: víctima, perseguidor y salvador.

Esas posturas existenciales son propias de relaciones humanas que carecen de autenticidad. No hay un vínculo basado en la verdad, sino, precisamente, en un “juego de control” mutuo. Nos impide ver quiénes somos en realidad y quiénes son los otros. Víctima, perseguidor y salvador son máscaras para encubrir nuestro deseo de no crecer.

A veces con el escudo se hiere más que con la lanza”.

-Autor desconocido-

Máscaras enfrentadas

Definiciones de víctima, perseguidor y salvador

Cada una de las posturas existenciales, según Karpman, tiene unos rasgos característicos. De este modo, víctima, perseguidor y salvador muestran unos patrones de comportamiento más o menos estables, que, como se dijo antes, no eliminan el hecho de que puedan intercambiarse entre sí. Las características de cada uno de ellos son las siguientes:

  • Víctima. Corresponde a quienes se relacionan con los demás adoptando una actitud de indefensión. No saben, no pueden, no logran. Buscan que los demás les ayuden, o los apoyen, pero al mismo tiempo se quejan de su condición. Ponen sobre los hombros de los otros sus responsabilidades.
  • Perseguidor. El perseguidor es aquel que se mantiene al margen de las situaciones, al menos en apariencia. Lo suyo es juzgar a los demás, cosa que hacen con extrema severidad. Le señalan a todos los errores y gozan, de algún modo, generando sufrimientos emocionales en los otros.
  • Salvador. Tiene que ver con la actitud que se caracteriza por tomar sobre los hombros las responsabilidades que les competen a otros. Ofrecen una ayuda falsa, pues su contribución no hace que los demás crezcan, sino que, por el contrario, fomentan la dependencia.

Un triángulo dramático

Víctima, perseguidor y salvador son máscaras con diferentes facetas. La víctima, por ejemplo, puede llegar a manipular y a aprovecharse de los demás, amparada en su supuesta indefensión. Al mismo tiempo, nutre su sentimiento de falta de valía y su inseguridad. Piensa que por ser alguien carente, merece comprensión incondicional. Fácilmente se convierte en agresor.

El perseguidor, por su parte, vuelca sobre los demás sus propias frustraciones. Busca que los otros le otorguen cierta autoridad o relevancia por la vía de erigirse en juez y parte. Aprende a visibilizarse ante los demás a través de sus crueldades y sus intimidaciones. En general, se muestran muy cobardes en el momento de enfrentar sus miedos.

El salvador, que parece ser el más simpático de la triada, necesita que lo necesiten. Sin embargo, su ayuda no es desinteresada. También se siente insignificante y busca que los demás dependan de él para sentirse reconocido o ganar el afecto de otros. Sin embargo, se queja porque a veces se siente explotado. Pasa fácilmente a la posición de víctima.

Mujer triste

Salir de los juegos de control

Aunque el «juego» de control entre víctima, perseguidor y salvador tiende a convertirse en una situación estructurada, también se puede salir de ellos. Obviamente se requiere de honestidad con uno mismo y de un deseo por tener vínculos más genuinos con los demás. Hay formas de transformar los tres roles dramáticos en actitudes más saludables. Veamos:

  • De salvar, a prestar una colaboración empática. No se trata de cargar con los problemas de otros, sino de estar en la capacidad de reconocer las carencias propias y dificultades y contribuir a que esa persona, por sí misma, las supere. Que adquiera mayor confianza y autonomía en lugar de cederla.
  • De perseguir a promover la asertividad. Lo que le falta al perseguidor es dejar de mirar tanto a los demás y volver la mirada hacia sí mismo. Puede ser un ejemplo de autonomía, en la medida en que tiene una semilla de asertividad. Sabe poner límites, aunque no se le da tan bien respetar los límites que ponen los demás.
  • De victimizarse a responsabilizarse. En lugar de esperar a ser rescatada, la víctima debería concentrarse en asumir plenamente lo que le compete. Puede que necesite ayuda, pero no debe solicitarla ilimitada e incondicionalmente. Primero debe ayudarse a sí mismo.

Las tres posturas existenciales dan lugar a lo que se llama “el triángulo dramático de  Karpman”. Es un triángulo, porque los tres vértices que lo componen, es decir, víctima, perseguidor y salvador, están estrechamente ligados entre sí. Los unos no existen sin los otros. Además, pueden intercambiarse los roles. Así, la víctima pasa a perseguir, el perseguidor a salvar, el salvador a perseguir, etc.

Romanillos, M. B. (1957). Territorio Berne: Debate sobre el estado de los estados del yo. Análisis transaccional y psicología humanista, 57.